Homilía en la Celebración de Fiestas Patrias
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Homilía en la Celebración de Fiestas Patrias

Te Deum en Catedral Metropolitana de Santiago

Fecha: Jueves 18 de Septiembre de 2003
Pais: Chile
Ciudad: Santiago
Autor: Cardenal Francisco Javier Errázuriz Ossa

1. La celebración del 18 de septiembre nos reúne en esta Casa de Dios, y nos convoca a agradecer su amor de predilección que da vida y orienta a esta gran familia que es Chile. En verdad, cuando ingresamos en este Templo, nuestros pensamientos agitados se detienen. Es ésta la hora de recordar y agradecer con paz interior y mucho recogimiento los grandes beneficios que hemos recibido de Dios, nuestro Señor, y de sus colaboradores, las mujeres y los hombres de nuestra tierra; también la hora de abrirle espacio a la esperanza, no obstante las dificultades y los problemas que constatamos.

2. Este himno de alabanza a Dios quiere agradecer también la memoria y las reflexiones que hemos hecho durante estas semanas sobre los últimos decenios de nuestra historia, como también los propósitos que ahora nos animan. Queremos ponerlos confiadamente en las manos de Aquel que es Justo, Fuerte y Bondadoso. Los invito por eso a elevar el espíritu y a mirar con serenidad y gratitud lo que acontece. Queremos comprometernos de corazón con cuanto construye nuestra convivencia y nuestro verdadero progreso, caminando por los caminos de paz y fraternidad que nos muestra el Señor.

3. Chile no es sólo su hermosa y variada geografía, tampoco la confluencia de etnias que lo enriquecen y constituyen. Chile es también una historia, una faena compartida, un sinnúmero de desafíos, una cultura amiga del evangelio, un sangrar de heridas, una multitud de proyectos y un cúmulo de esperanzas. Y este Chile del tercer año del tercer milenio, gracias a Dios, ya no puede ser caracterizado como un país reacio al optimismo y la esperanza.

4. Es cierto, se ha agitado recientemente nuestro espíritu al hacer memoria de los acontecimientos dramáticos de los últimos decenios. La conciencia democrática de este pueblo no le ha permitido dejar atrás los hechos dolorosos de su historia. Porque valoramos la justicia y porque amamos la paz, volvemos una y otra vez al pasado, deplorando los excesos y diseñando nuevas propuestas para no repetirlos y para hacer justicia con mayor prontitud, sabiduría y clemencia. Recordar nuestra historia y desprender de ella lecciones, es algo que nos honra.

5. Entre quienes trabajan por construir la sociedad sobre el fundamento de la fraternidad, día a día abarca más temas ese “nunca más”, que si bien siempre es frágil y vulnerable, con la ayuda de Dios puede determinar nuestro futuro. En efecto, cuando optamos por la fraternidad y perseguimos el bien de todos, debemos afirmar resueltamente: Nunca más tanta pobreza, tanta deuda de justicia social, tanta inequidad en la posesión de la propiedad y de los bienes. Encierran la tentación de incitar a la violencia, y de engendrar luchas entre hermanos, luchas que no esparcen semillas de paz. Y nunca más tanta incapacidad de diálogo, tal exclusión de agentes sociales y de proyectos complementarios, y tamaña intransigencia. Nunca más tanto desamor a la verdad y a la democracia, tanta violencia verbal, tanta beligerancia política. Nunca más la tenencia de armas en agrupaciones distintas de aquellas que las han de recibir, por mandato de la Constitución, para defender la Patria. Nunca más una economía desbocada que golpee a los más pobres. Nunca más la politización de las Fuerzas Armadas y de Orden.

6. Nunca más una convivencia tan deteriorada que un gran número de ciudadanos pida una intervención armada. Tampoco circunstancias tales que el gobierno sea tomado con las armas, y que un Presidente se vea instigado a poner fin trágicamente a sus días. Nunca más la imposición de ideas por la fuerza, la persecución de los adversarios políticos y la búsqueda de personas y de armas mediante la tortura. Nunca más tanta información distorsionada, y tanta denegación de amparo y de justicia. Nunca más un combate contra ideas e ideologías, al precio de vidas humanas y desaparecidas. Nunca más la indiferencia ante el dolor y la vulneración sistemática de derechos inherentes a toda persona humana.

7. Cada uno de ustedes podría continuar esta dolorosa letanía. La vigorosa opción que hacemos por la cultura del diálogo, de la dignidad humana, de la verdad y de la vida, nos permite retornar a la confianza ciudadana y a los mejores proyectos del presente y del pasado, a los sueños de justicia social y de libertad, de comunión, respeto y alegría, de orden y de progreso humano y social ... para todos. En una palabra, de grandeza espiritual, de solidaridad y de paz.

8. Nos han ayudado a despertar de los efectos traumáticos del pasado quienes ya se han repuesto de ellos y han puesto manos a la obra de construir el presente y el futuro; también quienes lo han iluminado desde su experiencia, con mucha sinceridad y dolor, incrementando los datos históricos, y a veces lamentando los propios errores. También han aportado lo suyo numerosos medios de comunicación que han tratado de mostrar objetivamente la verdad de nuestro acontecer histórico. Su trabajo ha acercado a quienes buscan la unidad en la verdad.

9. Son innumerables, sin embargo, los jóvenes que no logran formarse un juicio personal sobre la historia reciente. Muchos dudan aun de la confiabilidad de los testimonios recibidos. Rechazan las recriminaciones estériles, como asimismo las verdades a medias para obtener ganancia de parte. Todo esto lo perciben con preocupación, porque temen que se descuide el presente y el mañana. A veces se saturan, y reclaman nuevos proyectos, mayor coherencia entre la acción y la palabra, solidaridad concreta con los marginados, más rostros y espíritus jóvenes, más hombres y mujeres de diálogo y unidad.

10. En esta situación, el relato impresionante del Evangelio que hemos escuchado nos puede ayudar. Jesucristo volvía a Galilea. El hombre sordo que se acercó a él no había oído el canto de los pájaros, ni la voz de un ser humano. Balbuceaba sonidos incoherentes e incomprensibles, que no modulaban sílabas ni palabras. Nunca las había escuchado. Vivía en un mundo que veía, pero permanecía aislado. Jesucristo percibió la tragedia. Tuvo compasión de él. Y después de tocar sus oídos y su lengua, unió su poder a la bondad del Padre, y le dijo a la persona entera – y no sólo a los oídos y a los labios - “Effatá!, que quiere decir: ¡Ábrete!”. Así rompió su doloso encierro. El que había sido sordo comenzó a escuchar, a conversar con sus coterráneos y a alabar con ellos al Señor. Podía escuchar al Maestro bueno para aprender de su sabiduría e imitarlo. Con razón se maravillaron sobremanera los testigos de tanto poder y bondad.

11. Son palabras muy actuales. Llegan hasta nosotros en este aniversario como palabras suyas a la gran familia que somos los chilenos. Nos dice: no te obsesiones con tu pasado, tampoco con tus carencias y dificultades. No te consumas en tu encierro. No dejes que las heridas te impidan reconocer cuanto te sana. Effatá!, ¡ábrete!, abre tus ojos y tus labios para alabar al Padre de los cielos por todo lo bueno que tienes. Alábalo porque se ha reconocido tu esfuerzo, y te estás incorporando más plenamente a la familia de los pueblos desarrollados, sellando tratados internacionales que pueden favorecerte, si los administras responsablemente. Alábalo porque en el concierto de las naciones puedes levantar con dignidad tu voz para evitar las guerras y propiciar la prosperidad y la paz.

12. Abre tus labios para alabar al Espíritu Santo, que en los meses pasados ha impulsado a los dirigentes políticos a deponer oposiciones y a reaccionar unidos, y así aprobar leyes que pongan atajo a la corrupción. Ábrete para valorar la convergencia de voluntades cuando por fin sonó la hora de dar un paso más para reparar y sanar heridas del pasado, porque “no hay mañana sin ayer”. Extiende tu mirada para apreciar a quienes asumen el liderazgo que la sociedad espera de ellos, y para admirar a quienes contribuyen a la credibilidad de las instituciones en las cuales sirven al país, porque se preocupan de las necesidades reales, buscan el bien de todos y no persiguen propósitos mezquinos ni egoístas.

