Iglesia.cl - Conferencia Episcopal de Chile

Comentarios del Evangelio Dominical


Domingo 08 de Diciembre de 2019

Lc 1,26-38
Envío Dios a su Hijo, nacido de mujer

«Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo nacido de mujer...» (Gal 4,4). Así expresa San Pablo el evento central de la historia humana, ocurrido en el momento culminante del tiempo, que comenzó con la creación. En ese evento está involucrada en primera persona una mujer, porque de ella tomó carne humana el Hijo de Dios, siendo concebido como verdadero hombre en sus entrañas. La carne que el Hijo de Dios tomó de esa mujer no podía tener absolutamente ninguna relación con el pecado, como es el caso de todos los demás seres humanos, según la describe el mismo San Pablo: «Yo soy de carne, vendido al poder del pecado... bien sé yo que nada bueno habita en mí, es decir, en mi carne» (Rom 7,14.18). La mujer de quien debía tomar carne el Hijo de Dios debía ser, en cambio, inmaculada desde su concepción. «Por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, ella fue preservada inmune de toda mancha de pecado original en el primer instante de su concepción» (Catecismo N. 491) y «permaneció pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida» (Catecismo N. 493). Este es el misterio de la Inmaculada Concepción de la Virgen María que celebra toda la Iglesia en este domingo 8 de diciembre.

En el Evangelio de este día Lucas nos ubica en esa plenitud del tiempo y nos relata cómo ocurrió ese evento central de la historia humana. Nosotros debemos observar la reacción de aquella mujer singular ante ese evento: «Fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen, esposa de un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María». El ángel sabe bien a quién se dirige y cuál es el anuncio que trae: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ante su perplejidad, el ángel entrega el mensaje: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; concebirás en el seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su Reino no tendrá fin».

Como toda persona humana, ella en el discernimiento de su vocación, está sometida a conflictos internos. Siente en su interior que el mismo Dios le pide dos cosas humanamente incompatibles: la virginidad y la maternidad. Su firme propósito de virginidad se deduce del hecho que ella, siendo esposa de un hombre de la casa de David a quien se le anuncia que concebirá un hijo que será «hijo de David», presenta, sin embargo, al ángel lo que siente también como vocación de Dios: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?». Para referirse de manera delicada a las relaciones conyugales usa una expresión semita –«conocer varón»– y excluye su posibilidad usando el tiempo presente, que abarca todo el tiempo: no ha conocido, no conoce y no conocerá varón nunca en el futuro. Ella permanecerá siempre como ha sido presentada: es esposa virgen.

En realidad, el ángel ha sugerido la solución a su duda, cuando le dice: «Concebirás en el seno», insinuando que esta concepción particular de aquel que «será llamado Hijo del Altísimo» será toda interior –«en el seno» (cf. Lc 2,21)–, es decir, cerrada a toda intervención externa. Más adelante el mismo ángel, hace la diferencia refiriendose a su pariente Isabel, que esperaba un hijo, fruto de relación conyugal normal: «Mira, también tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez».

En su discernimiento María espera del mismo Dios la respuesta a su conflicto. Y Dios se la da: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que ha de nacer santo será llamado Hijo de Dios». María sabe que el Espíritu Santo es la fuerza de Dios que dio vida a Adán y que puso orden y belleza en el caos original (cf. Gen 1,2). Él puede hacer que una virgen conciba sin conocer varón y conservando intacta su virginidad. Su respuesta es como un grito de gozo: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Dios hizo en ella grandes cosas; hizo que ella, conservando su virginidad, fuera madre, Madre del Hijo de Dios hecho hombre. Dado que el Hijo de Dios se hizo hombre sin dejar de ser Dios, ella es verdaderamente Madre de Dios. Y así la venera el pueblo de Dios: «Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte».

Decíamos que la Inmaculada Concepción de María implica que ella se conservó pura también de todo pecado personal. Habiendo sido preservada del pecado original, ella no tiene la inclinación al mal que habita en nuestra carne. Igual que cada uno de nosotros, ella en su vida diaria era sometida a conflicto de obligaciones, ante las cuales era necesario optar. En nuestro caso, arrastrados por las pasiones del orgullo, el egoísmo, la ambición de poder y de dinero y otras, no siempre elegimos lo más perfecto y lo que más agrada a Dios, sino lo que más satisface nuestras pasiones. Ella elegía siempre lo que más agradaba a Dios. Cumplía sin excepción la exhortación que nos hace San Pablo a nosotros: «Transformense, por la renovación de la mente, para que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto» (Rom 12,2). Con su mente esclarecida –no ofuscada por las pasiones– ella discernía la voluntad de Dios y tenía la fuerza del Espíritu Santo para hacerla siempre. Ella debía estar al pie de la cruz y ¡allí estaba! Así como su Hijo abrazó la cruz diciendo a su Padre: «Hágase tu voluntad y no la mía» (Lc 22,42), así también ella aceptaba esa voluntad divina, a pesar del inmenso dolor de ver a su Hijo morir en esa forma. En la aceptación del sacrificio de su Hijo nos tenía presentes a nosotros, sus hijos, comprendiendo que era necesario para nuestra salvación.

En todas las Eucaristías que se celebren este 8 de diciembre en nuestra patria se hará la consagración del país a la Madre de Dios. Estamos ciertos que ella nos acogerá como hijos y nos obtendrá de su Hijo divino que nos salve de la grave crisis por la que atraviesa en este momento el país. Sabemos que Dios nos salva infundiendo en nuestros corazones el amor de manera que, erradicado el odio y el egoísmo, nos amemos como hermanos.

Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles