Iglesia.cl - Conferencia Episcopal de Chile

Comentarios del Evangelio Dominical


Domingo 03 de Noviembre de 2019

Lc 19,1-10
Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores

En el Evangelio del domingo pasado, por medio de una parábola, Jesús comparaba la oración de un fariseo y de un publicano y concluía: «Les digo que éste –el publicano– bajó a su casa justificado y aquél no» (Lc 8,14). En el Evangelio de este Domingo XXXI del tiempo ordinario el protagonista es nuevamente un publicano y éste ya no es el personaje de una parábola, sino un personaje real, que debió haber impactado tanto a la comunidad de los primeros seguidores de Cristo que nos transmiten incluso su nombre: Zaqueo, y el lugar donde él vivía: Jericó.

«Habiendo entrado Jesús en Jericó, atravesaba la ciudad. Había un hombre llamado Zaqueo, y él era jefe de publicanos, y era rico». De estas dos condiciones de Zaqueo la que importa al relato es que era publicano, más aun, jefe de publicanos (textualmente: «arqui-publicano»). Que fuera rico es consecuencia y no es lo principal. Lo principal es que, siendo judío –Jesús lo llama «hijo de Abraham»–, era funcionario público, al servicio de Roma (la «Res publica») y, por tanto, considerado pecador. La riqueza, en cambio, era considerada por los judíos del tiempo de Jesús signo de la bendición de Dios. En efecto, en este mismo Evangelio, poco antes, Jesús había declarado: «¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!» y los presentes, extrañados, se preguntaron: «Entonces, ¿quién puede ser salvado?» (Lc 8,24.26).

Zaqueo «trataba de ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la multitud, porque era pequeño de estatura». Se nos transmite la idea de que Jesús camina rodeado de mucha gente y que Zaqueo no quiere mezclarse con ella, sino sólo ver a Jesús anónimamente desde cierta distancia. El mismo evangelista acaba de relatar que en esa misma ciudad un ciego, que estaba al margen del camino, se puso a gritar: «¡Jesús, hijo de David, ten piedad de mí!» (Lc 18,38) y logró ser presentado ante Jesús, hablar con Él, recobrar la vista, verlo de cerca y seguirlo. El deseo de Zaqueo no es tan fuerte como para impulsarlo a meterse entre los que rodean a Jesús, pero sí para tomar otra decisión que también es extrema para su condición de persona importante: «Se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro para verlo, pues iba a pasar por allí». Esto era suficiente para él y pensaba con esa visión formarse una idea clara sobre Jesús. Nunca se imaginó que podía ocurrir lo que ocurrió.

«Cuando Jesús llegó a aquel lugar, alzando la vista, le dijo: “Zaqueo, baja pronto; porque hoy es necesario que Yo me quede en tu casa”». Debió impactar a Zaqueo que Jesús lo llamara ¡por su nombre! Jesús acentúa el adverbio de tiempo: «Hoy», como recordandole algo que Zaqueo, siendo judío, conocía bien, porque se cantaba como invitatorio al culto: «Si hoy escuchan su voz, no endurezcan el corazón» (Sal 95,7.8). Jesús usa el mismo verbo con el cual expresa siempre su firme decisión de cumplir la voluntad de su Padre: «Es necesario que Yo...». Así lo decía poco antes cuando le aconsejan no seguir su camino a Jerusalén: «Es necesario que Yo hoy y mañana y pasado siga adelante, porque no cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén» (Lc 13,33). Así lo dijo el ángel a las mujeres ante el sepulcro vacío: «Recuerden cómo les habló cuando estaba todavía en Galilea, diciendo: “Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores y sea crucificado, y al tercer día resucite"» (Lc 24,7). Jesús no se queda en la casa de Zaqueo por algún motivo humano, sino únicamente, porque comprende que es voluntad de Dios que Él conceda a Zaqueo la salvación, como lo declara más adelante.

«Zaqueo bajó de prisa y lo recibió con alegría». Pero esta conducta de Jesús será objeto de crítica: «Al verlo, todos murmuraban diciendo: “Ha ido a hospedarse a casa de un hombre pecador”». Ciertamente, era un pecador. Pero la misión de Jesús es llamar a los pecadores, como Él lo declara: «No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a conversión» (Lc 5,32). Esto le valió el título de «amigo de publicanos y pecadores» (Lc 7,34). Ningún pecador que se arrepiente debe sentirse rechazado por este Amigo.

«Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: “Señor, daré la mitad de mis haberes a los pobres; y si en algo he defraudado a alguien, le devolveré el cuádruplo”». ¡Esta es una verdadera conversión! Aquí entra lo que se decía sobre Zaqueo en su presentación: Era rico. Nadie, fuera de Jesucristo, puede hacer que un rico dé a los pobres la mitad de su riqueza y repare cualquier fraude cometido con una cantidad cuatro veces mayor. Jesús da un nombre a esa reacción de Zaqueo acentuando nuevamente al adverbio «hoy»: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también éste es hijo de Abraham, pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido».

Todo el relato quiere ser también un contraste con un episodio ocurrido poco antes con otro rico que, a diferencia de Zaqueo, cumplía fielmente la ley de Dios: «Todo lo he guardado, desde mi juventud” (Lc 18,21), y pertenecía, por tanto, al círculo de los fariseos. A éste Jesús le dijo: «Todo cuanto tienes vendelo y repartelo entre los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme» (Lc 18,22). Pero sus riquezas lo tenían esclavizado: «Al oír esto se fue muy triste, porque era muy rico» (Lc 18,23). Estamos seguros de que Zaqueo, en cambio, habría seguido a Jesús, como lo hizo otro publicano, Mateo: «Al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo, sentado en su oficina de publicano, y le dice: “Sígueme”. Él se levantó y lo siguió» (Lc 9,9).

En realidad, los más cercanos a Jesús eran los fariseos, porque eran los más religiosos y cumplidores de la Ley de Dios. Por eso, Jesús procura con más empeño que se conviertan. El mismo Jesús resucitado se apareció al más ilustre y más observante de los fariseos, Pablo de Tarso, y lo llamó a ser, junto con Pedro, el más grande de los apóstoles. Hacia el final de su vida, Pablo declara que todo su cumplimiento anterior, cuando era fariseo, no era más que arrogancia y orgullo y hace esta afirmación solemne: «Es cierta y digna de ser aceptada por todos esta afirmación: Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores; y el primero de ellos soy yo» (1Tim 1,15).

Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles