IGLESIA.CL - Conferencia Episcopal de Chile
 
   Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 02 de del 2015

Jn 6,24-35
Yo soy el pan de la vida

El milagro de la multiplicación de los panes, obrado por Jesús, despertó el entusiasmo de la multitud, que quedó saciada con ese pan: «Al ver la gente el signo que Jesús había realizado, decía: “Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo”» (Jn 6,14). En realidad, es el evangelista quien llama a ese milagro «signo»; la multitud que comió de ese pan no ve más que una manifestación de poder divino –llaman a Jesús «el profeta»– que les asegura el sustento sin esfuerzo alguno. Quieren hacer a Jesús rey para que ese poder esté siempre a disposición de ellos. Pero, «dandose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarlo por la fuerza para hacerlo rey, huyó de nuevo al monte él solo» (Jn 6,15).

En el Evangelio de este Domingo XVIII del tiempo ordinario Jesús explica a la gente, y también a nosotros, en qué consistía ese signo. Si lo captamos, habremos comprendido un punto esencial de la fe cristiana.

Cuando la gente encuentra de nuevo a Jesús a este lado del lago, Jesús hace notar el motivo por el cual lo buscan: «En verdad, en verdad les digo: ustedes me buscan, no porque hayan visto signos, sino porque han comido de los panes y se han saciado». En el fondo, nosotros comprendemos el interés de esa gente. Es el mismo interés que vemos hoy en torno a los supermercados, restoranes y otros lugares donde se vende alimentos. El pan –así se designa el alimento en general– es esencial para la mantención de la vida terrena. Toda la frenética actividad del ser humano en la tierra consiste en procurarse el pan para su sustento. Es el cumplimiento de la sentencia de Dios a Adán (el hombre): «Con el sudor de tu rostro comerás el pan» (Gen 3,19). ¿Qué tiene, entonces, de malo que la gente quiera recibir el pan, sin ese esfuerzo? ¿Qué les reprocha Jesús?

Jesús les reprocha que habiendo visto el poder divino que él posee –«lo seguían porque veían los signos que hacía en los enfermos» (Jn 6,2)–, habiendo reconocido que él es «verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo», no manifiesten más interés que saciarse de bienes terrenos. Es el mismo reproche que hace San Pablo: «Muchos no piensan más que en las cosas de la tierra... su dios es el vientre...» (cf. Fil 3,19). Jesús esperaba que los que se saciaron de esos panes le dijeran: «Tú tienes el poder divino; tú eres verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo; tú vienes de Dios. Te pedimos que tú nos muestres el rostro de Dios, como lo anhelamos: “Tu rostro busco, Señor” (Sal 27,8). Te pedimos que nos devuelvas la vida inmortal que tenía el ser humano antes del pecado, como lo esperamos: “Gozaré de la bondad del Señor en el país de la vida” (Sal 27,13)». Jesús esperaba que, después del milagro que había hecho, lo buscaran para pedirle esos dones divinos. Pero, dado que nada de esto parece interesarles, sino sólo el pan terrenal, Jesús mismo les sugiere lo que él les puede dar: «Obren, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre, porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello».

El pan que Jesús multiplicó no tenía vida en sí mismo. Jesús lo llama «alimento perecedero», porque al ser comido se destruye –es digerido– y se incorpora a otro a quien sustenta. Pero no puede comunicar una vida que no posee. Por tanto, quien lo come tarde o temprano también perece, muere. De este alimento el Salmo dice: «Dios lo da a su amado mientras duerme» (Sal 127,2). Por eso, Jesús exhorta a obrar no por este alimento. Exhorta, en cambio: «Obren por el alimento que permanece para vida eterna». Nos revela que hay un alimento que tiene vida, y no una vida cualquiera, sino «vida eterna». Este alimento superior comunica a quien lo come la «vida eterna» que posee. Es una revelación asombrosa, mucho más que lo esperado por todos los presentes.

Pero las palabras de Jesús parecen ser contradictorias. Por un lado dice: «Obren por ese pan»; y por otro lado, asegura que ese pan de vida eterna supera todo esfuerzo humano: «Se lo dará el Hijo del hombre». Y agrega: «A éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello». El sello de Dios es el Espíritu Santo, que está sobre Jesús en todo lo que hace. Si los presentes hubieran dado crédito a eso que Jesús declara sobre sí mismo, la reacción obvia habría sido esta: «Señor, danos de ese pan». Pero no le creen y se van por el lado de las obras: «¿Qué hemos de hacer para obrar las obras de Dios?». La respuesta de Jesús vuelve sobre su propia Persona; es una primera conclusión fundamental: «La obra de Dios es que ustedes crean en quien Él ha enviado». La fe en Cristo es obra de Dios y es la base de todo.

Pero los presentes no creen y piden un signo: «¿Qué signo haces para que viéndolo creamos en ti?». Sugieren un signo como el maná. Jesús entonces aclara que el maná no era pan del cielo y que quienes lo comieron murieron en el desierto. Y agrega: «El pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo». Ahora se produce la reacción que era de esperar y que es una oración que debemos repetir también nosotros: «Señor, danos siempre de ese pan». Jesús no puede resistir a este anhelo y responde con una magnifica revelación sobre su Persona: «Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed». Hemos dicho que el pan es algo esencial para la vida. Cuando se trata de la vida eterna, esencial es sólo Jesús: «Yo soy el pan de la vida». Este es el alimento que sacia nuestra hambre y sed de Dios y de la felicidad eterna que sólo Él concede.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles