Te Deum de Fiestas Patrias
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Te Deum de Fiestas Patrias

“El Evangelio en el corazón de Magallanes” (Mt., 28, 20) Iglesia Catedral Jueves, 18 de Septiembre de 2014

Fecha: Jueves 18 de Septiembre de 2014
Pais: Chile
Ciudad: Punta Arenas
Autor: Mons. Bernardo Bastres Florence

La memoria agradecida.

La Patria, como la casa que alberga y protege a la familia, se construye con el esfuerzo y el empeño de todos. Venimos aquí como “constructores” del alma de Chile, de su presente y su futuro. Y como decía el cardenal Silva Henríquez el año 1973: “somos constructores de la obra más bella: la patria. Esa Patria no comienza hoy, con nosotros; pero no puede crecer y fructificar sin nosotros. Por eso hemos venido nuevamente, como cada año, a Orar por Chile y a dar gracias a Dios por todos sus beneficios”.

Bendecimos al Señor por formar parte de esta América Latina y el Caribe, extendida desde México hasta el Cabo de Hornos; tierra fecunda en la lucha y la esperanza, diversa y rica en sus culturas y en sus lenguas originarias, hoy unidas en la lengua castellana y lusitana. Compartimos lengua y tradiciones, pero sobre todo sueños y esperanzas, aunque también sombras y desencuentros, divisiones y enfrentamientos, nacionalismos egoístas y prejuicios culturales. En Dios esperamos, y en la voluntad de nuestros pueblos, fronteras más abiertas al intercambio y la fraternidad.

Bendecimos al Señor por esta larga, angosta y bella geografía, que alberga razas y etnias muy diversas, aquí nacidas o venidas de otras tierras. Estamos en deuda, sin embargo, especialmente con nuestros pueblos originarios, así como con las nuevas comunidades de migrantes, que desde países vecinos buscan en Chile mejores oportunidades de vida.

Bendecimos al Señor por la historia vivida y sufrida, amante de la justicia y el derecho, construida con los amores y sudores de todos y de todas, y pedimos perdón por los quiebres tan profundos que hemos protagonizado en el pasado reciente. Esas heridas en el “alma de Chile” aún hoy nos enfrentan y dividen. Al celebrar el aniversario de la Independencia de nuestra Patria, sintamos la urgencia de sanarlas, para ser verdaderamente un Pueblo de hermanos y hermanas, en paz y reconciliado.

Bendecimos al Señor porque con el esfuerzo de todos hemos construido un país más desarrollado, más estable económicamente y con mayores oportunidades de estudio y de trabajo. Pero debemos reconocer que no hemos sabido compartir con equidad los frutos del trabajo y los bienes generados, lo cual significa tener a muchos compatriotas viviendo en condiciones de pobreza y hasta de miseria que claman al cielo.

Bendecimos al Señor por la fe de los cristianos, de diversas Iglesias y comuniones, que nos llevan a buscar y a adorar a Dios y a ponerlo en el primer lugar de nuestras vidas. El amor a Jesucristo y al prójimo nos unen en el mejor aporte que podemos hacer a la Patria que amamos y servimos. Por eso nos duele que la idolatría del dinero, la suficiencia del saber, así como la altivez del poder, nos estén llevando a decisiones tomadas a espaldas del Evangelio, aunque pronunciemos con nuestros labios el nombre de Jesucristo.

Bendecimos a Dios por esta hermosa región de Magallanes, donde el blanco manto de la nieve se ha teñido de una diversidad de colores por el origen de su gente, pertenecientes a muchas etnias. Hombres y mujeres tenaces, esforzados, austeros y luchadores, que con su genio creador y en armonía con la naturaleza de este fin del mundo, han forjado una identidad de la que nos sentimos orgullosos, y que tanto admiran quienes nos visitan, y que llamamos “alma de la magallanidad”. Pedimos perdón, porque no hemos sabido impregnar en toda nuestra sociedad, los valores cristianos heredados del Evangelio.

“Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos”. El año de la misión territorial.

Con renovada fidelidad al mandato misionero del Señor, los Obispos de América Latina y el Caribe nos han convocado a una gran “Misión Continental”, para llevar el Evangelio a todas partes, especialmente a los más alejados de la fe y de la Iglesia. En ese contexto eclesial, los Obispos de Chile hemos llamado a celebrar este año una “Misión Territorial” en todo el país.

Nuestra Iglesia, que peregrina en Magallanes, desea con esta Misión Territorial que “el Evangelio sea el corazón de Magallanes” , que la luz de la Verdad que ha traído Jesucristo brille en todas las personas y en todos los lugares. Y queremos llevar el evangelio como “una Iglesia que escucha, anuncia y sirve” , contribuyendo de ese modo al engrandecimiento del “alma de Chile” y del “alma de la magallanidad”.

Lo primero: Escuchar

Es básico y esencial para la estabilidad social, para el progreso y el bien común, que tengamos todos la capacidad de “escuchar”. En la escucha hay humildad, respeto y acogida. Esa humildad es el camino natural para un diálogo fecundo y constructivo al servicio del país, por lo que es una riqueza que hemos de cultivar como condición de posibilidad para desarrollar nuestra vocación de entendimiento más que de enfrentamiento. Porque cuando dejamos de escuchar, se imponen la soberbia y la prepotencia, que tanto daño le hacen a la convivencia democrática. Y sabemos hasta qué punto nos pueden llevar la falta de diálogo y la incapacidad para buscar y llegar a acuerdos.

A todos nos corresponde la patriótica y noble misión de cuidar y desarrollar esa convivencia democrática. Las descalificaciones, los episodios de violencia, la falta de tolerancia, el poco respeto por el que piensa distinto, nos duelen hondamente y oramos al Señor para que nos ayude a desterrarlos de nuestra convivencia nacional.

Ya lo había señalado el Cardenal Raúl Silva Henríquez en el Te Deum del año 1974: “la patria no se inventa ni se trasplanta, porque es fundamentalmente alma, alma colectiva, alma de un pueblo, consenso y comunión de espíritus que no se puede violentar o torcer, ni tampoco crear por voluntad de unos pocos… De aquí fluye con imperativa claridad, nuestra más urgente tarea: reencontrar el consenso”.

A este respecto, Mons. Alejandro Goic, en el mes de Mayo lo ha señalado de forma muy clara: “me preocupa el ambiente de descalificación… pretender descalificar al otro porque no piensa como nosotros, no nos ayuda a avanzar en la construcción del país”.

Vemos con preocupación que en el proceso de una de las reformas más importantes que lleva adelante el Gobierno, en el cumplimiento de su programa, como lo es el de “reforma educacional”, no han existido algunos pasos preliminares, tales como la instalación de un gran diálogo y el debate democrático acerca de los valores que constituyen la identidad cultural que caracteriza el “alma nacional”; donde juntos podemos discernir las necesidades de nuestros niños y jóvenes, al mismo tiempo consensuar el tipo de educación de calidad que el país requiere, respetando al mismo tiempo la naturaleza y los fines esenciales de la educación teniendo como centro al educando y sus esperanzas.

No hemos tenido, al mismo tiempo, toda la capacidad para escuchar suficientemente a un importante sector comprometido con la educación. Me refiero al modo y a las expresiones con que se ha descalificado a la educación particular subvencionada. Ni la reforma ni el país avanzarán por la vía del descrédito fácil, del prejuicio. Creemos que la reforma a la educación es importante y necesaria, pero apelamos a que se lleve a cabo escuchando a los actores y valorando los aportes que se han realizado, evitando juicios injustos y alejados de la verdad y de la realidad.

Una sociedad que escucha es una sociedad que mira la realidad y responde a sus desafíos. Si la ceguera social es peligrosa, también lo es la miopía, que, o no ve bien o no ve todo. Por eso es que debe llamarnos la atención que se juzgue y condene el lucro en la educación, que es un bien público y social, y no se haga lo mismo con otros bienes públicos y sociales. Me refiero, en primer lugar, al ámbito de la salud. A ella no todos pueden acceder de la misma manera y forma; mientras algunos esperan meses en ser atendidos en el sector público, otros lo son de inmediato en el sector privado. ¡Qué decir del Fondo de pensiones! Allí algunos han lucrado con el ahorro de todos. Pensemos en la iniciativa del subsidio habitacional, que fue pensada para favorecer a los más pobres que carecían de vivienda, y que ha sido fuente de tantos abusos, como de dobles adquisiciones, arriendos y ventas inescrupulosas. En estos y otros casos, deberíamos revisar cómo algunos han lucrado con el aporte de todos los chilenos.

Todos estamos llamados a construir la Patria, la Patria es tarea de todos, nadie se puede excusar de esta responsabilidad… todos, somos los constructores de la obra más bella: la Patria.

Invitados a Anunciar:

El “alma de Chile”, nuestra identidad nacional, se ha nutrido de la fe del evangelio. Por ello, como creyentes, deseamos aportar a nuestra región, nuestra preocupación más profunda por la persona humana, imagen y semejanza de Dios.

“La Iglesia, decía el Papa Pablo VI, es experta en humanidad”. Por eso es que concurrimos al bien de la Patria, no como expertos en economía, o en política. Nuestra preocupación es la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, y llamada a desarrollarse de forma integral, en comunión con los demás y con la naturaleza.

Como “experta en humanidad”, la Iglesia recuerda que el centro y el sentido de todo progreso y de cualquier iniciativa política y social, debe ser la persona humana y su calidad de vida. Por eso nos importan la dignidad de las viviendas, el acceso a una educación y salud de calidad, las oportunidades de trabajo dignamente remunerados, el esparcimiento y el deporte. Deseamos que nuestra Patria sea capaz de proveer más y mejores oportunidades para el desarrollo humano integral, pero que esto debe ir de la mano de una creciente solidaridad. El proveer de las condiciones para la generación de nuevas oportunidades en todos los ámbitos de la vida, que es una exigencia ineludible para nuestras autoridades y para todos los que ostentan cargos más incidentales en el país, debe ser proyectado desde la óptica de que estas mismas nuevas oportunidades también encierran obligaciones de solidaridad. Mejores oportunidades económicas, por ejemplo, son también nuevas posibilidades para ayudar a los demás, para dar más empleo, para ser más solidarios y para vivir como auténticos hermanos dispuestos a compartir. Las oportunidades debe ser una provocación para que todos juntos colaboremos al desarrollo de un Chile mejor. La solidaridad, tantas veces vivida a contracorriente, nos abre al hermano, nos compromete con la justicia y nos provoca al amor.

Para la Iglesia, que desde antes que el Estado naciera y existieran escuelas públicas, ya educaba a los hijos de esta tierra a lo largo de Chile, la educación es un tema de suma importancia. Pues esta actividad forma parte esencial de su labor evangelizadora. Por ello, desde el inicio hemos apoyado la reforma educacional, y también con libertad hemos manifestado nuestras aprehensiones. Nos parece que es muy importante conocer y aportar hacia el objetivo final de lo que deseamos con esta reforma, pues como han dicho nuestros Obispos en Santo Domingo: “ningún maestro educa sin saber para qué educa, y que a su vez, siempre existe un proyecto de hombre encerrado en todo proyecto educativo, y que ese proyecto vale o no, según construya o destruya al educando. Ese es el valor educativo”(265).

Los cristianos, siguiendo la doctrina social de la Iglesia, valoramos el pago de impuestos, pues son un deber de solidaridad. Tenemos que combatir su evasión y elusión. Ya hace 50 años, el Concilio Vaticano II, denunciaba que “en varios países son muchos los que menosprecian las leyes y las normas sociales. No pocos, con diversos subterfugios y fraudes, no tienen reparo en soslayar los impuestos justos u otros deberes para con la sociedad”(GS 30). Esperamos que la nueva ley Tributaria, recientemente aprobada venga a en esta dirección. Tenemos, los cristianos, que colaborar para que la mayor recaudación a través de los impuestos permita avanzar en temas sociales tan importantes, y sobre todo para ir superando la escandalosa desigualdad en la que vivimos.

El año recién pasado, en su homilía del Te Deum en la Iglesia Catedral de Santiago, el Cardenal Ezzati afirmaba: “Hay signos de que nuestro ropaje institucional nos queda estrecho y surge la expresión ciudadana pidiendo cambios y reformas profundas”. Necesitamos darnos una nueva institucionalidad. Deseamos de corazón la nueva carta fundamental interprete el alma de la nación, y se deje nutrir de su historia Republicana. Deseamos ver reflejada en ella la rica tradición cristiana, sin la cual no es posible entender a Chile.

Llamados a servir:

“No he venido a ser servido, sino a servir”, nos dice Jesús en el evangelio. Y la Iglesia-discípula, que no es más que su Maestro, está en el mundo para servir. Lo hacemos reconociendo nuestros límites, nuestras pobrezas y aún nuestros pecados. Pero sabemos que llevamos en nuestras vasijas de barro, un tesoro inestimable que no podemos ocultar ni negar a la sociedad en la que vivimos.

Por eso queremos servir a Chile trabajando incansablemente por fortalecer la familia. Sosteníamos los Obispos al inicio de este año: “Hemos constatado cómo paulatinamente se ha ido empobreciendo la valoración del matrimonio y se le ha intentado equiparar a otro tipo de relaciones afectivas. La familia fundada en el matrimonio entre un varón y una mujer, y la protección de la vida son imperativos éticos que surgen de la misma razón humana y que la propia Constitución de Chile protege. Invitamos a las autoridades a promover la familia fundada en el matrimonio y custodiar la vida. Ese es el camino que quiere recorrer una gran mayoría de los chilenos. Además es la manera que tiene la comunidad para poder responder adecuadamente por los adultos mayores, que muchas veces terminan sumidos en la pobreza y el abandono por la carencia familiar” (9 de Mayo 2014).

La familia, fundada en la unión estable entre un hombre y una mujer, y abierta al don de la vida, inviolable desde su concepción hasta la muerte natural, está a la base de la sociedad y es incluso anterior al Estado como institución.

Mientras que en todas las encuestas de opinión pública se valoriza altamente a la familia, como lugar que permite alcanzar la plena felicidad, algunos proyectos de ley que se discuten hoy día en el Parlamento, no van en la dirección de favorecer y fortalecer esta comunidad de vida y de amor, como lo es la familia. Más bien se tiende a debilitarla, por ejemplo, homologando otras relaciones afectivas al matrimonio. En este aspecto, pesa sobre el futuro de Chile una inmensa hipoteca social, cuyos costos difícilmente imaginamos.

Queremos servir a Chile cuidando y favoreciendo el respeto irrestricto por la dignidad de toda persona humana. El vivir preocupados y ocupados por los demás es un signo distintivo de nuestro ser cristiano. Por ello, hacemos una opción prioritaria por resguardar el bien común. Hoy, los nuevos pobres tiene un rostro: son los adultos mayores, y sobre todo aquellos que han sido abandonados por los suyos. Decía el Padre Hurtado: “mientras haya un dolor que mitigar no podremos descansar”.

La dignidad del ser humano, para nosotros comienza desde su concepción; Dios no hace diferencia entre el recién concebido en el seno de su madre, el niño, el joven, el hombre maduro, el anciano, el enfermo, o quien tiene capacidades diferentes, porque en cada uno de ellos estamos llamados a descubrir la huella de su imagen y semejanza.

El desafío de nuestro Chile para esta generación es hacer que el crecimiento pueda transformarse en desarrollo integral para todos, con más justicia y mejores posibilidades. Esto es revalorar la vida humana como un bien en sí mismo y para la sociedad entera. Debemos asumir con alegría, serenidad y empeño la promoción del valor de la vida y la defensa de su inviolabilidad. Esto nos dignifica como personas y como pueblo.

Deseamos servir a Chile promoviendo el valor de la sencillez y la austeridad. Sabemos que la sobriedad da libertad, permite tener bien puesto el corazón y centrar las motivaciones de la vida en lo realmente importante.

Queremos puestos de trabajo para nuestros compatriotas, y bien remunerados. Pero trabajos que no terminen restando tiempo a la familia, al esparcimiento, al legítimo descanso y a la reflexión y al encuentro con Dios cada Domingo.

A la Virgen del Carmen, Reina de Chile, le encomendamos nuestra Patria, pues desde los comienzos de nuestra historia nos ha dado su bendición. Hoy, queremos confiarle lo que somos y tenemos; nuestros hogares, escuelas y oficinas; nuestras fábricas, estadios y rutas; el campo, las pampas, las minas y el mar.

Que Ella nos enseñe a conquistar el verdadero progreso, que es construir una gran nación de hermanos donde cada uno tenga pan, respeto y alegría.

A Dios sea el Honor y la Gloria, y nosotros aclamamos: ¡Te Deum laudamus… te alabamos, Señor! Amén.

+ Bernardo Bastres Florence
Obispo de Punta Arenas
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