La Patria construida sobre roca
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La Patria construida sobre roca

Fecha: Sábado 18 de Septiembre de 2004
Pais: Chile
Ciudad: Valdivia
Autor: Mons. Ignacio Ducasse Medina

Este templo Catedral, situado en el centro de la ciudad, una vez más abre sus puertas para acoger a las autoridades de la provincia y de la ciudad, a las autoridades civiles, militares y policiales, a representantes de países hermanos, a dirigentes de organizaciones sociales y de beneficencia, a pastores representantes de Iglesias cristianas hermanas y amigas. La Iglesia católica les acoge y, junto a ustedes, quiere dar gracias al Señor de la historia, por nuestra Patria, orar por nuestros gobernantes y por todos los ciudadanos.

Escuchando al Maestro...

La página final del Sermón de la montaña que hemos leído (Mt. 7. 21.24-29) se asemeja a un díptico cuyas dos escenas son perfectamente paralelas, pero antitéticas. En un lado se alza una casa sólida, bien fundada en la roca. En el exterior se desata la tempestad, los ríos se desbordan, los vientos soplan con vehemencia, pero la casa resiste, desafiando a los elementos desencadenados (vv. 24-25). El salmo 46 –proclamado en esta liturgia- imagina la misma escena referida a la ciudad de Jerusalén, construida sobre la roca de Sión: “No tememos aunque tiemble la tierra, y los montes se desplomen en el mar. Que hiervan y bramen sus olas, que sacudan a los montes con su furia” (vv., 3-4).

En la otra parte del díptico aparece una casa producto de la especulación urbanística, edificada sobre un suelo poco sólido. Basta con que se desate una tormenta y desciendan las aguas de la montaña para que la casa empiece a agrietarse y se venga al suelo (vv. 26-27).

Pero es el propio Jesús quien desvela el valor simbólico de estas parábolas introduciendo ambas con: “El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica... (v. 24). El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica...” (v.26).

Así, entonces, el acento recae en la adhesión activa, como lo subraya la frase inicial del texto: “No todo el que me dice ‘¡Señor, Señor!’, sino el que cumple la voluntad de mi Padre” (v. 21), será acogido en el reino de Dios.

La preocupación, ciertamente justa, por tener una buena casa donde vivir confortablemente la propia intimidad no debe excluir cualquier otro deseo y compromiso. Y, sobre todo, no debe apagar el afán de construir la casa interior, la del propio amor y la fe, que será la que garantice la solidez de la fraternidad social, aún cuando vengan tempestades y terremotos y parezcan arrastrarlo todo.

... pensemos la casa nacional

La Iglesia chilena, de cara al Bicentenario de la Independencia nacional, quiere con humildad y convicción, a través de un Documento de Trabajo, titulado “En camino al Bicentenario” -que en pocas semanas más dará a luz-, cursar una invitación a todos los constructores de la sociedad, a reflexionar sobre la situación social actual en nuestra Patria y lo que se quiere de ella para el futuro.

Decimos los obispos en el referido Documento:

“Construir la Patria es una tarea interesante, hermosa, desafiante, que a todos nos concierne, más aún si tenemos presente que en ella nos preparamos a vivir en la Patria definitiva y plena que todos anhelamos. En este sentido pensamos que el Bicentenario de nuestra Independencia Nacional, puede ser ocasión de reencuentro con el "alma de Chile", en palabras consagradas por el recordado Cardenal Silva Henríquez, y de proyección de la mirada hacia el futuro con la voluntad de refundar a Chile, a partir de la fecundidad de los valores esenciales que sustentan nuestra identidad nacional”.

“El Bicentenario de nuestra Independencia acontece en tiempos en que la discusión valórica ha cobrado especial interés en temas tan cruciales como el respeto por la vida, el servicio público, el futuro del matrimonio y la familia, el desarrollo económico, la calidad de vida, la extensión de las mismas oportunidades a todos y la justicia social, el sentido y el ejercicio de la sexualidad, la libertad de expresión y el respeto debido a las personas, y tantos otros temas que se debaten entre nosotros”.

“Bien sabemos que estos temas, entre otros tantos comprometedores del futuro de nuestra convivencia, forman parte de un tránsito cultural de proporciones. Aquí están en juego principios y convicciones fundamentales; formularlos y asumirlos en un debate democrático puede ser extraordinariamente fecundo para todos. Así, por ejemplo, en este debate emerge la pregunta sobre cómo respetar activamente el legítimo pluralismo ideológico, cultural y religioso en un diálogo acerca de las verdades esenciales y los valores fundamentales, de modo que estos no queden entregados al mero juego de mayorías o a las fotos estáticas de las encuestas de opinión, sino al dinamismo propio de la búsqueda del bien del hombre”.

La Iglesia tiene un aporte muy propio que entregar a la sociedad. En Chile desde la fundación de la ciudad de Santiago, hasta ahora, siempre ha ofrecido su aporte y lo ha entregado generosamente. El aporte que como Iglesia hacemos lo hemos recibido de Jesús y su Evangelio. Nos interesa un País que sea casa construida sobre fundamentos sólidos, por ello proponemos en esta solemne ocasión, algunas convicciones, que son nuestras piedras basilares que ofrecemos para construir, son las que orientan nuestro aporte pastoral en vistas a una vida más humana y más plena para todos en nuestra Patria.

Piedras de la construcción

• piedra angular

“La piedra fundamental de nuestra construcción es poner a Dios en el primer lugar de nuestra vida y de nuestros proyectos. El debe ser la piedra angular de la construcción de nuestra casa social. La historia nos enseña dramáticamente que, cada vez que ponemos al hombre en la cima de la historia, las luchas de poder nos devoran y el narcisismo nos destruye. El hombre no es ni puede ser la medida de sí mismo. Necesitamos una referencia fundamental hacia Dios, Padre y Creador, y hacia los designios que El mismo nos ha revelado a través del Señor Jesucristo”.

• piedras de apoyo

“Esta certeza no significa relegar al ser humano a un lugar secundario. Muy por el contrario, en la medida en que el hombre es imagen del mismo Dios, no podemos concebir ningún proyecto humano que no se ponga decididamente al servicio del hombre, centro de la historia querida por Dios”.

“El futuro que soñamos, la sociedad ideal del mañana, debe tener a la persona como medida. Hablar de persona no es hablar de individuos aislados sino de seres razonables que aman y son amados, que se relacionan con los demás, que se hacen responsables de su propia vida y se ponen al servicio de los demás. Ser persona en comunión refleja el misterio de Dios en su manera de relacionarse, lo que entraña necesariamente su capacidad de amar. Por eso entendemos y valorarnos de modo especial la familia, fundada sobre el matrimonio, como la célula básica de la sociedad y de la Iglesia”.

“Junto al valor inalienable de cada persona afirmamos el valor sagrado de la vida humana desde su concepción hasta la muerte natural. La vida es el gran don de Dios, del cual Él es un celoso defensor desde el primer día de la Creación (cf. Gn. 3,24). Y como Jesús resucitado se identifica con la Vida -"Yo soy la Vida" (Jn. 14,6)- el respeto por la vida y el cultivo de la vida forman parte de la liturgia agradable al Señor. Por el contrario, el desprecio por la vida, su indebida manipulación, o la arrogancia ante la vida, como si nosotros fuéramos sus dueños, implica una grave ofensa al Creador. No hay progreso genuino si la vida peligra. No hay desarrollo si este se alcanza a costa de vidas humanas. No hay futuro para la humanidad si el hombre pretende situarse por encima de la vida”.

“Si cada vida es sagrada, la vida de los más débiles, de los pequeños, de los enfermos, y la vida de los más pobres, cobran especial importancia a los ojos de Dios. Y lo que más ennoblece a un pueblo es honrarlos con una opción preferencial. Es necesario ponerse al servicio del protagonismo de los pobres, de modo que no sólo se hagan cosas para los pobres sino que se hagan con los pobres y desde los pobres. Su dignidad exige que sean protagonistas de su desarrollo. Por esa razón, todos los que tenemos alguna responsabilidad en la marcha del país, estamos llamados a sentir en carne propia las carencias, sufrimientos y frustraciones de los pobres y, sobre todo, de los más marginados. Desde esta perspectiva, en la agenda del desarrollo del país deberían tener prioridad los temas relacionados con el trabajo digno y su justa remuneración, con la salud y el trato apropiado de las personas en los momentos de mayor vulnerabilidad, la vivienda y el espacio apropiado para el desarrollo de una vida familiar adecuada, la educación y la igualdad de oportunidades y la participación. Es una exigencia ética. Es una exigencia teologal porque fueron creados a imagen de Dios, para ser semejantes a Él. Por eso, en un país que tanto ha crecido económicamente, como el nuestro, esta constituye una deuda histórica que hoy podemos saldar. Para ello conviene rescatar las nociones de equidad, justicia y de bien común, que nunca puede supeditarse al bien particular, y el sentido del servicio público en todas aquellas vocaciones que apuntan al desarrollo de dicho bien común”.

¿Será necesario recordar, ante esta particular asamblea, que el desarrollo de la calidad de vida es mucho más que el simple progreso material?, o ¿qué sentido tiene una casa muy hermosa y sólidamente construida si está vacía o sin el alma que le da la vivencia de una verdadera familia?. “En efecto, el progreso material, siendo importante, no constituye de por sí el único indicador de desarrollo ni es la única meta del trabajo y de la preocupación social. El progreso material es un medio necesario que debe ser puesto al servicio de la dimensión superior y espiritual del hombre. De lo contrario se vuelve contra el hombre. Medir el desarrollo del país sólo por los indicadores económicos, por el crecimiento de su producción o por el ancho de sus carreteras, es empequeñecer la visión de la persona humana y de la vida en sociedad. En este sentido, el desarrollo del ser antes que el tener, y el de los ideales que superan el mero pragmatismo, son un llamado que viene de lo más hondo del corazón humano”.

