Opinión / Editorial

Ser Iglesia joven para los jóvenes requiere tener los oídos atentos y la mente dispuesta

Durante el mes de octubre se está desarrollando en Roma una nueva asamblea sinodal de Obispos. En esta oportunidad, el Sínodo tiene a la juventud y la respuesta vocacional como temas centrales de reflexión. La pregunta que motiva el encuentro es cómo acompañar mejor la fe y el discernimiento vocacional de los más jóvenes de nuestra sociedad en medio de vertinogosos cambios en las culturas. 

Comunicar la Buena Noticia del Evangelio a las nuevas generaciones requiere mucho más que una estrategia para llegar a quienes comienzan a vivir este relevante período de la vida. La clave no es tanto lo que nosotros podemos comunicar a los adolescentes y jóvenes, sino el diálogo con ellos en busca de lo que tienen que comunicarnos a nosotros. Ser Iglesia joven para los jóvenes requiere tener los oídos atentos y la mente dispuesta para recibir el espíritu nuevo. También las preguntas, interpelaciones y cuestionamientos que desde el mundo juvenil se formulan a los adultos y, especialmente, a la Iglesia.

¿Qué podemos entregarle a los jóvenes que no podrían encontrar en ningún otro lugar? La respuesta es siempre la experiencia de Jesucristo. Él es ejemplo de vida nueva que se traduce en el respeto a toda persona, que es el pilar sobre el cual se construye una sociedad más justa, en la que los jóvenes juegan un rol indispensable. El Papa Francisco en su visita a Chile tuvo un encuentro especial con los jóvenes en el Santuario Nacional de Maipú. En esa oportunidad les recordó ese papel que sólo ellos pueden desempeñar en el mundo: “El mundo te necesita, la patria te necesita, la sociedad te necesita, tienes algo que aportar, no pierdas la conexión (…) No basta con escuchar alguna enseñanza religiosa o aprender una doctrina; lo que queremos es vivir como Jesús vivió”, es decir, “traducir Jesús a mi vida”, les dijo Francisco. 

Cuando pensamos en cómo acompañar a los jóvenes en este camino, de hacer vigentes y pertinentes las enseñazas de Jesús para sus propias vidas, esto nos lleva a preguntarnos como está nuestro propio proceso de configurar nuestra vida con el Señor. No es fácil una respuesta, pero nos sirve para comprender que más que instructores estamos llamados a ser compañeros de camino en el desafío cotidiano de vivir como lo haría Jesús. Y entonces vale la pena volver a preguntarnos: ¿Qué necesitan los jóvenes de nosotros? ¿Qué podemos entregarles que no podrían encontrar en ningún otro lugar? Y la respuesta vuelve a ser la misma: el tesoro de la Iglesia es la persona de Cristo, a quien reconocemos como Camino, Verdad y Vida. Desde nuestra personal experiencia de encuentro con Él podemos garantizar a los jóvenes que su búsqueda también es la nuestra. En efecto, cuando el propósito es descubrir la presencia de Dios en la vida cotidiana, la juventud deja de ser una cuestión de edad, para volverse una disposición ante la vida. Jesucristo nos trae una vida nueva. Quien esté dispuesto a acoger su invitación ha de sentirse siempre joven, porque la vida es un constante aprendizaje.

 

+ Santiago Silva Retamales
Obispo Castrense de Chile
Presidente de la Cech