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Comentario

Domingo 03 de del 2014

Mt 14,13-21
Denles ustedes de comer

El discurso en parábolas, que hemos leído los tres domingos anteriores, lo pronunció Jesús sentado en una barca mientras la gente permanecía en la orilla. El evangelista indica el fin de ese discurso cambiando de escena: «Cuando acabó Jesús estas parábolas, partió de allí» (Mt 13,53). Comienza una sección en la cual destaca el poder que tiene Jesús de hacer milagros (dynameis). En efecto, el episodio siguiente se introduce con estas palabras: «Viniendo a su patria, les enseñaba en su sinagoga, de tal manera que decían maravillados: “¿De dónde le vienen a éste esa sabiduría y esos milagros?”» (Mt 13,54). La conclusión de esa visita a su patria fue poco feliz: «No hizo allí muchos milagros, a causa de su falta de fe» (Mt 13,58). Acto seguido, se afirma que su fama llegó al tetrarca Herodes y se indica la explicación que él da a ese poder de hacer milagros: «Herodes dijo a sus criados: “Ese es Juan el Bautista; él ha resucitado de entre los muertos, y por eso actúan en él fuerzas milagrosas (dynameis)”» (Mt 14,2). El evangelista abre aquí un paréntesis y relata el martirio de Juan el Bautista. No es de esto de lo que vienen a informar a Jesús, como lo entendió equivocadamente el que dividió el Evangelio en versículos (Robert Estienne, Ginebra, 1551). «Vienen a informar a Jesús», se refiere al hecho de que Herodes está indagando acerca de él. La reacción de Jesús es retirarse: «Al oírlo Jesús, se retiró de allí en una barca, aparte, a un lugar solitario». Aquí comienza el Evangelio de este Domingo XVIII del tiempo ordinario.

La gente también conoce la fama de Jesús de hacer milagros y sabe que él tiene un corazón compasivo. Por eso, al enterarse de que se ha embarcado, lo siguen llevandole sus enfermos: «Al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos y curó a sus enfermos». Es una gran multitud, cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños. Jesús les va a dar todavía algo mayor: les va a dar la experiencia de una comunidad unida, integrada, en plena paz y gozo, saciada por la abundancia de los dones divinos.

Los apóstoles se preocupan, viendo que se hace tarde y que esa multitud está en un lugar despoblado. Siguiendo la prudencia humana, sugieren que cada uno se vaya, por su cuenta, a procurarse de comer: «El lugar está deshabitado, y la hora es ya pasada. Despide, pues, a la gente, para que vayan a los pueblos y se compren comida». Mientras la multitud está con Jesús, están unidos e integrados en una sola comunidad, sin diferencias, ni discriminación alguna. Al separarse de él, reaparecerán las diferencias, porque cada uno se comprará de comer según su diferente capacidad. Por eso, Jesús rechaza la sugerencia de los apóstoles: «No tienen por qué marcharse; denles ustedes de comer». Este mandato, que en ese momento parecía imposible de cumplir, se cumplirá en su momento. Entretanto, Jesús da un signo de aquel momento futuro: «Ordenó que la gente se reclinase sobre la hierba». Es la postura que se adoptaba para participar en un banquete. Luego Jesús hace sobre los cinco panes y dos peces una serie de gestos que serán registrados por sus apóstoles: «Tomó los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición y, partiendo los panes, se los dio a los discípulos y los discípulos a la gente». Todos se saciaron, sin distinción alguna: «Comieron todos y se saciaron, y recogieron de los trozos sobrantes doce canastos llenos». Jesús demuestra que él, no sólo tiene poder para curar los enfermos, sino también, y sobre todo, para crear una comunidad en la cual todos estén felices e integrados, saciados y sin injustas discriminaciones. Esto no pueden lograrlo las leyes del Estado, por muy buenas que sean. Sólo Jesús puede lograr esto.

«Denles ustedes de comer». ¿Cuándo se cumple este mandato? Se cumple cada vez que sus ministros, actuando en la Persona de Cristo, toman el pan y el vino y repiten sobre ellos los mismos gestos que realizó Jesús esa tarde, agregando estas palabras suyas: «Tomad y comed todos de él; esto es mi cuerpo... Tomad y bebed todos de él; este es el cáliz de mi sangre...». En la Eucaristía desaparecen todas las divisiones y todos nos hacemos uno en Cristo. Esta es la comunión, este es el efecto último de la Eucaristía, que hace de ella un anticipo del banquete del cielo. Toda segregación, en la cual reaparecen nuestras divisiones, es contraria a la comunión. Es lo que reprocha San Pablo a los cristianos de Corinto: «Oigo que, al reunirse en iglesia, hay entre ustedes divisiones, y lo creo en parte... Cuando se reúnen en común, eso no es comer la Cena del Señor; porque cada uno come su propia cena...» (1Cor 11,18.20-21). Se estaba produciendo la segregación que Jesús rechazó, cuando dijo a sus apóstoles: «No tienen por qué marcharse; denles ustedes de comer».

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles