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Comentario

Domingo 16 de Noviembre del 2014

Mt 25,14-30
Volvió el señor de aquellos siervos y les pidió cuentas

En este Domingo XXXIII del tiempo ordinario, que es el penúltimo domingo del año litúrgico, leemos la conocida parábola de los talentos. Esta parábola es la segunda del triduo de parábolas que cubren todo el capítulo XXV del Evangelio de Mateo. La primera es la parábola de las diez vírgenes que esperan al esposo, cinco prudentes, que se proveyeron de suficiente aceite para sus lámparas, y cinco necias que no tuvieron esa precaución. Las prudentes entraron con el esposo a la fiesta de bodas; las necias quedaron excluidas. La conclusión de esa parábola es un llamado a la vigilancia: «Velen, porque no saben ni el día ni la hora» (Mt 25,13). Se trata del día y la hora de la venida final de Cristo. Y la tercera parábola del capítulo es la del juicio final, que tendrá lugar justamente en esa venida final de Cristo: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria» (Mt 25,31). Mateo reúne en este capítulo tres parábolas que tienen en común una venida que será definitiva: en la parábola de las diez vírgenes se espera la venida del esposo; en la parábola de los talentos vuelve el señor a pedir cuentas a sus siervos de su administración; en la parábola del juicio final viene el Hijo del hombre a separar a unos de otros, según su práctica del amor: «Irán éstos –los del lado izquierdo– a un castigo eterno, y los justos –los del lado derecho– a una vida eterna» (Mt 25,46).

En el tiempo de Jesús un talento era una medida de peso, equivalente a 36 kg. Cuando se habla de dinero, si no se especifica otra cosa, se trata de una cantidad de monedas de oro que pesan 36 kg. La parábola es una historia tomada de la vida real, por medio de la cual Jesús quiere enseñarnos que los bienes que el ser humano posee, tanto los dones naturales, como los bienes materiales, pertenecen a Dios y le han sido confiados para que los administre. De esa administración deberá rendir cuentas a Dios. En la historia que Jesús presenta, la hacienda de un señor asciende a ocho talentos, a saber, 288 kg de oro. Debiendo ausentarse por un tiempo prolongado, entrega su hacienda en administración a tres siervos, distribuyendola según su capacidad: a uno dio cinco talentos, a otro dos y a otro sólo uno. Los siervos saben que ese dinero es de su señor y que ellos lo han recibido para hacerlo fructificar. El empeño que ellos pongan es la medida del amor que tienen hacia su señor. El que recibió cinco talentos, por medio de su trabajo, los hizo producir para su señor otros cinco; el que recibió dos también se esforzó y ganó para su señor otros dos; en cambio, el que recibió uno, no se esforzó por hacer ganar algo a su señor y le devolvió el mismo dinero recibido, sin ganancia alguna.

Jesús cita las palabras mismas de los siervos al rendir cuentas del dinero recibido: «Señor, cinco talentos me entregaste; mira, otros cinco talentos he ganado» (latín: «alia quinque superlucratus sum»; «otros cinco he sobrelucrado»). Y lo mismo dice el que recibió dos y ganó otros dos («alia duo lucratus sum»; «otros dos he lucrado»). Los oyentes están todos de acuerdo en que estos dos siervos obraron bien haciendo rendir (lucrar) el dinero de su señor; y concuerdan en que el tercer siervo obró mal por no lucrar nada. En efecto, el señor recompensa a los dos primeros siervos diciendo a cada uno: «Bien siervo bueno y fiel... Entra en el gozo de tu señor». En cambio, al que nada lucró le dice: «Siervo malo y perezoso...», Y ordena: «A ese siervo inútil, echenlo a las tinieblas de fuera. Allí será el llanto y el rechinar de dientes».

En nuestro país se ha discutido mucho sobre el lucro en este último tiempo y, en general, se ha declarado ilícito. Quienes así piensan están en la posición del siervo que escondió el dinero de su señor y lo dejó infructuoso. Ese siervo no lucró. En realidad, el lucro es el resultado del trabajo del hombre. Lo mandó Dios cuando entregó a Adán y Eva toda la creación –no sólo algunos talentos–, con el mandato: «Sean fecundos y multipliquense y llenen la tierra y dominenla» (Gen 1,28). El mandato es trabajar para hacerla producir; eso es lucrar. El lucro es justo o injusto, según su finalidad. Jesús lo declara injusto en la parábola del hombre cuyos campos produjeron mucho fruto (lucraron mucho), porque él no pensó más que en sí mismo: «Alma, tienes muchos bienes acumulados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea». A éste Dios le dijo: «Necio», y agregó: «Así es todo el que atesora para sí mismo y no es rico en orden a Dios» (Lc 12,19-21).

La enseñanza de la parábola se refiere al sentido de los bienes y de todas las capacidades –talentos naturales–, que hemos recibido. Ellos tienen como única finalidad hacer el bien a los demás, es decir, el amor al prójimo, sobre el cual seremos juzgados. La parábola siguiente se refiere precisamente a ese juicio, como se verá el próximo domingo.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles