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   Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 22 de Marzo del 2015

Jn 12,20-33
Atraeré a todos hacia mí

El Evangelio de este V Domingo de Cuaresma nos sitúa a cinco días antes de la Pascua en la cual Jesús, como Cordero de Dios iba a ofrecer su vida en sacrificio en la cruz. En efecto, el capítulo comienza con la precisión temporal: «Seis días antes de la Pascua, Jesús se fue a Betania, donde estaba Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos» (Jn 12,1). Ese día, en casa de Lázaro y de las hermanas Marta y María, le dieron una cena. El episodio que narra el Evangelio de hoy ocurrió al día siguiente cuando Jesús entró en Jerusalén aclamado por la multitud.

La fama de Jesús se había difundido a consecuencia de la resurrección de Lázaro, que fue un hecho presenciado por muchos judíos venidos de Jerusalén a Betania: «La gente que estaba con él cuando llamó a Lázaro de la tumba y le resucitó de entre los muertos, daba testimonio. Por eso también salió la gente a su encuentro, porque habían oído que él había realizado aquel signo» (Jn 12,17-18).

La fama de Jesús había alcanzado también a los judíos provenientes de la diáspora (dispersión), es decir, de los países de habla griega, que era la lengua hablada en todo el mundo del Mediterráneo: «Había algunos griegos de los que subían a adorar en la fiesta. Estos se dirigieron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le rogaron: "Señor, queremos ver a Jesús"». Los dos apóstoles con nombres griegos, Felipe y Andrés, acogen este deseo y lo transmiten a Jesús. Pero no es el momento para recibir gloria de los hombres, sino de Dios, como se deduce de las importantes declaraciones con que responde Jesús a la petición.

«Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo de hombre. En verdad, en verdad les digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto». Parece haber contradicción entre «ser glorificado» y «caer en tierra y morir». Para Jesús ambos hechos coinciden. En efecto, en el Evangelio de Juan la glorificación de Jesús es su muerte en la cruz. El fruto abundante que obtuvo Jesús por medio de ella, como el grano de trigo que muere, es doble: la gloria de su Padre, por medio de su obediencia filial hasta la muerte, y la salvación del género humano, ofreciendo reparación por el pecado del mundo.

El movimiento de elevación de Jesús en la cruz no concluye en la muerte, sino en la gloria. Y él quiere asumirnos a todos en ese mismo itinerario: «"Yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí". Decía esto para significar de qué muerte iba a morir».

Jesús distingue dos tipos de vida que el ser humano está llamado a poseer en esta tierra: la «vida en este mundo» y la «vida eterna». La vida en este mundo es temporal y breve; nos ha sido dada para que nosotros la entreguemos, siguiendo el ejemplo de Jesús, pues en eso consiste el grado máximo de amor: «No hay amor más grande que el dar la vida por sus amigos» (Jn 15,13). La vida eterna, en cambio, no tiene fin; no acaba con la muerte temporal: el que posee aquí la vida eterna, «aunque muera, vivirá» (Jn 11,25). Así se entiende la sentencia de Jesús: «El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna». «Amar su vida» consiste en querer disfrutar de los bienes de este mundo de manera egoísta. Pero, para todos es evidente que esa vida terrenal, que se ama y se rehúsa entregar por el bien de los demás, inevitablemente, tarde o temprano, se perderá. En cambio, quien considera que esta vida terrena es un don de Dios, que nos ha sido dado con una finalidad precisa, a saber, entregarla, ése, a los ojos del mundo parece odiarla; pero, en realidad, está guardandola para una vida eterna.

En este tiempo de Cuaresma debemos considerar atentamente estas declaraciones de Jesús y procurar ser asumidos por él en su entrega de la vida: «Atraeré a todos hacia mí». Nuestra vida debe corresponder con la de Jesús para que podamos ser incluidos entre los que él atrae hacia sí y, así como el Padre los glorificó a él, nos glorifique a nosotros: «Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará». Ya sabemos que servir a Jesús en esta tierra no es posible sino en sus hermanos más pequeños: «Lo que hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños a mí lo hicieron» (Mt 25,40.45)

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles