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Comentario

Domingo 20 de Abril del 2014

Mt 28,1-10
Después que yo resucite los veré en Galilea

Poco antes de ser arrestado en Getsemaní, Jesús había predicho a sus discípulos: «Todos ustedes se escandalizarán de mí esta noche, porque está escrito: "Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño"» (Mt 26,31). Si se considera con atención, observamos que esa predicción de Jesús no encierra ningún reproche; es más bien la expresión de algo normal, confirmado por una constatación de la naturaleza –el comportamiento de las ovejas, cuando es herido el pastor– y por un texto de la misma Escritura. Jesús asegura, sin embargo, que ese tropiezo que tendrían por causa de él –esto significa «escandalizarse» de él– no los dejaría caídos: «Después que yo resucite, iré delante de ustedes a Galilea» (Mt 26,32).

Si los apóstoles hubieran aceptado serenamente la predicción –que sufrirían escándalo por causa de Jesús–, ellos se habrían concentrado en indagar acerca del remedio: la resurrección de Jesús y su citación en Galilea. Pero rechazaron el presupuesto y adoptaron todos la misma actitud que Pedro: «Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré... Y lo mismo dijeron todos los discípulos» (Mt 26,33.35). El anuncio de su resurrección, que Jesús había repetido ya varias veces, tampoco esta última vez fue asimilado. Más atención prestaron a ese anuncio los contrarios a Jesús que sus mismos discípulos: «Señor –dijeron a Pilato–, recordamos que ese impostor dijo cuando aún vivía: "A los tres días resucitaré". Manda, pues, que quede asegurado el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vengan sus discípulos, lo roben y digan luego al pueblo: "Resucitó de entre los muertos", y la última impostura sea peor que la primera» (Mt 27,63-64).

En realidad, los apóstoles no tenían ninguna intención de hacer eso. Ellos estaban escandalizados, es decir, caídos e incapaces de levantarse. Después de ver a Jesús arrestado, golpeado, escupido, coronado de espinas, crucificado y muerto, se desilusionaron de él. Si antes lo habían seguido, porque creían que él era el Cristo, ahora, al verlo reducido a ese estado, ya no creen en él. Este es el sentido de la triple negación de Pedro: «No conozco a ese hombre» (Mt 26,70.72.74). Esta frase no pertenece al ámbito de lo cognitivo, sino de lo afectivo. Pedro quiere decir: «Ya no soy seguidor de ese hombre, porque no creo que él sea el Cristo». No había nada que pudiera sacar a Pedro y a los demás apóstoles de esta convicción. Excepto...

La resurrección de Cristo no pudo ser un invento de los que habían sido discípulos de él, porque no entraba como una posibilidad en la mente de ellos. En el Evangelio de este Domingo de Resurrección se nos relata que las mujeres, que aún conservaban afecto por Jesús, fueron, pasado el sábado, «a ver el sepulcro». Ellas no esperan nada, van simplemente a ver. Entonces ocurre lo inesperado: «De pronto se produjo un gran terremoto, pues el ángel del Señor bajado del cielo, acercandose, hizo rodar la piedra y se sentó encima de ella». Los guardias quedaron inmovilizados y la boca del sepulcro abierta. Entonces el ángel dice a las mujeres: «Sé que buscan a Jesús, el Crucificado; no está aquí. ¡Ha resucitado!, como lo había dicho. Vengan, vean el lugar donde yacía. Y ahora vayan enseguida a decir a sus discípulos: "Ha resucitado de entre los muertos y va delante de ustedes a Galilea; allí lo verán"». La afirmación central de la fe cristiana es la que pronunció ese ángel ante la tumba vacía de Jesús: «¡Ha resucitado!». Hay que destacar que las primeras que transmitieron ese anuncio fueron las mujeres que habían seguido a Jesús. Ellas evangelizaron a los mismos apóstoles. Y ellos tuvieron que creerles a ellas. Es asombroso, para el mundo de ese tiempo. Así lo quiso Dios, que «elige lo débil del mundo para confundir a lo fuerte» (1Cor 1,27).

Las mujeres no sólo fueron las primeras en recibir el gozoso anuncio, sino que fueron las primeras en ver a Jesús resucitado: «Jesús les salió al encuentro y les dijo: "¡Alegrense!". Y ellas, acercandose, se asieron de sus pies y lo adoraron. Entonces Jesús les dice: "No teman. Vayan, anuncien a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán"». En Galilea lo vieron también los apóstoles y así todo lo que Jesús hizo y enseñó adquirió en ellos su verdadero sentido. Lo vieron vivo y creyeron. Nuestra fe se basa en el testimonio de ellos, que ellos sellaron con su sangre, y también en el testimonio de vida santa de muchos hombres y mujeres que han pasado por el mundo. El testimonio más eficaz de la resurrección de Cristo es la santidad de vida de los cristianos.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles