Misa por la Paz. Catedral de la Santísima Concepción
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Misa por la Paz. Catedral de la Santísima Concepción

Fecha: Domingo 25 de Noviembre de 2012
Pais: Chile
Ciudad: Concepción
Autor: Mons. Fernando Chomali Garib

En el contexto del Mes de María, que celebramos a lo largo de todo Chile y que nos recuerda constantemente que para Dios nada es imposible, dos son los motivos que nos reúnen en el corazón de la Iglesia de Concepción y de la Gran Ciudad.

El primero es celebrar el día del Señor, el Domingo, que hoy adquiere especial relevancia por cuanto celebramos y volvemos a proclamar a Jesucristo Rey del Universo. Con esta solemnidad termina el año litúrgico por cuanto en ella recapitulamos todos los misterios cristianos, y nos preparamos para comenzar otro adviento.

El segundo, porque nos mueve un profundo anhelo de paz para el mundo entero y, de modo muy especial, para el Medio Oriente. Somos cada vez más conscientes que la paz es un don de Dios que hay que pedir insistentemente; hacerlo nuestro, radicarlo en nuestro corazón como un gran tesoro y expandirlo. No queremos más guerra. No queremos más muertos. No queremos más ilusiones destruidas. No queremos más odio. No queremos más niños muertos, más mujeres muertas, más inocentes muertes, más seres humanos muertos. No queremos. No queremos ver más sangre de inocentes. Queremos la paz. Y la paz se construye desde la justicia y la verdad. Justicia que el pueblo palestino no logra alcanzar respecto de sus legítimos derechos. Eso le pedimos a Dios. Y por ello, también le pedimos que ilumine el corazón y la inteligencia a todos quienes tienen responsabilidades políticas en relación a la situación en Medio Oriente. La guerra en Medio Oriente es contraria a la razón humana, a la dignidad de la persona, a dos pueblos que tanto tienen en común. La guerra es inmoral y por ello nos reunimos desde las más diversas esferas de la vida de nuestra querida Región para repetir una vez más: no más guerra. No más guerra porque todo se pierde con la guerra y todo se gana con la paz.

Es especialmente significativo que esta Santa Misa se realice en la Catedral de Concepción. Ello no hace sino que corroborar la estima y el aprecio que nuestro país y la Iglesia chilena siente por esta colectividad que habiendo echado raíces tan profundas en nuestra querida patria, Chile, tiene muy presente sus orígenes. Agradezco la presencia de las más altas autoridades de la región en esta Santa Misa. Es un gesto que la Iglesia, promotora de la paz, valora así como también la colectividad árabe radicada en estas tierras. Este vínculo es el que la hace vibrar de manera muy especial, con los acontecimientos que se han desarrollado en nuestra tierra de origen. Sin duda alguna que es un motivo de gran alegría y agradecimiento haber podido llegar a Chile, formar una familia, trabajar, profesar la fe, vivir la experiencia de la acogida y el estímulo a integrarnos en la vida de la patria. Pero también es motivo de gran tristeza apreciar que el pueblo palestino no logra vivir en paz y que sus anhelos de prosperidad se ven frustrados. Palestina no logra despegar y ello nos duele. Jerusalén, la Madre de todas las Iglesias llora por ello. La tierra dónde nació Jesús, el Salvador, el Rey del Universo, llora por ello.

Con todo, seguimos trabajando y aportando con nuestras oraciones incesantes, nuestros talentos y nuestros recursos para que más temprano que tarde se vea en el horizonte un futuro de paz duradera. Y lo hacemos, sobre todo desde nuestra mirada de fe, confiados, como dice el Salmo, que si el Señor no construye la casa en vano se cansan los albañiles, que si el Señor no cuida la ciudad en vano vigilan los centinelas.

Creemos firmemente en Dios, su misericordia y su Divina Providencia, que todo lo conduce. Creemos firmemente en Jesucristo Nuestro Señor, el alfa y el omega, el principio y el fin, el Rey del Universo, el Salvador del Mundo, y en su Reino de paz, de justicia y de verdad. En efecto, Jesucristo es Rey en virtud de que es la Verdad, el Camino y la Vida. Es Rey porque se impone única y exclusivamente por la fuerza de la razón y su testimonio. Es Rey porque ha venido al Mundo como Mesías para que tengamos vida en abundancia. Es Rey porque ha venido a traernos su paz y a revelarnos la verdad última acerca del hombre, del mundo y de la Historia, que será recapitulada en El, por El y para El. Es Rey, pero no de éste Mundo. Es Rey de una nueva sociedad donde todos están llamados a reunirse en torno a El, como el único Señor y a hacernos hermanos de un mismo Dios y Padre.

Creemos firmemente que desde la mirada que nos entrega la fe en Jesucristo y la conciencia formada por su enseñanza podemos emprender los caminos más adecuados para promover la paz, el diálogo, y la convivencia pacífica de los pueblos de Palestina e Israel. Paz que reclama no sólo la fe en el mismo Dios, sino que también la razón humana y la dignidad del hombre.

La colectividad árabe ha hecho en este ámbito un aporte significativo con la promoción de un sinnúmero de actividades tendientes a estrechar los lazos entre los descendientes de palestinos radicados en Chile y Palestina. Ha demostrado, además una constante preocupación por los palestinos, especialmente los enfermos y los niños, que se ha materializado en significativos aportes de diversa índole. Además se caracteriza por su empeño de difundir los valores del pueblo palestino, y por el constante intento de promover el diálogo fecundo entre distintos estamentos de la sociedad. Los chilenos de origen palestino promovemos una clara opción por la no violencia y el diálogo sincero como único camino para alcanzar una paz fundada en la verdad y la justicia, el respeto al derecho internacional y a los tratados vigentes, así como al ser humano independientemente de su profesión de fe, raza o situación social.

Soy un convencido que mientras más profundicemos los descendientes de palestinos en Chile nuestras raíces cristianas, mientras más nos centremos en Jesucristo, tendremos luces mucho más potentes para abordar el conflicto árabe israelí que tanto dolor ha causado, que tanta sangre ha derramado, que tanto ha dividido.

El corazón de la paz es la paz del corazón. Por ello desde un corazón lleno del amor de Dios derramado en nuestros corazones, y desde una inteligencia iluminada por el Espíritu Santo, sabremos discernir con mayor lucidez los caminos a seguir para lograr la anhelada paz, la anhelada convivencia entre los pueblos y las religiones que ellos profesan en dicha bendita tierra.

La libertad religiosa y el vivir en una nación soberana son derechos inherentes a todo hombre y a todos los hombres y la Iglesia no se cansará de proclamarlo mientras exista un solo ser humano que no los pueda ejercer.

Es un fracaso de la sociedad no haber logrado la consecución de estos derechos en vastas zonas del planeta a pesar del inmenso progreso económico y científico exhibido en estos últimos 50 años.

Es un fracaso de la sociedad no haber logrado un diálogo sincero, fecundo, confiado, en la verdad entre las partes, y sobre todo no estar aún convencidos de que es la única vía digna del hombre para resolver los conflictos. Es un fracaso del orden internacional no haber materializado las importantes resoluciones tomadas por los organismos internacionales reconocidos por toda la comunidad.

Como obispo, por gracia de Dios que soy, como ser humano, como descendiente de palestino, me mueve el convencimiento más profundo de que nada justifica la violencia, y que la violencia sólo engendra más violencia. Me mueve el convencimiento de que la violencia es incapaz de poner los fundamentos políticos, morales y espirituales necesarios para construir una sociedad auténticamente libre.

Es cierto que la misión principal de la Iglesia Católica es de orden espiritual. Pero, en virtud de dicha misión, es que siempre estará abierta y deseosa de colaborar con las naciones y las personas de buena voluntad para promover y favorecer la paz.

Sí, la paz es nuestro objetivo, en virtud de que somos convencidos de que desde ella podremos ver una Palestina desarrollada y democrática, libre y soberana, integrada a los demás países de la región en aras del bien común. Pero no olvidemos que la paz es posible sólo donde hay justicia y verdad. Y un Estado Palestino reconocido y soberano es de justicia. Pero también es necesario decir que la justicia traerá el perdón, la misericordia, un nuevo amanecer.

Es cierto que la Santa Sede se declara imparcial en virtud del status internacional que ostenta. Sin embargo imparcialidad no significa indiferencia, nos recordaba Pío XII. La situación de Palestina es una preocupación constante de la Iglesia Católica. Ello la ha llevado a pronunciarse en repetidas ocasiones en vista de una solución justa y honorable frente a los intereses en juego. Para la Santa Sede se ha de excluir el recurso de las armas, la violencia y las hostilidades y reconoce el derecho del pueblo palestino a poseer una patria con derechos específicos y legítimos. La Iglesia insiste por tanto que los dos pueblos el israelí y el palestino vivan el uno junto al otro, igualmente libres y soberanos y recíprocamente respetuosos. Todo lo que conlleve a este fin ha encontrado, encuentra y encontrará eco en el seno de la Iglesia.

La Iglesia Católica invita a todos los involucrados en el conflicto y a todos los hombres de buena voluntad a superar la violencia y el terror, a desarraigar la intolerancia y el fanatismo y comenzar una era nueva de reconciliación y armonía entre las personas, los grupos y las Naciones.

Este interés de la Iglesia trasciende su legítimo interés de proteger y promover a los católicos de la región, dado que la mueve el deseo de promover una coexistencia pacífica entre los distintos pueblos que allí viven y el respeto de sus derechos en cuanto inherentes a la persona humana. Y ello es posible justamente en virtud de la fe en Dios bueno y providente, que es vínculo de unidad y no de división.

Trabajemos entonces con más ahínco en los ámbitos propios de cada uno de nosotros de tal forma de que muy pronto se cumplan las palabras que Juan Pablo II pronunciara el año 1992 al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede: “qué bendición si esta Tierra Santa, pudiese convertirse en el lugar privilegiado del encuentro y de la oración de los pueblos, si la Ciudad Santa de Jerusalén pudiese ser signo e instrumento de paz y de reconciliación”.

Este tiempo en que nos acercamos con especial devoción a la Santísima Virgen María para que nos conduzca a su Hijo, es privilegiado para fomentar todo lo bueno que hay en el hombre en beneficio de una civilización del amor y una cultura de la vida.

† Fernando Chomali Garib
Arzobispo de Concepción
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