IGLESIA.CL - Conferencia Episcopal de Chile
 
   Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 21 de Diciembre del 2014

Lc 1,26-38
Alegrate, llena de gracia

El Evangelio de este IV Domingo de Adviento, que precede a la celebración de la Navidad, nos revela cómo fue la concepción del Niño Jesús en el seno de la Virgen María, es decir, el evento ocurrido en Nazaret nueve meses antes de su nacimiento en Belén.

«Fue enviado por Dios el ángel Gabriel... a una virgen, esposa de un hombre llamado José de la casa de David. El nombre de la virgen era María». Todo parte de Dios, que envía su mensajero. Pero la atención se concentra en la destinataria de esa embajada divina de quien se destaca su condición: una virgen. Esta condición se repite: «El nombre de la virgen era María». En el Israel de ese tiempo un hombre podía conservarse virgen, aunque era insólito, como es el caso de Juan Bautista y, más aun, el de Jesús. Pero una mujer no podía permanecer siempre virgen; a menos que se casara con un hombre que tuviera esa misma intención. Por eso, el Evangelio aclara que esta virgen era «esposa». Así, aunque de manera implícita, el Evangelio nos informa que José, de quien la virgen María es esposa, comparte con ella la misma decisión de virginidad. Lo único que el Evangelio nos dice explícitamente sobre José es que era «de la casa de David».

Dios había prometido a David, por medio del profeta Natán, un descendiente, como leemos en la primera lectura de este domingo: «Afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré el trono de su realeza. Yo seré para él padre y él será para mí hijo... Tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí; tu trono estará firme eternamente» (2Sam 7,12.14.16). Esta profecía fue pronunciada mil años antes de Cristo. Pero no se cumplió en ninguno de los reyes de la dinastía de David, que en su mayoría fueron infieles a Dios. Israel nunca dejó de esperar su cumplimiento. El Evangelio de este domingo nos dice que esa promesa tuvo cumplimiento de una manera infinitamente superior a todo lo que Israel esperaba: el hijo de David prometido es el Hijo de Dios concebido en el seno de la Virgen María.

El anuncio del ángel a María retoma los términos de la promesa hecha a David: «Concebirás en el seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin». Según este mensaje de Dios, el hijo de María, tiene una doble filiación: es Hijo del Altísimo y es hijo de David.

La filiación respecto de David, le vendrá al niño por José, el esposo de María; él es «de la casa de David». En el momento del anuncio María es esposa virgen. Pero el anuncio está hecho en tiempos futuros: «Concebirás... darás a luz». ¿Cómo se podrá conservar su condición de «siempre virgen»?. María pide aclaración sobre ese punto preciso: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?». Equivale a la pregunta: «¿Cómo podré concebir virginalmente?». La respuesta del ángel explica todo: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti». Esto explica también la identidad del que será concebido en su seno: «Por eso, el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios». El ángel ya ha expresado de manera sutil la concepción virginal diciendo a María: «Concebirás en el seno», es decir, de manera enteramente interna, sin intervención de nada externo. Esta expresión se reserva a María (cf. Lc 2,21). Más adelante, refiriendose a Isabel, cuya concepción es natural, el ángel dice simplemente: «Ha concebido un hijo».

La Virgen de Nazaret tiene un nombre dado a ella por sus padres: María. Pero el ángel la llama con un nombre dado a ella por Dios, que expresa su relación con Él: «Llena de gracia». Significa llena de la complacencia de Dios, es decir, que no hay nada en ella que no llene de gusto a Dios mismo, como corresponde a la mujer elegida para ser la Madre de Dios. Nuestra fe expresa esto confesandola Inmaculada desde su Concepción.

La historia de la humanidad alcanzó su punto culminante y su pleno sentido con la concepción y nacimiento del Hijo de Dios hecho hombre. Este es el misterio que debe concentrar nuestra atención en estos días y llenarnos de gozo. Su anuncio fue un llamado a la alegría: «Alegrate». No dejemos que el consumismo nos esclavice y nos arrebate nuestro gozo.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles