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Homilía Fiestas Patrias La Serena 2020

Catedral de La Serena

Fecha: Jueves 17 de Septiembre de 2020
Pais: Chile
Ciudad: La Serena
Autor: Mons. René Rebolledo Salinas

Textos bíblicos
Primera Lectura: 1 Jn 3, 11.14.16-18
Salmo Responsorial: Sal 118 (117), 1-2.16-17.28-29
Evangelio: Mt 22, 35-40


1.“Escucha la oración de tu servidor y la de tu pueblo” (Antífona de Entrada, cfr. Ecl 36,18)

Saludo a las autoridades regionales, provinciales, comunales, a los representantes de las fuerzas armadas, de orden y a quienes presiden organizaciones sociales al servicio de la comunidad. Saludo a los sacerdotes, diáconos, religiosas y religiosos, seminaristas y a los fieles. Les manifiesto gratitud por unirse a esta celebración mediante los medios de comunicación y plataformas digitales. Presento al Señor el anhelo expresado en la Antífona de Entrada de esta celebración, que es también mi deseo para ustedes: “Señor, concede la paz a los que esperan en Ti”.

En este templo Catedral, desde su edificación -los años 1844-1845-, se celebra el Te Deum y también la Eucaristía en agradecimiento a Dios por sus innumerables beneficios con que nos favorece. Es providencial que en los textos bíblicos previstos corresponda el Salmo 118. El salmista invita a alabar y agradecer a Dios porque “es eterno su amor” (v. 1). Él reconoce en su historia personal y la de su pueblo que Dios ha actuado y le manifiesta reconocimiento: “la diestra del Señor es sublime, la diestra del Señor hace proezas” (v.16).

Les invito a hacer nuestros los sentimientos del salmista, pues al igual que él experimentamos personalmente, en nuestras familias y en la sociedad que “el Señor es bueno, es eterno su amor” y es nuestro deseo “contar las hazañas del Señor”. Agradecemos a Dios por nuestro país, su geografía, la idiosincrasia que nos une, el gozar de tantos bienes como la libertad, la democracia -que se ha ido construyendo paso a paso-, la posibilidad de manifestar y vivir abiertamente nuestra fe, adhiriendo a Jesucristo como Salvador del mundo. Manifestamos especial gratitud a Dios por el alma de Chile, que se expresa en la capacidad de acogida, la solidaridad -especialmente en los momentos complejos de nuestra historia- en el anhelo de conformar la tan anhelada mesa para todos y construir el presente como también el futuro con esperanza y la corresponsabilidad de cada uno.

Junto a la alabanza y acción de gracias, elevamos súplicas por nuestra patria. Son las oraciones que le presentaremos en esta celebración a Dios, seguros de que, como nos ha bendecido hasta hoy, contaremos con su amor providente también en el porvenir. Por ello, la primera súplica que le presento a Él, es la expresada en la Antífona de Entrada a esta celebración: “Señor, escucha la oración de tu servidor y la de tu pueblo”. Oramos al Señor por las autoridades de gobierno, legisladores y otros poderes del Estado. Tendremos presente a quienes están sufriendo, corporal o espiritualmente, como también a los afectados por la pandemia del COVID-19, particularmente a los fallecidos y a sus familias, a las que manifiesto en estos momentos especial cercanía y aseguro la oración de la Iglesia. Rezamos por quienes se han entregado con gran pasión a servir en centros de salud, teniendo presente también los miles de voluntarios que han entregado su tiempo y dedicación en estos meses a través de diversas organizaciones que han acudido a servir con admirable entrega generosa. El Señor los sabrá recompensar, especialmente en bendiciones para ellos y los suyos: “Señor, escucha la oración de tu servidor y la de tu pueblo”.

2.“Éste es el precepto más importante” (Mt 22, 38)

El martes 1 de septiembre iniciamos el Mes de la Biblia y Mes de la Patria. Ambos acentos son relevantes y están relacionados en gran medida. En la Iglesia dedicamos estos días a un conocimiento más profundo de la Palabra del Señor, a fin de que, familiarizándonos más asiduamente con ella, podamos con mayor fervor amar al Señor presente en la Palabra y seguir sus enseñanzas.

En el santo Evangelio que acabamos de acoger, una persona docta en la ley se dirige al Señor para preguntarle, aunque maliciosamente, “¿cuál es el precepto más importante en la ley?”. Tengamos presente que para el antiguo Israel estos eran 613 y los fariseos se empeñaban en saberlos y practicarlos todos. Él responde: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, y con toda tu mente” (Dt 6, 5); Jesús afirma que este es el precepto más importante, pero que hay otro equivalente: “Amarás al prójimo como a ti mismo” (Lv 19, 18).

Jesús extiende el concepto de «prójimo». Mientras para un judío era el compatriota -de la misma aldea y nación- Él incluye al extranjero y al considerado enemigo. El amor tiene su fundamento en su fuente que es Dios mismo y en cuanto Él nos manifiesta. Si siendo quienes somos, Dios nos ama, ¿no vamos a amar a los demás, incluso al que consideramos enemigo? La fe cristiana pone su centro en la vida y la dignidad de las personas, que se relacionan entre sí, desde su propia identidad en cuanto hombres y mujeres amados por Dios, padre de todos. Y no podemos destruir el amor de Dios en ellos.

La enseñanza del Señor es clara y perenne. La relación con Dios y el prójimo se debe vivir en el amor. Esta es la verdad que hace de principio unificador en su enseñanza. Sentencia Jesús: “De estos dos mandamientos depende la ley entera y los profetas” (v 40).

Para los cristianos el amor a Dios y al prójimo están íntimamente vinculados, siendo así, por deseo de Jesús mismo, un solo mandamiento: el más importante de todos.

En estos preceptos, unificados y vinculados tan estrechamente, encontramos lo más bello de la experiencia cristiana: amar a Dios y al prójimo. La fuente del amor es Dios y nosotros a lo largo de nuestra vida, experimentando su amor, estamos llamados a reflejarlo.

Es Dios mismo quien posibilita que podamos manifestarle amor y reconocimiento, como respuesta a Él, que nos amó primero. Es también Él que en su gracia nos abre a amar al prójimo como a nosotros mismos. En efecto, no es posible amar a Dios si no se ama igualmente a las hermanas y hermanos.

En estos tiempos de angustia, soledad, incluso desesperación, probablemente nos ha costado más identificar en los otros a un hermano. Tanta violencia verbal y animosidad podría tentarnos a dejarnos llevar por el arrebato y faltar el respeto, agredir, desconfiar del prójimo. Hoy, Jesús nos recuerda que amar a su Padre y al prójimo son dos conjugaciones de un mismo sello.

No se trata de una opción en la que se pudiera decidir por Dios o el prójimo. Jesús lo manifiesta con claridad: El amor a Dios y al prójimo son la perfecta síntesis de la ley y los profetas. Santa Teresa de Los Andes nos invitaba: “Ocupémonos del prójimo, de servirle”. San Alberto Hurtado nos recordaba: “el pobre es Cristo”.

3.“No amemos de palabra y con la boca, sino con obras y de verdad” (1 Jn 4, 18)

Como discípulos misioneros del Señor, estamos invitados a un rol activo ante las grandes interrogantes de la vida, también en los enormes desafíos de nuestros tiempos, como en el discernimiento que procede al contemplar los cambios culturales que se verifican en nuestro país y en el mundo. Nosotros, que hemos sido bendecidos con el amor de Dios manifestado en Cristo, somos invitados a responder a nuestro Padre con el mismo amor. Amar a Dios es aceptar su voluntad y amar lo que Él ama ayudando a construir su Reino en la tierra. Sabemos que el Señor nos ama a todos, pero manifiesta su amor especialmente a los pobres, a quienes sufren -desvalidos, enfermos, cesantes, sin techo ni abrigo-, inmigrantes, deudos y familiares de hermanas y hermanos fallecidos. Por eso nuestra respuesta de amor se traduce en trabajar por su Reino de verdad y justicia, amor y misericordia, libertad y paz.

La Palabra del Señor es “lámpara para nuestros pasos, luz en nuestros senderos” (Sal 119 (118), 5). No nos amilanan los nubarrones grises ni la oscuridad, porque ella nos enseña cómo dar a nuestra vida personal y social la orientación correcta. En base también a su enseñanza estamos llamados a comprometernos con los desafíos y anhelos de nuestro pueblo. Lo ha manifestado recientemente el Santo Padre Francisco en su Mensaje para la IV Jornada Mundial de los Pobres, que tendrá lugar el próximo 15 de noviembre, Dios mediante: “el grito silencioso de tantos pobres debe encontrar al Pueblo de Dios en primera línea, siempre y en todas partes, para darles voz, defenderlos y solidarizarse con ellos ante tanta hipocresía y tantas promesas incumplidas, e invitarlos a participar de la vida de la comunidad. Es cierto, la Iglesia no tiene soluciones generales que proponer, pero ofrece, con la gracia de Cristo, su testimonio y sus gestos de compartir. También se siente en la obligación de presentar las exigencias de los que no tienen lo necesario para vivir. Recordar a todos el gran valor del bien común es para el pueblo cristiano un compromiso de vida, que se realiza en el intento de no olvidar a ninguno de aquellos cuya humanidad es violada en las necesidades fundamentales”.

La pandemia del COVID-19 que nos afecta gravemente hizo relucir -junto a la crisis social que tiene antecedentes de larga data en nuestro país- una realidad no suficientemente atendida: la grave inequidad social, el desempleo que afecta a numerosas familias, especialmente en nuestra región, la desproporción entre el sueldo de muchos chilenos y chilenas y el costo de la vida, el endeudamiento y la imposibilidad de numerosos jóvenes para acceder a la educación -especialmente superior- la falta de acceso universal a la salud, entre tantos otros clamores desoídos. Pero, por otra parte, nos alientan los gestos solidarios comprometidos que nos indican que la justicia social es posible, que la inequidad no es digna de un pueblo mayoritariamente cristiano y que el porvenir estable de la nación, especialmente la paz, no se podrá construir sin atender en justicia a las demandas de parte importante de la población.

En este aniversario patrio, junto con manifestar agradecimiento a Dios por sus bondades -extendiendo la gratitud también a cuantos se comprometen diariamente con su aporte generoso para la edificación de la nación en el servicio público y en tantas otras labores que tienen en vista al bien común- es preciso renovarnos en aquellos signos prometedores de un porvenir de esperanza: la solidaridad compartida, recibida y ofrecida, la entrega generosa y sacrificada -sin esperar recompensa-, las palabras de aliento y consuelo, la cercanía en el dolor y el sufrimiento, la disposición para acoger y saber ponerse en el lugar del otro, la conciencia, como nos enseñara el Papa Francisco, de que “nadie se salva solo”.

En fin, otro Chile es posible, superando el egoísmo, practicando la virtud de la justicia, promoviendo la fraternidad desde las propias actitudes. La crisis actual que nos afecta en todo ámbito, cultural y valórico, económico, político y social, podemos asumirla con convicción creyente. Jesús nos enseñó que lo que da sentido a la existencia es el amor a Dios y a las hermanas y hermanos. Para quienes creemos en Dios y en su Hijo Jesucristo, no se trata sólo de una opción que tomamos, sino también del sello precioso de la fe que profesamos. En eso reconocían a los primeros cristianos: “¡Miren cómo se aman!” (Hch 4, 33).

Retomemos, pues, estos valores que han engrandecido a nuestra patria. Desde el debate público hasta la convivencia ciudadana, pasando por las redes sociales y los tejidos comunitarios. Volvamos al amor de Dios y al amor del prójimo erradicando de nuestro medio todo signo de muerte, violencia y odiosidad. Busquemos superar el materialismo, la avaricia y ambición, atendiendo a la justicia social y al espíritu solidario que nos caracteriza. El auténtico progreso consiste en que seamos reconocidos en nuestra común dignidad, y esto sólo será cierto y real cuando todos los ciudadanos puedan sentarse a la mesa con dignidad: Chile una mesa para todos.

En la gran decisión que se avecina respecto de la Carta Fundamental, procuremos un diálogo con respeto y altura de miras al manifestar nuestros pareceres, mirando siempre el bien superior al que la patria nos llama en un momento decisivo de nuestra historia, para proseguir construyendo una sociedad justa y fraterna. Los difíciles acontecimientos que juntos hemos sobrellevado, nos ayuden a reconstruir los vínculos y a darle a Chile siempre las mejores leyes, los mejores servidores, las mejores voluntades.

A la Virgen Santa, Nuestra Señora del Carmen, Madre y Reina de Chile, confiamos el presente y el porvenir de nuestra nación.

+ René Rebolledo Salinas
Arzobispo de La Serena