Solemne Misa de Te Deum desde la Catedral de Villarrica

Homilía de la celebración presidida por Mons. Francisco Javier Stegmeier en la catedral de Villarrica este 16 de septiembre de 2022

 
Sábado 17 de Septiembre de 2022
HOMILÍA TE DEUM 16 DE SEPTIEMBRE DE 2022

Hermanos en Jesucristo:

Nos hemos reunidos en este templo con ocasión del 18 de septiembre, para recordar nuestra historia patria, sus raíces, a quienes nos han precedido en su desarrollo y para elevar a Dios la acción de gracias por los beneficios otorgados a quienes formamos parte de esta nación, llamada Chile.

Todos ustedes sean muy bienvenidos a este templo, la Casa de Dios, en la que somos acogidos como hijos del Padre y hermanos en Jesucristo por la acción del Espíritu Santo.

El "Te Deum" es el cántico de acción de gracias al Señor que comienza diciendo: "A ti, oh Dios, te alabamos, a ti, Señor, te reconocemos". No solo queremos alabar al Señor cada uno de nosotros de modo individual, sino que corresponde que lo hagamos también como sociedad y que de la misma manera lo reconozcamos a Él como el fundamento, la razón de ser y la meta de Chile.

Nuestros Padres de la Patria sabían que a Dios había que rendirle toda adoración con la conciencia de ser cada uno parte del cuerpo social, que en definitiva, depende del Señor. En efecto, este Te Deum es uno más de una larga sucesión iniciada el 10 de enero de 1811 en la ciudad de Los Ángeles, a solicitud de su alcalde y diputado Don Bernardo O´Higgins. Luego vino el de Santiago, el 18 de septiembre de 1811, a instancia de Don José Miguel Carrera.

El anhelo de los patriotas de elevar la acción de gracias al Señor con la Santa Misa es un claro indicio que su intención al emanciparse de España, no era de ningún modo querer emanciparse de Dios, de Cristo y de su Iglesia.

De esto es también signo el voto de Don Bernardo O´Higgins de construir un templo a gloria de Dios y en honor a la Virgen del Carmen en el mismo lugar en que se decidiese la victoria final de los ejércitos patriotas.

El sustrato cristiano de los Padres de la Patria y de toda la nación chilena les hacía comprender que es "dichosa la nación cuyo Dios es el Señor" (Sal 33,12).

La historia muestra sin lugar a dudas que los países más felices son los que reconocen a Cristo como su Señor y viven conforme al Evangelio. Quizá no sean los países más ricos y desarrollados materialmente, pero sí poseen la alegría y la paz prometidas por el Señor y en ellos se vive la verdadera justicia y fraternidad.

En el último tiempo hemos escuchado repetir el anhelo de que Chile sea la casa de todos. Pero para que esto sea realidad, no hay que olvidar que "si no es el Señor quien construye la casa, en vano se afanan los albañiles" (Sal 127,1). Para que la Patria sea la casa de todos, tiene que tener el fundamento de la Palabra del Señor oída y vivida, de modo que "cuando caiga la lluvia y se precipiten los torrentes, soplen los vientos y sacudan la casa, ésta no se caiga" (Mt 7,25).

El Chile profundo, aquel que conserva la fe de nuestros antepasados y que tiene un corazón entrañablementep religioso, esto lo sabe muy bien. Para salvar la Patria tiene que ser Jesucristo quien la salve. Todavía en una mayoría de chilenos prevalece el sentido común y el sentido de la fe.

La casa que es nuestra Patria será de todos, sin exclusión de nadie, en la medida en que la construyamos en la obediencia al Señor. En el amor de Dios, se acoge a todos, porque todas las personas son queridas y amadas de Dios.

Pero si se construye la casa sin el Señor, entonces deja de ser casa común. Así, al niño por nacer ya no se le asegura el lugar que le corresponde en esta casa. Lo normal es que en cualquier casa son precisamente los niños los mejor recibidos, se les acoge y cuida como a ninguna otra persona. Es lo que acontece en cualquier sociedad más o menos sana. Es lo que haríamos todos nosotros si llegase a nuestra propia casa una guagüita o un niño pequeño.

Hoy pedimos al Señor que de verdad Chile sea la casa común, una gran familia de hermanos. Pero ya lo hemos escuchado en el Salmo: En vano se intentará realizar este sueño si no es el Señor quien construye la casa.

Cristo es quien debe unirnos. Para que seamos hermanos, primero hemos de ser hijos del mismo padre. Cristo es quien nos hace hijos de Dios por el bautismo y nos reúne en su gran familia, que es la Iglesia y una Patria cristiana.

Cristo es quien trae la justicia y la paz entre nosotros, "pues Él es nuestra paz, que hizo de los dos pueblos uno, derribando el muro de separación, la enemistad" (Ef 2,14). Cuando en nuestra Patria todo "tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra" (Ef 1,10) entonces viviremos la fraternidad fundada en la verdad, la justicia y el amor.

Nosotros, que creemos en Cristo como el Señor de la historia y de la sociedad, creamos también lo que Él nos ha dicho hoy: Así "como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece unido a la vid, así tampoco ustedes si no permanecen unidos a mi" (Jn 15,4).

Se nota cuando una casa está mal construida, cuando los frutos son malos. Nosotros hoy percibimos con toda claridad cómo nuestra querida Patria se nos está desintegrando. Son ya muchos años de desintegración del tejido social, principalmente de la familia y de la educación, afectando muy particularmente a los jóvenes.

Otra vez escuchemos el Salmo: "Si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan sus centinelas" (127,1). Sin el Señor presente en el corazón de cada niño y joven, hombre y mujer, ciudadanos y autoridades, es imposible evitar la escalada de violencia, vandalismo y delincuencia.

Volvamos a Cristo y nos maravillaremos cuánto bien nos traerá a cada uno de nosotros, a nuestras familias, a nuestras escuelas, a nuestra ciudad y a nuestra Patria. Lo hemos oído y pidamos la gracia de creer que es verdad: "Yo soy la vid, ustedes los sarmientos, el que permanece en mí y Yo en él, ese da mucho fruto" (Jn 15,5).


Al igual que lo hicieron los Padres de la Patria, volvamos también nosotros la mirada a la Virgen María, bajo la advocación de Nuestra Señora del Carmen. Escuchemos lo que Ella no cesa de decirnos: "Hagan todo lo que Jesús les diga" (Jn 2,5).Y no dejemos de decir: "Virgen del Carmen, Reina de Chile, salva a tu pueblo que clama a ti".

Ofrecemos esta Eucaristía, la acción de gracias a Dios por excelencia, por la Patria, sus autoridades y sus ciudadanos, para que algún día, confiamos que muy pronto, todos podamos decir:


"Por Cristo, con Él y en Él, a Ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos. Amén".

+Mons. Francisco Javier Stegmeier
Obispo de Villarrica




Fuente: Comunicaciones Villarrica
Villarrica, 17-09-2022