Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 04 de Diciembre del 2016

Mt 3,1-12
Él los bautizará

«Por aquellos días aparece Juan el Bautista, predicando en el desierto de Judea: “Conviertanse, porque el Reino de los Cielos está cerca”». Con la presentación de este personaje –Juan el Bautista–, comienza el Evangelio de este Domingo II de Adviento. En el Evangelio de Mateo aparece así, sin previa noticia. De esta manera asemeja al profeta Elías, que aparece también de manera abrupta: «Elías tesbita, de Tisbé de Galaad, dijo a Ajab: “Vive el Señor, Dios de Israel, en cuya presencia estoy...» (1Re 17,1). Por eso, Jesús, hablando de Juan dice: «Si quieren admitirlo, él es Elías, el que iba a venir» (Mt 11,14).

Se trata de un profeta. Pero su proclamación supera a la de todos los profetas: «El Reino de los cielos está cerca». El verbo griego usado, expresa la cercanía de una realidad que se está aproximando. Es el anuncio de un «adviento». Exige tomar una decisión urgente: convertirse. Esta misma proclamación la repite Jesús y también sus apóstoles (cf. Mt 4,17; 10,7).

¿Cuál es la realidad cuya venida inminente Juan anuncia y que exige conversión? Juan la llama «Reino de los cielos». Según el modo de hablar de Mateo, que dirige su Evangelio a judíos, la expresión «de los cielos» está en el lugar del nombre de Dios, que los judíos no pronunciaban. Se acerca, entonces, una situación de plena felicidad para el ser humano, en la cual «Dios será todo en todos» (1Cor 15,28). Por eso, el evangelista ve que en él se cumple una profecía: «Este es aquél de quien habla el profeta Isaías cuando dice: Voz del que clama en el desierto: Preparen el camino del Señor, enderecen sus sendas» (cf. Is 40,3). Juan anuncia la venida del Señor.

Tres veces se menciona el rito de purificación que Juan practicaba: «Acudían a él... y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados». Es entonces un gesto que supera los ritos de purificación que practicaban los judíos; aquí se trata de purificarse de los pecados, por medio de la confesión y la firme decisión de cambio: «Conviertanse». Más adelante el evangelista agrega: «Viendo Juan venir muchos fariseos y saduceos al bautismo, les dijo: «Raza de víboras... Den frutos dignos de conversión». Por último, su baño de purificación es adoptado por el mismo, cuya venida anuncia, pero dandole un efecto infinitamente mayor: «Yo los bautizo en agua para conversión; pero aquel que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no soy digno de llevarle las sandalias. El los bautizará a ustedes en Espíritu Santo y fuego». El gesto típico de Juan, practicado como signo de conversión para prepararse a la venida del Señor, es un baño con agua, que difiere de los ritos de purificación judíos, no sólo porque se confiesan los pecados, sino también porque interviene un tercero, como ministro, Juan. Es un bautismo. De aquí el nombre de este profeta: Juan el Bautista. El gesto inaugurado por él será adoptado por Jesús mismo: «Él los bautizará». En esto también Juan se revela como gran profeta. Con plena verdad podemos hablar de «Jesús el bautista», pues él es el ministro principal en el Bautismo cristiano, como lo afirma San Agustín: «Bautiza Pedro, bautiza Cristo; bautiza Pablo, bautiza Cristo; ¡bautiza Judas, bautiza Cristo!» (In Io Ev, 6,7). Sólo él bautiza con el Espíritu Santo.

Llama la atención la severidad con que Juan reprende a los que vienen a su bautismo: «Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego». No corresponde a la actitud llena de bondad y misericordia con que se presentó Jesús, tanto que, lejos de aplicar el hacha, el evangelista Mateo explica su actuación diciendo: «Para que se cumpliera el oráculo del profeta Isaías: He aquí mi Siervo, a quien elegí, mi Amado, en quien mi alma se complace... No disputará ni gritará, ni oirá nadie en las plazas su voz. La caña trizada no la quebrará, la mecha que humea no la apagará...» (Mt 12,17-20).

¿Quiere decir, entonces, que Juan falló como profeta? No. Juan, en realidad, está viendo ambas venidas de Cristo en una: su venida en la historia, que fue en mansedumbre y humildad, y su venida final en la gloria. En esa última venida será el juicio: «Ha de venir a juzgar a vivos y muertos». Entonces se producirá la separación: «Pondrá a unos a su derecha y a otros a su izquierda» (Mt 25,32), o en expresión de Juan, «recogerá su trigo en el granero, pero la paja la quemará con fuego que no se apaga». Nosotros ya conocimos su primera venida y hemos sido bautizados por él en el Espíritu Santo. Debemos estar preparados para su venida final. Esta es la finalidad del tiempo del Adviento. En este tiempo debemos purificarnos y dedicar más tiempo a la oración y a la penitencia. Que las cosas de este mundo no ahoguen nuestro corazón, porque son caducas y nos arrastran consigo.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles