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Comentario

Domingo 02 de Noviembre del 2014

Lc 24,1-8
Estando muertos, Dios nos vivificó en Cristo

El 2 de noviembre es la Conmemoración de todos los fieles difuntos. En este día la Iglesia celebra la Eucaristía en sufragio por todos los que ya han muerto en Cristo. La muerte es un misterio impenetrable para la inteligencia humana y, al mismo tiempo, cotidiano. En efecto, son infinitamente más los seres humanos que ya han muerto que los actualmente vivos. Y los actualmente vivos, moriremos todos. Todos conocemos personas que estaban vivas y ahora están muertas. ¿En qué situación están? Este es el misterio. No tenemos otra respuesta a esa pregunta que la que Dios nos ha revelado en Cristo.

El ser humano, por su propia naturaleza no es eterno; es mortal. Sólo Dios es eterno por naturaleza. Pero el ser humano había recibido, cuando fue creado por Dios, el don de la inmortalidad, había recibido esa semejanza con Dios: «Dijo Dios: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra...”. Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, macho y hembra los creó» (Gen 1,26-27). El ser humano no era Dios, sino sólo «semejante» a Dios. Su condición de creatura y no de Creador está expresada en que Dios le da un mandamiento que debe obedecer: «Del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, ciertamente morirás» (Gen 2,17). Por su desobediencia a Dios –el pecado–, perdió el ser humano el don de la inmortalidad y quedó en evidencia que no era Dios, sino creatura mortal. Este es el régimen en que se ha desarrollado la historia de toda la humanidad, como la resume San Pablo: «Por un hombre entró el pecado en el mundo y, por el pecado, la muerte, y así la muerte alcanzó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron» (Rom 5,12).

Pero Dios es Dios y por eso, perdona. Inmediatamente, comenzó la historia de la salvación, que de nuevo resume San Pablo así: «Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos, a causa de nuestros pecados, nos vivificó, juntamente con Cristo –por gracia ustedes han sido salvados–, y con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús» (Ef 2,4-6). Para vivificarnos y hacernos sentar en el cielo, es decir, para darnos nuevamente la inmortalidad, era necesario que nosotros ofrecieramos satisfacción por el pecado. Pero siendo el pecado una ofensa a Dios, era imposible para nosotros poder saldarla, ni siquiera en mínima parte. Para esto fue necesario que el Hijo de Dios hecho hombre muriera en la cruz: «Esto es mi sangre... que será derramada para el perdón de los pecados» (cf. Mt 26,28). Lo explica San Pedro: «Cristo murió por nuestros pecados, el Justo por los injustos, para llevarnos a Dios» (1Pet 3,18).

Todo esto es un misterio al cual tenemos acceso solamente por la fe. Pero hay un hecho en el cual lo histórico se cruza con la fe. Es el hecho fundamental. Ese hecho es la resurrección de Cristo. Si Cristo, que es verdadero hombre, resucitó, significa que la muerte del ser humano ha sido remediada. Pero esto no puede ocurrir, si antes el pecado no ha sido expiado, es decir, si antes no se ha dado a Dios satisfacción por el pecado. Ya hemos dicho que esa satisfacción la ofreció el único que podía hacerlo: lo hizo el Hijo de Dios hecho hombre ofreciendo su vida en la cruz.

La resurrección de Cristo es un hecho histórico y una verdad de fe. Está atestiguado como un hecho histórico, como leemos en el Evangelio de hoy: «¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado». Pero, sobre todo, porque lo confirman los mismos testigos: «A este Jesús Dios lo resucitó; de lo cual todos nosotros somos testigos» (Hech 2,32). Este hecho es el que funda nuestra esperanza de que resucitaremos nosotros y todos nuestros seres queridos que han muerto en Cristo.

Ayer la Iglesia celebraba la Solemnidad de todos los santos. Ellos también han muerto. ¿Qué diferencia hay entre esa Solemnidad y la conmemoración de los fieles difuntos? San Pablo expresa el sentido del ser humano poniendo su origen y su destino en Dios: «Dios nos eligió en Cristo, antes de la creación del mundo, para que fuesemos santos e inmaculados en su presencia por el amor» (Ef 1,4). Los santos son los que han alcanzado esa meta en el curso de su vida terrena y ahora están en la presencia de Dios gozando de su visión. Los demás difuntos que han muerto en Cristo no han alcanzado esa meta y deben aún purificarse para llegar a la condición de «santos e inmaculados»; están en el purgatorio. Nuestra actitud respecto a unos y otros es radicalmente diversa. En la celebración de todos los santos pedimos a ellos que intercedan por nosotros ante Dios de cuya visión ya están gozando. En cambio, en la conmemoración de los demás fieles difuntos somos nosotros quienes oramos por ellos y ofrecemos por ellos el sacrificio de Cristo para que puedan alcanzar la santidad que les permita acceder a la visión de Dios.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles