Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 26 de Febrero del 2017

Mt 6,24-34
Ustedes valen más que ellos

El Evangelio de este Domingo VIII del tiempo ordinario es un canto extraordinariamente poético de Jesucristo sobre el inmenso valor que tiene todo ser humano a los ojos de Dios, su Creador. El Concilio Vaticano II recoge esta enseñanza de Jesús en una sentencia que debe estar en la base de toda consideración sobre el ser humano hombre y mujer: «El hombre es la única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo» (GS, 24). Todas las demás creaturas no las ha amado ni creado por sí mismas, sino por amor al ser humano. Todo ser humano, hombre o mujer, fuerte o débil, sano o enfermo, anciano o joven o aún no nacido es precioso a los ojos de Dios. Esta convicción es la que debe estar en la base de toda verdadera antropología y de toda ley que afecte al ser humano.

El dinero es la expresión del poder creado. El dinero concede la posesión de las cosas creadas, y también de los seres humanos, cuando ellos son tratados como cosas. El dinero es una cosa; es, por tanto, inferior al ser humano; ha sido creado no para que el ser humano lo sirva, sino para que se sirva de él, como se sirve de todas las demás cosas. Servir al dinero es degradarse; servir a Dios es dignificarse, porque Dios es infinitamente superior. Degradarse y dignificarse son contrarios; no pueden ir juntos. Por eso Jesús afirma: «Ustedes no pueden servir a Dios y al Dinero».

Jesús ciertamente conocía el relato bíblico sobre la creación del cielo y la tierra y todo lo que contienen. Es más, él mismo es esa Palabra de Dios que nos revela el origen de todo. Después de cada obra creada, la Palabra de Dios repite como un estribillo: «Vio Dios que estaba bien» (Gen 1,4.10.12.18.21.25). Pero, cuando se trata del ser humano el relato adquiere mayor solemnidad, pues se trata de su creatura más amada, amada por sí misma: «Y dijo Dios: Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y manden en los peces del mar y en las aves del cielo, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres...» (Gen 1,26). El Salmo 8 comenta la superioridad del ser humano sobre toda la creación material cantando: «Lo coronaste de gloria y majestad, lo hiciste señor de las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies...» (Sal 8,6-7).

Jesús quiere confirmar esa enseñanza asegurando que Dios vela sobre el ser humano y que el ser humano le interesa más que todo el resto de la creación. Dios mismo alimenta a cada pequeña ave del cielo: «Miren las aves del cielo: no siembran ni cosechan ni guardan en graneros; y el Padre celestial de ustedes las alimenta. ¿No valen ustedes más que ellas?». Si Dios se preocupa así por las aves que son creadas por amor al ser humano, con mucha mayor razón velará por el ser humano. Por eso Jesús exhorta a confiar en la Providencia divina: «No anden preocupados por su vida, diciendo: ¿Qué comeremos?».

Dios en persona también viste a cada pequeña flor con inigualable belleza: «Observen los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan ni hilan. Y yo les digo que ni Salomón en todo su esplendor se vistió como uno de ellos». La conclusión es que si Dios viste así a una pequeña flor creada para deleite del ser humano, con mayor razón vestirá al mismo ser humano: «Si a la hierba del campo Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con ustedes, hombres de poca fe?». Que Dios crea al ser humano y lo ama más que a toda otra creatura terrestre es una verdad de fe. Por eso Jesús afirma que andar afanados por el alimento y el vestido es propio de hombres de poca fe. Y agrega: «Por todas esas cosas se afanan los gentiles». A los cristianos, en cambio, debe bastar que Dios sepa: «Ya sabe el Padre celestial de ustedes que tienen necesidad de todo eso».

Los seres humanos deben preocuparse, sin embargo, de otra cosa muy superior al alimento y el vestido: «Busquen primero el Reino de Dios y su justicia». Hemos visto que la justicia del cristiano, que debe superar a la de los escribas y fariseos, consiste en llamar bien a lo que Jesús llama bien y procurarlo; y llamar mal a lo que Jesús llama mal y rechazarlo. No busca el Reino de Dios y su justicia quien aprueba la muerte de un ser humano inocente concebido en el seno materno, pues a esa acción Jesús la llama: «crimen abominable», en cuanto viola el mandamiento que él había recién reafirmado: «No matarás» (Mt 5,21). A quien cumple, en cambio, la condición de buscar primero el Reino de Dios y su justicia Jesús promete: «Todas las otras cosas se le darán por añadidura».

† Felipe Bacarreza Rodriguez
Obispo de Santa Maria de Los Ángeles