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   Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 01 de Marzo del 2015

Mc 9,2-10
Se transfiguró delante de ellos

El II Domingo de Cuaresma se caracteriza por el relato de la Transfiguración de Jesús. Este año leemos ese acontecimiento de la vida de Jesús en la versión de Marcos, que sirve de base a los evangelistas Mateo y Lucas. El título que damos a este episodio proviene de Marcos: «Tomó Jesús consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los llevó, a ellos solos, aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos».

El verbo usado para expresar lo que ocurrió a Jesús en ese monte, suena literalmente «cambió de forma». La forma que él tenía la conocían los tres apóstoles; era la forma humana de Jesús de Nazaret. ¿Cuál es la forma que tomó para aparecer ante ellos? No lo dice el Evangelio expresamente. Pero podemos guiarnos por otro texto en que aparecen los mismos términos. Se trata del himno en que San Pablo expresa el misterio de Cristo: «Teniendo forma de Dios no consideró como conquista el ser igual a Dios... y tomó forma de esclavo, haciendose semejante a los hombres...» (Fil 2,6-7). Para venir al mundo, Cristo «se transfiguró», cambió de la forma de Dios a la forma de hombre. En aquel monte alto, que la tradición identifica con el Tabor, también se transfiguró, pero esta vez cambió de la forma de hombre a la forma de Dios, que no es para él conquista, sino propia. Esto es lo que vieron los tres apóstoles elegidos.

¿Cómo se puede describir la forma de Dios que retomó? No hay palabras en nuestra lengua para describirla. San Marcos hace lo que puede: «Sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún lavandero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo». Con su lenguaje logra decir que esa experiencia no es de esta tierra.

Más expresiva es la reacción de Pedro: «Bueno es estar nosotros aquí». ¿No es demasiado poco calificar esa experiencia como algo simplemente «bueno»? Al contrario, es la única expresión con que puede ser calificada. En efecto, lo único que es para el hombre «bueno» en todo aspecto, sin cosa alguna que lo oscurezca, es estar con Jesús en el Paraíso. Eso es lo que quiere decir Pedro. Y por eso, no quiere que tenga fin: «Haremos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». La forma más contraria a la que adoptó Jesús en el monte Tabor –la forma de Dios, que le pertenece en propiedad– es la que tuvo en la cruz: «Se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Fil 2,8). Pero, precisamente allí, promete al buen ladrón: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23,43). Le promete aquello que Pedro anhelaba, es decir, hacerlo gozar eternamente de la visión de su gloria.

Todo esto queda confirmado por lo que sigue: «Se formó una nube que los cubrió con su sombra, y vino una voz desde la nube: “Este es mi Hijo, el amado. Escuchenlo”». La nube es el modo bíblico de expresar la presencia de Dios. La voz de la nube es la voz de Dios. Dios declara que Jesús es su Hijo. Comprendemos la densidad de esa declaración divina. Por eso no se puede cambiar nada en ella. Hay que conservar el artículo definido con que Dios califica a este Hijo: «El amado». ¿Tiene acaso Dios otros hijos? Precisamente, también nosotros, en el Bautismo, somos adoptados como verdaderos hijos de Dios: «Vean qué amor nos ha dado el Padre para ser llamados “hijos de Dios”. Y ¡lo somos!» (1Jn 3,1). Pero Jesús es llamado: «El amado», porque, solamente en su caso, solamente el amor entre Dios y este Hijo origina una tercera Persona divina: el Espíritu Santo. Por eso, la tradición ha considerado que en el episodio de la Transfiguración está actuando toda la Trinidad divina.

La voz de Dios agrega una recomendación respecto de su Hijo que no debemos desatender: «Escuchenlo». Esta debe ser nuestra preocupación durante esta Cuaresma. Dedicamos mucho tiempo a escuchar voces humanas intrascendentes, mientras dejamos de lado a Jesús. Por los medios de comunicación se transmiten muchos programas de conversación en los cuales todos tratan de arreglar el mundo. Pero no se da allí ningún espacio a la voz de Cristo, el único que verdaderamente salva al mundo. En el Antiguo Testamento se pedía: «Ojalá escuchen hoy su voz (la de Dios), no endurezcan el corazón» (Sal 95,7.8). A nosotros ese mismo Dios nos dice que es la voz de Jesús la que tenemos que escuchar. A él lo escuchamos atendiendo a la enseñanza de su Iglesia, a la cual confió su Palabra: «El que a ustedes escucha, a mí me escucha» (Lc 10,16).

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles