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   Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 07 de Febrero del 2016

Lc 5,1-11
Alejate de mí, Señor, que soy un pecador

El Evangelio de este V Domingo del tiempo ordinario nos presenta la versión de Lucas sobre la vocación de Pedro y de los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, que son descritos como «compañeros de Simón». El episodio transcurre a la orilla del lago donde ellos ejercían su oficio de pescadores: «Estaba Jesús a la orilla del lago Genesaret y la gente se agolpaba sobre él para oír la Palabra de Dios».

Dada esta situación era necesario improvisar un púlpito desde el cual Jesús pudiera hablar: «Jesús vio dos barcas que estaban a la orilla del lago. Los pescadores habían bajado de ellas, y lavaban las redes. Subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que se alejara un poco de tierra; y, sentandose, enseñaba desde la barca a la muchedumbre». Hasta ahora, este Simón, que es el dueño de la barca en la cual Jesús subió, no ha sido presentado, más que a la pasada. Después del rechazo por parte de su pueblo de Nazaret, Jesús bajó a Cafarnaúm y enseñaba en la sinagoga: «Saliendo de la sinagoga, entró en la casa de Simón. La suegra de Simón estaba con mucha fiebre, y le rogaron por ella...» (Lc 4,38). Esa es la primera mención de Simón. El evangelista lo supone conocido por sus lectores. No sabemos qué relación tiene con Jesús; pero es suficientemente cercana para que Jesús, saliendo de la sinagoga, entre en su casa. Es claro que aún no ha sido llamado por Jesús a seguirlo. La segunda mención de Simón que encontramos en el Evangelio de Lucas es la que leemos en el Evangelio de hoy. Jesús sube a la barca de su conocido, Simón, para predicar desde ella.

Podemos afirmar que Simón, como la multitud que se agolpaba sobre Jesús, ya estaba cautivado por su Palabra: «Quedaban admirados de su doctrina, porque hablaba con autoridad» (Lc 4,32). Simón lo había visto también curar a su suegra y a los enfermos que le trajeron a la puerta de su casa: «A la puesta del sol, todos cuantos tenían enfermos de diversas dolencias se los llevaban; y, poniendo él las manos sobre cada uno de ellos, los curaba» (Lc 4,40). Esto es lo que el lector sabe sobre la relación de Simón con Jesús hasta ahora.

La vocación de Simón tendrá una importancia decisiva en el misterio de la salvación obrada por Jesús. Esa mañana, cuando Jesús comenzó a hablar, los pescadores acababan de regresar de la pesca nocturna. A pesar del esfuerzo, esa noche no habían pescado nada. Por eso, a Simón parece inadecuada la orden que Jesús le da, cuando acabó de hablar a la multitud: «Rema hacia lo profundo y echen sus redes para la pesca», y se lo hace ver: «Maestro, hemos estado trabajando toda la noche y no hemos pescado nada». Todo depende de lo que él agrega: «Pero, en tu Palabra, echaré las redes». La vocación de Pedro y su lugar fundamental en el plan de salvación, dependerá de ese acto de confianza en la Palabra de Jesús. Nos hace recordar aquel otro acto de total abandono a la Palabra de Dios de la Virgen María, que dio paso a la Encarnación del Hijo de Dios en sus entrañas virginales: «Hagase en mi según tu Palabra» (Lc 1,38).

Las redes, echadas por Pedro en la Palabra de Jesús, captaron una cantidad tan abundante de peces que amenazaban con romperse y fue necesario que vinieran en su ayuda para poder arrastrarla a tierra: «Hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que vinieran en su ayuda. Vinieron, pues, y llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían». Las curaciones obradas por Jesús, ciertamente influyeron para que Simón confiara en el poder de su Palabra; pero este hecho, que tiene que ver con su propio oficio, que él bien conoce, le hizo comprender quién era Jesús y quién era él mismo: «Al verlo Simón Pedro, cayó a las rodillas de Jesús, diciendo: “Alejate de mí, Señor, que soy un hombre pecador”». Da a Jesús el título «Kyrios», reservado a Dios en el Antiguo Testamento, y en contraste, da a sí mismo el título de «pecador». No puede comprender que Dios se rebaje hasta él. Esta es la actitud que debemos tener todos ante Cristo, en modo particular, ante su presencia real en la Eucaristía, que es un don completamente gratuito e inmerecido para nosotros. Nadie puede pretender un derecho a la Eucaristía.

Doble es la actitud de Simón que motiva su vocación: su absoluta confianza en la Palabra de Jesús y el reconocimiento de su pecado. Su vocación es una gracia inmerecida: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres». La conclusión del relato es la respuesta de Simón y de sus compañeros a esa llamada: «Llevaron a tierra las barcas y, dejandolo todo, lo siguieron». Desde ahora serán sus primeros discípulos.

Es común en la Escritura que, cuando Dios llama a alguien y le encomienda una misión, le dé un nombre nuevo correspondiente a dicha misión. En este relato, Jesús da a Simón el nombre de «Pescador». Pero Lucas sabe que su nombre es Pedro (Piedra) y que ese nombre se lo dio Jesús como más apropiado a su misión. En efecto, faltaba todavía que Simón fuera nombrado el primero de los Doce apóstoles. Lo relata Lucas más adelante: «Por aquellos días se fue Jesús al monte a orar, y se pasó la noche en la oración de Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió a doce de entre ellos, a los que llamó también apóstoles: a Simón, a quien llamó Pedro, y a su hermano Andrés; a Santiago y Juan...» (Lc 6,12-16). Por el Evangelio de Mateo, conocemos la explicación que Jesús mismo da a ese cambio de nombre: «Yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16,18). Esta es la verdadera vocación de Simón, que se funda en su confesión de Jesús como el Cristo, Señor, Hijo de Dios vivo, y en el reconocimiento de su condición de pecador necesitado de redención. Este es el fundamento de toda vocación cristiana.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles