Palabras de gratitud
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Palabras de gratitud

Fecha: Sábado 08 de Enero de 2011
Pais: Chile
Ciudad: Santiago
Autor: Cardenal Francisco Javier Errázuriz Ossa

Queridos hermanos y hermanas en Cristo de nuestra Arquidiócesis de Santiago,

Antes de entregar el encargo que recibí del Santo Padre, el siervo de Dios Juan Pablo II, de servir pastoralmente a esta querida arquidiócesis de Santiago, quisiera manifestar mi profunda gratitud a Dios por los años que concluyen.

Cuando asumí este encargo pastoral, en el mes de mayo de 1998, habían transcurrido veintisiete años de mi vida lejos de mi diócesis de origen, y veinticinco años fuera de Chile. Me maravilló la designación hecha por el Santo Padre. Me sentía muy indigno de ella y poco preparado para asumirla. Sin embargo, la acepté porque quien me lo pedía era el Vicario de Cristo, y lo hacía después de conocer, durante los años en que colaboré con él en la Santa Sede, mis muchas carencias y limitaciones y también los dones que el Señor me había confiado. Si Dios elige a un obispo que no vivió de cerca el drama de su patria, me dije, será porque Él quiere acercarme a cada uno de sus hijos como si no tuviera sombra alguna en su pasado, para que los acogiera a todos, los apoyara y los alentara en el nombre de Jesucristo, consciente de las esperanzas que Dios había depositado en ellos.

Venía de la diócesis de Valparaíso con una honda confianza en la acción de Dios, y seguro de contar con el apoyo de la Sma. Virgen. Antes de llegar a Santiago la visité en su Santuario de Maipú. Ya en la Catedral, recibí como hermano y pastor una acogida impresionante. Experimenté una actitud de fe en esta porción del Pueblo de Dios, que se ha repetido innumerables veces y que agradezco de corazón. Ella ha alimentado mi propia fe en la vocación recibida. Esa acogida y esa actitud sólo puedo explicármelas por la fe de quienes no se detienen ante la singularidad de la persona que el Señor les envía, sino van más allá: descubren en ella al Buen Pastor, al mismo Jesucristo, que viene a guiarlos por los caminos de la vida, la verdad y la paz. Pero además fui sorprendido por la relación cercana, con mucho aprecio, que entablaron conmigo las autoridades del país y también los representantes de otras comunidades cristianas y de otras religiones, conscientes de las valiosas aportaciones de la Iglesia católica para el pueblo de Chile a lo largo de su historia. Así experimenté muchas veces la vocación de Chile como tierra de encuentro; también de encuentro ecuménico.

Ya en esa ocasión la Eucaristía fue iluminada por lecturas que proponían ser discípulos de Jesucristo, permaneciendo en su amor: en silencio y actitud de asombrada escucha, para atesorar sus palabras, haciendo nuestras la sabiduría y la manera de vivir del Maestro. A Él lo queríamos amar y servir en la vida privada y pública, dondequiera que Él nos enviase. En esa ocasión meditamos sobre nuestra vocación como Iglesia: ser morada de Dios, es decir, ser como María un espacio interior en el cual se ilumina el rostro de Dios que bendice a sus hijos, respondiendo con ellos a los clamores y las búsquedas de nuestro tiempo.

Recibí, a partir de ese día, una colaboración muy valiosa de parte de quienes habían cooperado pastoralmente con mis antecesores. Fueron mis colaboradores no sólo con notable disponibilidad, sino también desplegando sus talentos con creatividad, dando lo mejor de sí en los servicios encomendados. Muchas acciones de la Iglesia en los últimos años que Uds. conocen, fueron iniciativas suyas, que apoyé con admiración y esperanza. Apenas llegué a Santiago, organizado por la Vicaría de la Esperanza Joven, tuvo lugar el encuentro continental de jóvenes, que aportó tanta vitalidad a la pastoral juvenil y enriqueció las relaciones fraternas con países vecinos. De nuestros Obispos Auxiliares, Vicarios episcopales y de nuestros párrocos surgieron a continuación muchas otras iniciativas. Pienso en el Instituto Pastoral Apóstol Santiago, en el periódico ENCUENTRO, y en el ordenamiento de las finanzas de la Arquidiócesis. Recuerdo el Plan de formación de jóvenes y de adultos laicos, y los textos para la pastoral de preadolescentes. Cabe mencionar incontables acciones solidarias, también en la pastoral hospitalaria y en la pastoral carcelaria, en las iniciativas para apoyar en su incertidumbre a mujeres solteras que esperan familia, en la rehabilitación de alcohólicos y drogadictos. Merecen especial mención las iniciativas a favor de la paz social, como asimismo de la religiosidad popular, acogiendo en los santuarios a cientos de miles de peregrinos, y entre ellos, a bailes religiosos y otras asociaciones, y apoyando cordialmente a los quasimodistas. Entre las iniciativas de los colaboradores cercanos, figuran asimismo la conformación de los consejos pastorales y económicos en las parroquias, y tantas otras, sumamente valiosas, cuyos frutos se acrecentarán con el correr del tiempo.

Tratando de comprender lo que Dios esperaba de mi servicio pastoral, al regresar de Roma precisé mi lema episcopal. Me inspiraban fuertemente las palabras de Jesucristo en la parábola del Buen Pastor: “He venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10). Por eso, mi primera tarea consistiría en descubrir, alentar, inspirar y alimentar la vida que Dios despertaba en sus hijos, y en las comunidades cristianas que Él congregaba y formaba. Es tanta esa vida, son tantos los carismas que Él regala, que en muchas oportunidades me habrán escuchado hablar del asombro que despierta en nosotros su sabiduría, su amor y su poder, manifestado en sus obras maravillosas. Es cierto que a veces escribe misteriosamente derecho, pero por líneas torcidas. Nos llena de gratitud poder contemplar y aplaudir a Dios.

No me llamó el Señor a prestar mi servicio pastoral a una familia diocesana desfalleciente o con poca vida. Éstas confirman que cuando la vida cristiana no es un fermento actuante y vigoroso en una cultura decadente, llega a ser una víctima más de las corrientes ideológicas contrarias al Evangelio que dominan en ella.

Por el contrario, Dios había dispuesto para el ejercicio de mi ministerio episcopal una gracia que me ha llenado de gratitud y alegría durante estos años. Tengo que dar testimonio de ello. En efecto, recibí la gracia de llegar a una Iglesia entusiasmada con la preparación y celebración, tan participativa, de su IX Sínodo. Las grandes orientaciones del Concilio Vaticano II, aplicadas a nuestra realidad, emergían con mucha vitalidad en las conclusiones que nuestro Cardenal, don Carlos Oviedo Cavada, había promulgado hacía seis meses antes, un 4 de noviembre. Recuerdo mi sorpresa cuando, tratando la primera unidad temática sobre la vida sobrenatural en la Iglesia, en una parroquia en la ladera de la Cordillera, se hablaba de los caminos que se ofrecen a los laicos para formarse como acompañantes espirituales. Con la implementación de esa primera unidad temática se enriquecieron las celebraciones litúrgicas, la participación en ellas, y nació nuestra escuela de canto litúrgico. También dimos un nuevo paso en la catequesis para adultos. Lo recuerdo, a modo de ejemplo. Después trabajamos la segunda unidad temática. Queríamos crecer en comunión y participación; dos rasgos de nuestra Iglesia, propuestos por la Conferencia general del episcopado latinoamericano celebrada en Puebla. Y las reflexiones que surgieron con la tercera unidad temática, acerca de nuestra vocación misionera, nos condujeron a una constatación dolorosa, que debíamos enfrentar con sinceridad: nuestros planes pastorales estaban diseñados más bien para los que participan en nuestras comunidades vivas, pero no para los alejados. Teníamos que convertirnos en una Iglesia misionera.

El IX Sínodo enriqueció a incontables comunidades vivas. Compartir su viva litúrgica, sus procesos de formación y sus iniciativas evangelizadoras, y compararlas con experiencias de decenios anteriores, me llenaba de esperanza. Eran comunidades parroquiales, de capillas y comunidades de base. Eran comunidades de movimientos eclesiales, en el sentido más amplio de la palabra, y de itinerarios de iniciación cristiana, llenas de entusiasmo por su vocación cristiana y su carisma. También eran comunidades escolares, que se acercaban a la confirmación de miembros suyos. En muchas de ellas, el ardor del encuentro con Cristo y la voluntad misionera hablaban de una conversión muy profunda y de una honda participación en la misión de la Iglesia. Mil gracias a quienes inspiran esos movimientos y esas nuevas comunidades e itinerarios, a quienes orientan y cultivan la vida cristiana en esos colegios, y a los párrocos, vicarios parroquiales, diáconos y catequistas que comparten en las comunidades territoriales su encuentro con el Señor, y las inspiran a fin de que florezca en ellas su vocación cristiana en camino a la santidad y el apostolado.

Cuando llegué a la arquidiócesis, nuestra Iglesia había iniciado una nueva etapa de su historia. Continuó en los años siguientes, haciéndonos vibrar con la santidad y llenándonos de gratitud. Primero fue la beatificación de Teresa de Jesús de los Andes, cuando nos visitó el Santo Padre Juan Pablo II. Muy pronto, la canonizó en Roma el año 1993. Con mucha alegría y gratitud nos sobrecogió la experiencia de la vocación universal a la santidad; sobre todo de los jóvenes. Por eso peregrinan todos los años a su santuario. Lo hacen a la luz del lema: De Chacabuco al Carmelo, un camino de santidad. Pero la celebración en la plaza de San Pedro no fue un hecho puntual. Poco antes había sido beatificada Laurita Vicuña, y a los pocos años, recientemente, tuvo lugar la canonización de san Alberto Hurtado. Como si lo anterior fuera poco, avanza en la Santa Sede el proceso de beatificación del obispo capuchino, fray Francisco Valdés. También el proceso de Fray Andresito O.F.M., el servidor de los pobres. Ya está en Roma el proceso del ingeniero Mario Hiriart, tan admirado por su amor a la Virgen y su espiritualidad laical. Y está muy avanzado el proceso de la Hna. Bernarda Morín, muy querida como hermana de la Providencia. Con emoción y con gratitud nos atrevemos a pensar que Dios quiere que Chile -y de manera particular, nuestra arquidiócesis- sea una tierra de santos. No sólo de mujeres y hombres canonizados, sino en primer lugar de santos en la vida cotidiana, en el trabajo, en la familia, en el arte y la política, de hombres y mujeres que participan con gozo en la Eucaristía, y son enviados como el buen samaritano de manera que ningún mal herido quede tendido a la orilla del camino; santos que sean una luz que ilumina el camino hacia el Señor de sus vidas, y una fuente de espiritualidad, de acción solidaria, de sabiduría cristiana, de servicio abnegado y de gozo.

También al servicio de nuestras comunidades educativas, me llamó nuestro Señor. A él le agradezco el compromiso con la fe y la razón, con la investigación y la enseñanza, con Chile y el Evangelio, que crece en nuestras comunidades universitarias, de enseñanza técnico profesional y en nuestros colegios, para ayudar al país a contar con valiosos ciudadanos. Podría nombrar a numerosas instituciones que han sido causa de mucha alegría pastoral. No lo hago para no olvidar a alguna que merecería igual mención. No olvidemos la gratitud que le debemos a Dios por las iniciativas de la pastoral universitaria y la pastoral escolar, que convoca a todos los establecimientos que se han comprometido con la misión educativa de la Iglesia, para agradecer y reflexionar juntos, para aprender unos de otros, gracias a los abundantes frutos que suscita en ellos el Espíritu Santo, y para compartir el ardor misionero.

Un lugar especial en esta acción de gracias debemos reservarlo para nuestro Seminario Mayor, sus formadores y sus profesores, como también para los seminaristas, que han escuchado y seguido la voz de Cristo que los llamaba. Nuestro Seminario, muy bendecido por Dios, ha incorporado más materias y prácticas pastorales en la formación que imparte, y sigue acogiendo a seminaristas de otras siete diócesis. Nuestra gratitud se dirige asimismo a quienes más rezan y trabajan en la pastoral vocacional, cuyo relanzamiento ha sido muy fecundo. Este año el Seminario recibirá, al igual que el año pasado, al menos doce seminaristas de Santiago que comienzan su formación para prolongar el amor, la conducción y la fidelidad de Cristo, el Buen Pastor.

También quisiera agradecer de corazón a nuestro Señor, y a quienes han escuchado y seguido con generosidad su voz en las Escrituras, en el Magisterio y en los desafíos de nuestro tiempo, por el crecimiento del número y la calidad de quienes se comprometen con la causa del matrimonio, la familia y la vida. Eran pocos hace algunos años. Al asumir la responsabilidad pastoral por la diócesis, la Vicaría para la Familia daba sus primeros pasos. Es cierto que queda mucho por recorrer antes de que la formación de la familia sea una dimensión transversal de todas nuestras iniciativas pastorales. Pero ya son numerosas las instituciones y las personas que asumen este compromiso gratuito, simplemente para ofrecer la ayuda solidaria, la luz que esclarece el camino, la fuerza interior de la espiritualidad y la formación necesarias, como asimismo la defensa valiente de estos bienes tan queridos por los chilenos, y tan amenazados. En este ámbito cabe agradecer la renovación de la Catequesis Familiar, con tanto beneficio para la vida cristiana de los niños y de sus padres, y las iniciativas que existen para que se reencuentren quienes sufrieron una separación, y para apoyar pastoralmente a quienes se separaron definitivamente.

Mediante la multiplicación de los esfuerzos y de las instituciones en lo que se refiere a la familia y a la educación superior y escolar, sobre todo subvencionada esta última en beneficio de las poblaciones de mayor pobreza, tuvimos la alegría de constatar la aportación esencial que está dando la Iglesia a la superación de la pobreza y la gratitud de quienes se beneficiaban de ella.

Y siempre fue un motivo de profunda gratitud la coherencia creciente de innumerables laicos con su fe en Jesucristo, procurando construir una sociedad más justa, ya sea impulsando leyes más equitativas para el mundo laboral, preocupándose del trato justo con las distintas minorías, evitando las discriminaciones, de modo que todos tengan la oportunidad de vivir, trabajar y ser respetados conforme a su dignidad de hijos de Dios. También fuimos testigos de otro cambio que agradecemos de corazón. Ya son muchos los laicos cristianos que impulsan la responsabilidad social de la empresa, y cumplen con ella como emprendedores, considerando al trabajador y su familia el patrimonio más importante de la empresa-comunidad-de- personas, velando por una retribución justa y preocupándose de la seguridad laboral. Queremos apoyarlos, también con la oración, de modo que su compromiso, como un fermento eficaz, transforme la sociedad.

Lo hemos experimentado: la Iglesia no es en primer lugar una institución. Es una comunidad viva, una gran familia, cuyos miembros –laicos, sacerdotes y obispos- creen que Jesucristo es el don más grande que ha recibido la humanidad, para que todos tengan vida, la vida nueva que Dios nos ofrece: una enriquecedora relación de alianza con Dios, nuestro Padre, y entre los hermanos, constructores en este mundo del Reino de Dios, y realmente peregrinos que encaminan sus pasos y se apoyan mutuamente en su itinerario hacia la felicidad del cielo. No nos es indiferente este mundo, el mundo que Dios ha acompañado, guiado, perdonado y vivificado desde sus orígenes; el mundo que tanto amó, que envió a su propio Hijo para que fuera nuestro hermano y redentor. Nos importa la sociedad en la cual vivimos, su cultura, su legislación, sus instituciones y todo lo que en ella es humano. También nos importa y preocupa nuestro hábitat espiritual y biológico; todo nuestro ecosistema.

Por eso es capilar la relación de quienes creen en la Buena Nueva de Jesucristo con todos los demás chilenos, y en particular con quienes tienen más responsabilidad en la construcción de nuestra sociedad. En estos años, en que se producen muchos desencuentros entre valores tradiciones de nuestra Patria, y otros que traen consigo el así llamado progresismo y la postmodernidad, fueron innumerables los encuentros que agradezco con los principales constructores de la sociedad en vista del bien común: de la vida y la familia, la pobreza, el trabajo y la educación, la justica, la reconciliación y la paz. Con gratitud a Dios, pienso en los diálogos sobre la abolición de la pena de muerte, la protección de la dignidad de la mujer, la búsqueda de una educación excelente para todos, la reforma de nuestro sistema carcelario y tantos otros.

La preparación y la celebración del Bicentenario fue una ocasión propicia para intensificar el diálogo sobre el Chile, esa tierra fraterna que queremos. Nuevamente fue la iniciativa de numerosos laicos la que se expresó en nuestra Comisión Bicentenario, que convocó al diálogo y el compromiso -en esos espacios de inclusión que fueron las ”Mesas de Esperanza”- a grupos muy representativos de nuestra sociedad: en el ámbito de la política, la comunicación social, el patrimonio y la cultura, el desarrollo, las fuerzas armadas y de orden, la familia, la juventud y los migrantes. Con mucha alegría les agradecemos a todos ellos que hayan querido “soñar, compartir, crear y celebrar en una Tierra de Hermanos”. Y nuevamente fueron laicos los que quisieron vivificar la realización de estos y otros sueños, convocando el año pasado a adorar al Santísimo Sacramento desde el día 18 de septiembre hasta el día de Oración por Chile, en el santuario de la Virgen del Carmen junto a la Catedral, para iniciar así, en oración y con esperanza, el nuevo y tercer centenario del inicio de nuestra vida soberana.

Si Jesucristo vino a este mundo para que todos tengamos vida, y la tengamos en abundancia, y si señaló el camino de la misericordia a sus discípulos (Mt 25, 34ss), nuestro compromiso con los más desvalidos de la sociedad tenía que estar marcado por la misión de Jesús, y ser a la vez social y evangelizador. Abarcó las desgracias inesperadas, como ocurrió el pasado 27 de febrero. Optamos nuevamente por la solidaridad y por un fecundo hermanamiento de parroquias nuestras con las más dañadas de otras diócesis. También ocurrió y ocurre este compromiso día a día con los más maltratados y desvalidos. Colaboramos en las mesas de diálogo y en la búsqueda de la verdad, sobre todo mediante los archivos de la Vicaría de la Solidaridad, para que hubiera justicia y reparación, y para ir más lejos: hacia el perdón y la reconciliación. En la Iglesia surgieron múltiples iniciativas a favor de los más pobres y también de los afligidos por el desempleo y las rupturas familiares; por la enfermedad, la droga y el alcoholismo; por el acoso sexual, la violencia del robo con intimidación, la violencia intrafamiliar e intra-escolar, y por el hacinamiento carcelario. Emociona recordar todas las iniciativas y los esfuerzos realizados a favor de personas tan queridas por Dios precisamente por su sufrimiento, como víctimas de la injusticia, el egoísmo y la inequidad. Por eso celebramos nuestro Bicentenario, trabajando para que Chile fuera una mesa para todos y nuestro compromiso recordara a Cristo, el Buen Samaritano. En este campo, hay y habrá mucho más por hacer, siguiendo el ejemplo de san Alberto Hurtado. Nuestra gratitud se dirige sobre todo a Dios, pero también a todos los pioneros que nos abren camino.

No podría concluir esta enumeración de miembros de nuestra Iglesia a los cuales nos une una profunda gratitud, sin detenerme en aquellos que se dedican al servicio de Dios y de los hermanos con la radicalidad de una nueva consagración. Me refiero a las religiosas y los religiosos, a los diáconos permanentes y los sacerdotes seculares.

Sería muy pobre nuestra Iglesia diocesana sin la presencia y la acción de las religiosas y los religiosos, de los miembros de las sociedades de vida apostólica y de los institutos seculares, sin las vírgenes consagradas. Carecería de su presencia como hombres y mujeres de Dios en la vida contemplativa y activa. En efecto, al Pueblo de Dios le faltaría algo esencial sin la vida consagrada. Nos faltaría su oración y su cercanía y apostolado en universidades, colegios, hospitales y hogares para ancianos, niños y jóvenes, y en recintos carcelarios; su presencia comprometida, competente y misericordiosa en las parroquias y en los medios de comunicación, como asimismo en nuestras poblaciones; su imprescindible apoyo a los que sufren las consecuencias de la drogadicción y el alcoholismo. Hemos tenido la alegría de acoger en estos años a nuevas fundaciones religiosas provenientes de Argentina, Colombia, España, Italia, México y Perú.

El Espíritu Santo nos ha enriquecido también con numerosas vocaciones al diaconado permanente, con la generosidad de su servicio pastoral y abnegado en un gran número de parroquias, con el testimonio de todos ellos como signos e instrumentos de Cristo Servidor en sus lugares de trabajo, y con la irradiación de la vida cristiana de sus familias, verdaderas Iglesias domésticas. Para todos nosotros son un motivo de alegría, admiración y gratitud.

He dejado para el final a mis colaboradores más cercanos, tanto por su consagración presbiteral como por su incardinación en esta porción del Pueblo de Dios. Me refiero a los sacerdotes diocesanos. Quedé admirado por su generosidad. Los mueve el amor a Jesucristo y a nuestro pueblo, especialmente a los más pobres y desamparados, para no buscar su propio bien, sino el bien de los hijos de Dios. La inmensa mayoría vive sin muchos medios económicos, siguiendo así a Jesús de Nazareth, a su santísima Madre y a los Apóstoles, que vivieron pobremente. Encontré en ellos un profundo anhelo de mayor formación y de comunidad espiritual y fraterna con los demás sacerdotes. En los encuentros de todo el presbiterio, de zona, de decanatos y de equipos de trabajo, aflora la alegría por el ministerio, el espíritu de comunión, la responsabilidad de servir como pastores a las personas y comunidades que Dios les ha confiado, escuchando sus búsquedas, sus necesidades y la voz de Dios en los acontecimientos de nuestra historia. En ellos encontró un eco muy personal y profundo la canonización y la espiritualidad de san Alberto Hurtado, patrono de los sacerdotes, y la invitación de Aparecida de ser y formar discípulos misioneros de Jesucristo, para que nuestro pueblo con Él y en Él tenga vida abundante. Como Obispo siempre pude contar con su disponibilidad y su colaboración.

En estos últimos años, sin embargo, hemos sufrido mucho por otra experiencia, del todo ajena a nuestra vocación: por las denuncias de abusos cometidos por clérigos en diversos países del mundo; también en el nuestro. ¿Qué cosa puede ser más contraria a la voluntad de Dios, cuyos designios son de paz y no de aflicción? ¿Qué puede ser más opuesto a nuestra vocación de hacer presente al Buen Pastor, cercano y delicado con los más débiles, indefensos e inocentes, sobre todo con los niños?

Ha sido muy grande el dolor que hemos experimentado, sobre todo por el sufrimiento de las víctimas, ya sea a causa de hechos verdaderos o de denuncias falsas, como también por el desconcierto que cundió en la Iglesia y en la sociedad. No han concluido las investigaciones y los procesos penales que se abrieron; pero pueden tener la certeza del compromiso con la verdad, la justicia y la clemencia con que nuestra Iglesia trata estas situaciones tan dolorosas, de su voluntad de apoyar a las víctimas, y de poner por obra los consejo de los más cercanos colaboradores del Santo Padre en este ámbito.

Son dolorosas, muy dolorosas excepciones; si bien no por el hecho de ser pocas, dejan de ser graves, hirientes y escandalosas. La consternación de muchos, sin embargo, nos dice con claridad cuánta confianza ha depositado nuestro pueblo en sus sacerdotes, y cuánto espera de nosotros como hombres de Dios.

Intuyo que Dios permitió estos golpes poderosos para que nuestra misión pastoral la realicemos con mucha humildad, sin apoyarnos en el gran prestigio social y cultural del que la Iglesia ha gozado en nuestra patria, sino apoyándonos tan sólo en Jesucristo, la Roca firme, e inspirándonos en el ejemplo de la Virgen María, que se alegraba porque Dios había escogido la pequeñez de su sierva.

Antes de ser golpeados por los escándalos que denunció el Santo Padre con tanta energía, estábamos avanzando con mucha alegría, como si el cielo estuviera totalmente despejado, sin nube alguna, por el camino trazado por la Vª Conferencia general del episcopado latinoamericano, celebrada en Aparecida. Las conclusiones de Aparecida nos habían abierto los ojos para descubrir todos los lugares en los cuales podemos encontrarnos con Jesucristo, y para acudir a ellos. Comenzamos a disfrutar la ‘lectio divina’, la lectura orante de la Palabra de Dios, y estábamos aprendiendo a descubrir más hondamente cuanto nos dicen las Escrituras sobre la persona, el amor, las enseñanzas, el poder y la misión de Jesucristo, sobre su relación con quienes lo buscaban como Buen Pastor, y aun con quienes no quisieron acoger su Evangelio. Es más, quisimos escribir todo el Nuevo Testamento y el Libro de los Salmos, como una iniciativa ecuménica e interreligiosa, no sólo en ese hermoso ejemplar, el Evangelio de Chile, que la imagen de Nuestra Señora del Carmen llevó a todos los rincones del país. También nos comprometimos a escribir la Palabra de Dios en nuestros corazones, actitudes e iniciativas como un regalo nuestro a Chile, con ocasión de su Bicentenario, de modo que Jesucristo y su Evangelio fueran siempre el mayor tesoro de nuestra Patria y de su cultura. Así arde nuestro corazón porque nos sabemos elegidos para ser discípulos misioneros de Cristo.

Estamos iniciando la Misión Continental, porque queremos compartir, por desborde de gratitud y alegría, con quienes no conocen a Jesús, nuestro hermano y salvador nuestra experiencia gozosa de haberlo encontrado. Y al igual que los discípulos de Emaús, después de haber escuchado al Maestro Resucitado, también queremos encontrarlo en la mesa al partir el Pan de la Eucaristía, el pan bajado del cielo para la vida del mundo. Por eso nos unimos a la petición de los apóstoles, reunidos junto a la Virgen María en el Cenáculo, para que el Espíritu Santo sea siempre ese fuego interior y pentecostal que vivifica nuestra vocación filial a la santidad, que construye la comunión, y nos impulsa con su dinamismo misionero.

Hemos comenzado a caminar por esta ruta, colmados de alegría y esperanza. En ella crece nuestro anhelo de encontrarnos con Jesús en todos los demás lugares de encuentro: en la vida familiar, en el servicio a los más atribulados, en la comunión de quienes se reúnen en su nombre, en los signos de los tiempos. Pero en este camino el Señor de la Historia, que orienta nuestros pasos, nos dijo que nos faltaba un lugar de encuentro, que es propio del cristianismo. Nos invitó a encontrarlo también en la cruz. Las circunstancias me hicieron recordar unas palabras muy sabias de quien fuera mi padre espiritual, el P. José Kentenich: La Iglesia, que es Esposa de Cristo, sólo se renueva cuando renuncia a apoyarse en poderes de este mundo, y se apoya tan sólo en su Esposo, el Señor, que murió y resucitó por nosotros.

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Me despido con mucha gratitud a Dios, a la Sma. Virgen y también a todos ustedes, invitándolos a proseguir con mayor convicción y confianza el camino de Aparecida, que tiene su origen en el encuentro de Jesús con sus primeros discípulos junto al Jordán. Lo seguían hasta que Jesús se dio vuelta, los miró profundamente y les preguntó: “¿Qué buscan?” Sin dudarlo, ellos respondieron con otra pregunta que lo decía todo: “¿Dónde moras?” ¿Dónde podemos estar a solas contigo, y conocer quién eres y los caminos que nos conducen a Dios? También nosotros, en nuestro tiempo, escuchamos la invitación de Jesucristo: “Vengan y lo verán”. Quedaron felices con el encuentro, seguros de haber encontrado al Mesías. Se acercaron a Él con la humildad de los que buscan, y quisieron compartir su experiencia con la humildad de quienes han recibido el don más grande e inmerecido de su existencia, Aquél que sería su Vida, su Verdad, su Esperanza y su Buena Noticia para todos los pueblos, a los que serían enviados para que llegaran a ser discípulos de Cristo.

Que la Sma. Virgen María implore para nosotros la gracia de compartir la disponibilidad humilde de su aceptación del Plan de Dios, la prisa con la cual partió llevando a Jesús en su seno, a prestarle un gran servicio a su prima Isabel, la alegría y la sabiduría del Magnificat, la capacidad de contemplar como discípula las Palabras de Jesús, que ella guardaba en su corazón, la fidelidad junto a la cruz del Señor, la oración confiada que invoca el Espíritu Santo, y la misericordia que derrocha en sus santuarios. Que el Espíritu Santo nos anime a nosotros, tal como animó a la Virgen María, y nos regale la santidad y la audacia misionera.

Todo esto se los deseo con profunda gratitud tanto a Uds., miembros de esta bendecida Iglesia de Santiago, como también a su nuevo pastor, Mons. Ricardo Ezzati Andrello, que nos guiará con el encargo, los dones y las gracias que Dios le concede como a nuestro padre, maestro, hermano, amigo y pastor, como Vicario de Jesucristo para esta Porción del Pueblo de Dios que peregrina en Santiago.

† Cardenal Francisco Javier Errázuriz Ossa
Administrador Apostólico de Santiago

Santiago, 8 de enero de 2011
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