Otros materiales

Pero una casa no sólo se construye con piedras, necesita algo más, necesita algo que una esas piedras; de ahí que podamos hablar de tres grandes valores relacionados con la dignidad de la persona: el derecho a la libertad, el respeto a la conciencia y el amor por la verdad.

“El hombre nace libre y está llamado a ejercer su libertad para buscar el bien y la verdad. Por eso, se requiere un debate, siempre necesario, sobre el contenido y ejercicio de la libertad, sin confundirla con el libertinaje, siempre reprochable, y sin identificarla sólo con el bien subjetivo, necesariamente parcial. Esto vale tanto para la libertad personal, como para la libertad de comercio o la libertad de expresión. Ninguna de ellas constituye un fin en sí mismo, siempre han de ser expresión de la grandeza de la persona humana y de la vida en sociedad. Hay que aprender a ejercerla y encauzarla por el bien de los demás”.

“El respeto a la conciencia es también una nota indispensable para que a una sociedad se le considere como verdaderamente desarrollada. De hecho, no sólo en la moral cristiana, la conciencia ocupa siempre el lugar decisivo en todo discernimiento. También cuando objeta ordenamientos jurídicos contrarios a la justicia. Una conciencia formada, madura, que conoce el corazón del hombre y la voluntad de Dios, siempre tendrá la última palabra en el actuar humano. Esto implica, correlativamente, el deber de formar la propia conciencia y, en especial para los creyentes, formarse en el sentido ético y teológico de los temas en discusión. En particular, hay que relevar el respeto a la libertad religiosa, dado el derecho más noble que tiene todo ser humano: el de encontrarse con su Dios. Esta dimensión religiosa, tan ligada al destino y al sentido de la vida, es la base de todo desarrollo cultural”.

“Por último, el amor por la verdad es fundamental porque expresa la dignidad del ser humano, y permite establecer relaciones en un marco de confianza y generar una vida social sana. El relativismo, la indiferencia o, peor aún, el menosprecio de la verdad, termina quitándonos toda posibilidad de comunicación. En este campo, sentimos que todos los chilenos tenemos mucho por andar, tanto por esa picardía no siempre fiel a la verdad que caracteriza nuestras relaciones -y hasta nuestro humor- como por el ocultamiento de la verdad que tanto daño ha sembrado en el país. También por las medias verdades en que a veces caemos, basadas en conjeturas apresuradas, y que se expresan a menudo en cierto periodismo sin consistencia ética. El amor a la verdad lleva a buscarla, a servirla y a admitirla tal como ella es, así como al gozo profundo de encontrarla. Para un cristiano, ella tiene especial resonancia desde que el mismo Jesucristo se ha identificado con la Verdad y nos enseña, con su palabra y con su vida, que la verdad nos hará libres” (Jn. 8,32).

Los constructores

Construir la sociedad es tarea eminentemente humana. Hacer crecer la Patria es tarea de todos: de los políticos, gobernantes y legisladores; de los administradores de justicia; de los intelectuales, académicos y educadores; de los empresarios y de los lideres económicos; de los trabajadores y sindicalistas; de los artistas y pastores; de los lideres comunitarios y organizaciones civiles; de los comunicadores sociales; de las fuerzas armadas y de orden y seguridad; de la familia y de los jóvenes; de quienes intervienen en el cuidado y cultivo de la Creación.

Los líderes sociales, los constructores de la sociedad, en la medida en que seamos capaces de interpretar los dolores, las esperanzas y los anhelos de la gente, en la medida en que sepamos poner el bien común por sobre toda otra consideración particular, haremos de verdad nuestro aporte a un Chile que entre todos queremos y podemos construir.

Este desafío social nos interpela aún más de cara a las próximas elecciones municipales, porque en la medida en que nuestra Patria cuente con líderes políticos que pongan sus dones al servicio de la sociedad, ésta podrá hacer realidad el sueño de todos: construir una Patria con justicia y equidad; solidaria y fraterna; amante de la vida y la verdad; construida sobre la verdadera Roca.
La bendición de la casa

Hoy, en este día de fiesta nacional, reunidos en este lugar sagrado, queremos renovar nuestras promesas de mejorar nuestra relación fraterna en Chile, con su gente. Queremos orar por nuestra Patria, especialmente por los habitantes que más sufren, los pobres, los marginados del bienestar material y del progreso humano y espiritual.

Pedimos a N. S. del Rosario, Santa María la Blanca de Valdivia, en este momento en que Chile camina hacia el Bicentenario de su Independencia, nos ayude a dar un generoso sí a nuestro Dios y a ofrecerle nuestro mejor suelo, los materiales de mayor calidad de que dispongamos y nuestra dedicación y trabajo, para que esta Patria nuestra, no sólo en sus valles, playas y montañas, sino en lo más precioso de su alma, sea una copia feliz del Edén.

+ Ignacio Ducasse M.
Obispo de Valdivia

Homilía Solemne Te Deum
Catedral de Valdivia
Sábado 18 de Septiembre de 2004.
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