IGLESIA.CL - Conferencia Episcopal de Chile
 
   Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 30 de del 2015

Mc 7,1-23
Bienaventurados los puros de corazón

En este Domingo XXII del tiempo ordinario retomamos la lectura del Evangelio de Marcos, después de haber leído durante cinco domingos el discurso del Pan de Vida en el Evangelio de Juan.

El ser humano tiene un deseo innato de Dios. Lo tiene, aunque no esté consciente de él. Es el deseo de la total plenitud, de la felicidad plena. El ser humano sabe que ese deseo ilimitado no puede colmarlo algún bien de esta tierra, porque todo en esta tierra tiene límite y acaba, incluida su propia vida terrena. Sólo puede ser feliz en la unión con Dios, que es el Bien infinito y eterno. En la unión con Dios el ser humano adquiere la vida eterna, que es condición para la felicidad.

Gracias a la predicación de los profetas, el pueblo de Israel comprendió que podía alcanzar la unión con Dios obedeciendo a su voluntad, expresada en sus mandamientos. Y esto lo ubican ya en el primer hombre. Adán –el ser humano– tenía un trato de amistad con Dios. Pero, cuando él y su mujer desobedecieron el mandato de Dios, se escondieron de su presencia: «Oyeron el ruido de los pasos del Señor Dios, que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa, y el hombre y su mujer se ocultaron de la vista del Señor Dios» (Gen 3,8). La sensación que tiene el ser humano que ha faltado a los mandamientos de Dios es la de desnudez: «Te sentí andar por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo; por eso me escondí» (Gen 3,10). La desnudez es una sensación de total inadecuación, de vergüenza. Gradualmente, en Israel esa condición de estar inadecuado ante Dios se expresó con el concepto de impureza.

Quien se encontraba en condición de impureza no podía entrar en la presencia de Dios como lo expresa el Salmo 24: «¿Quién subirá al monte del Señor, quién podrá estar en su lugar santo? El de manos inocentes y corazón puro» (Sal 24,3-4). El Salmo habla de la pureza del corazón. Pero en el tiempo de Jesús se habían incorporado una multitud de observancias de purificación externa, que nada tenían que ver con el corazón, como lo explica Marcos a sus lectores romanos: «Los fariseos y todos los judíos no comen sin haberse lavado las manos hasta el codo... y hay otras muchas cosas que observan por tradición, como la purificación de copas, jarros y bandejas». No es una medida de higiene. Jesús desenmascara lo que hay detrás de esas observancias, citando al profeta Isaías: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres». Jesús aplica ese oráculo a la situación de los fariseos y escribas que criticaban a sus discípulos por comer con manos, según ellos, impuras: «Dejando el mandamiento de Dios, ustedes se aferran a la tradición de los hombres».

Los «preceptos de hombres» son aquellas observancias externas con cuyo cumplimiento minucioso pensamos quedar bien ante Dios, descuidando el cumplimiento de sus mandamientos. Esta actitud hace exclamar a Jesús: «Que bien rechazan ustedes el mandamiento de Dios para establecer su propia tradición». Y agrega: «Ustedes anulan la Palabra de Dios con la tradición que se transmiten».

Tomando pie de esa controversia con los fariseos y escribas, Jesús formula una enseñanza a la cual da la máxima fuerza: «Oiganme todos y entiendan: Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda hacerlo impuro; lo que sale del hombre, eso es lo que hace impuro al hombre. Quien tenga oídos para oír, que oiga». Luego, ya solo con sus discípulos, ante la duda de ellos, Jesús repite la misma sentencia: «Lo que sale del hombre, eso es lo que hace impuro al hombre». Y explica: «Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, orgullo, necedad. Todas estas perversidades salen de dentro y hacen impuro al hombre», se entiende, radicalmente inadecuado para la unión con Dios. Ese elenco es una reafirmación del Decálogo. En efecto la primera serie de cosas es contra el amor al prójimo, que está mandado en la segunda tabla, es decir, en los siete últimos mandamientos. El orgullo y la necedad, en cambio, se refieren a Dios, es decir, a la primera tabla del Decálogo: el orgullo es la actitud de autosuficiencia del que prescinde de Dios y la necedad es la actitud del que niega la existencia misma de Dios: «Dice el necio en su corazón: “No hay Dios”» (Sal 14,1; 53,2).

La unión más estrecha con Dios que puede tener hoy el ser humano, la tiene por medio de Cristo en la Eucaristía, como lo hemos destacado detenidamente en los últimos domingos: «El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él» (Jn 6,56). Para esta unión es necesaria la pureza del corazón, que Jesús realza: «Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8). Quien la hubiere perdido por alguna de esas cosas que hacen impuro al hombre no está perdido; tiene modo de recobrarla por medio del Sacramento de la Penitencia antes de participar en la Eucaristía.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles