Opinión / Editorial

La necesidad de cuidarnos

No estábamos preparados. Aunque hubiésemos contado con todas las camas, ventiladores y mascarillas seis meses antes, humanamente no estábamos preparados para modificar nuestra forma de vida al nivel que nos ha exigido el Covid-19 y su mortal peregrinación por el mundo.

Hace un semestre la joven Greta Thunberg apelaba a los líderes del mundo y a la conciencia de todos en torno a la sustentabilidad de la vida en el planeta, nuestra casa común. Hace un trimestre nuestro país “despertaba” por justos clamores sociales postergados por décadas.

No nos engañemos: ni la crisis ambiental ni el estallido social mermaron el individualismo ni aplacaron la sed de poder y de consumo. La razonable austeridad que las circunstancias ameritaban quizá solo la vivieron, por obligación, los grupos sociales más vulnerables. Al compás de una violencia persistente y de lentas decisiones políticas en varios países, el panorama económico mundial entraba en shock y una especie particular de coronavirus se salía de los límites.

Puesto hoy en el escenario de la pandemia, el lema de “quedarse en casa” no es político ni social. Es “existencial”, porque es una indicación perentoria para cuidar la vida de todos, especialmente la de los adultos mayores y grupos de riesgo. Es, por tanto, sobre todo una obligación moral. Exponernos y exponer a otros no es solo un error, es una falta grave de respeto por los demás que atenta contra su vida. Pero esta decisión no solo pasa por la voluntad de cada uno, este llamado requiere la voluntad de quienes deciden por la vida de otros, me refiero a políticos y empleadores.

Por más libros y charlas que se ofrecen de autocuidado y autoayuda en las últimas décadas, cuidarnos no es lo nuestro. Y para la Iglesia es también ésta una tarea pendiente. Como sociedad nos falta preocuparnos de verdad por los abuelos, los jóvenes, los pueblos originarios… Quizá cuando el confort y la comodidad se incorporan como una costumbre a la vida, el valor de cada persona y de las relaciones humanas pierden relevancia. Pero hoy es distinto al ver el contagio y la muerte progresiva merodeando, porque cada  vez se nos hace más patente la vivencia expresada en el Salmo: el temor y la incertidumbre frente “la peste que destruye… y que vaga en las tinieblas y a la plaga que destruye a plena luz” (Sal 91,4.6).

Que la Semana Santa nos haya permitido descubrir en Cristo resucitado pistas para ver la vida de otra manera. No necesitamos cuidarnos porque la publicidad nos invita a quedarnos en casa. Necesitamos cuidarnos porque nuestra vida y la de todos vale, y vale por lo que somos, no por lo que hacemos, decimos o tenemos. Porque nuestra vida vale, nos corresponde cuidar las vidas de los demás como si fueran la nuestra. “El bien común corresponde a las inclinaciones más elevadas del hombre, pero es un bien arduo de alcanzar, porque exige la capacidad y la búsqueda constante del bien de los demás como si fuese el bien propio” (Doctrina Social de la Iglesia, 167).

Tengamos presentes en oración de estos días a todos aquellos que han perdido la vida por el Covid-19 y sus familiares, por quienes sufren el contagio, por quienes aún no ponderan la relevancia de protegernos unos a otros. Que el Señor resucitado renueve nuestra esperanza y que podamos vivir con intensidad este mensaje del Señor a sus discípulos: "Ustedes ahora están tristes, pero cuando resucite, volveré a verlos y se alegrarán con una alegría que nadie les podrá arrebatar" (Jn 16,22).

 

+ Santiago Silva Retamales
Obispo presidente de la CECh

 

Santiago, Viernes 10 de Abril de 2020