Obispo de Chillán, Sergio Pérez de Arce

"¿Cerrar la puerta a los migrantes?"

En la columna de opinión, publicada en Diario La Discusión este domingo, el obispo se refiere a la situación migratoria en el norte del país.

 
Lunes 15 de Febrero de 2021
En una columna de opinión en el Diario La Discusión de Chillán, ayer domingo 14 de febrero, el obispo Sergio Pérez de Arce se refiere a la situación migratoria, en el contexto de la llegada de migrantes en el Norte de Chile y su expulsión de un grupo de ellos. Ofrecemos aquí el texto.

La numerosa llegada de inmigrantes a la pequeña localidad de Colchane, en el norte de Chile, ha puesto sobre el tapete, una vez más, el tema de la migración, un desafío de estos tiempos que no pocas personas viven con actitudes intolerantes. ¿Cómo abordar la situación con ponderación y desde profundos valores humanos y evangélicos?
Conviene recordar, primero, que la migración es un fenómeno mundial, no solo chileno. En Colombia hay tres veces más venezolanos que en Chile, y en Perú el doble. Hay muchos chilenos en Argentina, y miles de sudamericanos en Europa. La estrechez de mirada hace que algunos enfrenten el problema como si solo nosotros lo viviéramos.

Conviene también tener presente los motivos por los que la gente emigra. Muchos lo hacen huyendo de guerras y otras violencias. Otros por inseguridades, falta de condiciones básicas para vivir, falta de trabajo, etc., todas situaciones que provocan desesperación. Hay, por tanto, un legítimo anhelo de buscar una vida mejor, un lugar donde se pueda construir un futuro. Muchas veces, además, está la esperanza de reencontrarse con familiares que han partido antes. ¿No resultan absolutamente legítimos estos motivos? ¿Es razonable quedarse, entonces, en actitudes meramente defensivas?

Por supuesto que siempre es mejor la migración regulada, normada por una buena ley. Pero regular no es lo mismo que prohibir, que actuar siempre autoritariamente y hacer imposible la inmigración. Legislaciones inflexibles terminan alentando la inmigración ilegal, porque la vía legal aparece bloqueada y excesivamente lenta, abriéndose por otra parte un espacio para prácticas tan lamentables como el tráfico de personas o el aprovechamiento inescrupuloso de quien necesita emigrar.

En el centro de toda consideración sobre la migración no puede estar sino la afirmación de la inalienable dignidad de cada persona humana, más allá de su origen, color o religión. Por eso prima el derecho de la persona a vivir con dignidad y a desarrollarse integralmente, de manera que los bienes de un territorio no pueden ser negados por el simple hecho de provenir de otro país. Detrás está el principio del destino universal y común de los bienes creados, que para la enseñanza social de la Iglesia es el principio primero y prioritario de todo ordenamiento ético-social. Como señala el Papa Francisco en su última Encíclica, si la dignidad de la persona humana no queda a salvo y, por el contrario, consideramos a algunos menos valiosos o descartables, no hay futuro ni para la fraternidad ni para la sobrevivencia de la humanidad.

Más que una amenaza, hay que ver la migración como una oportunidad y un llamado a construir un mundo más justo. Un llamado que brota de las entrañas del evangelio y del más profundo sentido humano: “ama a tu prójimo como a ti mismo”. Por lo demás, no se pide que el Estado deje de tutelar los derechos de sus ciudadanos, sino que encuentre un justo equilibrio entre ese deber esencial y el deber de garantizar la asistencia y la acogida a los migrantes. No tienen por qué ser deberes contrapuestos, como ciertos nacionalismos tratan de hacerlo ver. Una persona y un pueblo son fecundos no cuando se cierran sobre sí mismos, sino cuando saben integrar creativamente en su interior la apertura a los otros.

Fuente: Comunicaciones Chillán
Fotografía: Agencia Uno
Chillán, 15-02-2021