13. En este ejercicio de abrir nuestro espíritu para tomar conciencia de los frutos que comienzan a madurar y de las tareas que urge acometer, dos ámbitos siguen siendo de suma importancia: la superación de la pobreza, particularmente de la miseria, y la creación de mayores oportunidades de empleo digno y duradero. También aquí tenemos motivos para agradecer: la reactivación económica que se inicia, la disminución del desempleo, los acuerdos que surgen entre empresarios y trabajadores sobre las condiciones laborales y la creación de más empleo, como también el interés que ha suscitado el seguro contra la cesantía, el incremento del crédito a las microempresas, la creciente atención que manifiestan numerosas instituciones por la calidad de vida y la capacitación que buscan los trabajadores para ellos y sus familias. Un signo de esperanza es la creciente solidaridad que manifiestan los jóvenes hacia los sin techo, sin salud y sin empleo que se quedan al margen del progreso. Además quisiera señalar que la actitud hacia los más pobres está experimentando un vuelco. Ha crecido entre nosotros la fe en la dignidad de los más postergados y en su capacidad de ser ellos mismos los gestores de su progreso, cuando los particulares y el Estado los rodean de estima y les ofrecen las herramientas necesarias. Así lo demuestran las familias más pobres, cuando llega hasta ellas el apoyo de “Chile-Solidario”. Al acoger el programa de subsidios, se alegran de ir más lejos: se integran a la red social y a la esperanza.

14. La palabra misericordiosa de Jesús liberó al sordomudo de las cadenas del aislamiento y la incomunicación, y lo integró a la comunidad de los que acogían la Buena Noticia del amor. Necesitamos la palabra de Jesús cuando constatamos el avance del individualismo: de la preocupación exclusiva, que resulta excluyente, por los propios intereses, por las propias ganancias, por los propios derechos y las propias libertades, sin reconocer las expectativas, la libertad y los derechos de los demás. Hasta estos enclaves llega la palabra liberadora del Señor y Maestro, que quiere romper las cadenas que atan a tanto egoísmo y encierro.

15. Su palabra es un desafío a abrirnos, a apreciar a la creación entera, y a contemplar con cariño a las demás criaturas, y entre ellas, a cada persona, aunque se halle arrinconada. Ábrete, nos dice. Descubre en cada persona, en cada familia, en cada etnia su grandeza, sus verdades, sus derechos, sus virtudes, su sed de diálogo con Dios y con los semejantes, sus anhelos de comunión y de paz, como también sus carencias, sus caídas y dolores que te llaman, sus talentos enterrados, sus esfuerzos, sus proyectos y sus sueños. El imperioso llamado a abrirnos nos sitúa ante el horizonte maravillosos en el cual cada ser humano suscita nuestra admiración, nuestro respeto y nuestra solidaridad, porque lleva consigo el tesoro de haber sido creado – casi no podemos creerlo – a imagen del mismo Dios, para ser hijo suyo y semejante a él, llamado a compartir con él la casa paterna, y en ella, ya en esta vida, su manera de amar, su felicidad y su amistad.

16. Éste es el horizonte más hermoso y verdadero de nuestra existencia. En él tienen cabida la contemplación, el arte y la fe; el rigor científico, los avances tecnológicos y la solidaridad; la justicia, la equidad y el perdón; las vocaciones al servicio público y al más privado; el amor de los esposos y de los hijos; la generosidad y la amistad. Quien se abre a este horizonte experimenta que la verdad nos hace libres, y que la libertad nunca es mejor empleada que cuando se decide por el bien, la verdad y el servicio, sin reservarse puertas falsas para abandonar las opciones que comprometen con las causas, los valores y las personas más nobles. Con mucho aprecio a la misión de nuestros legisladores, en esta ocasión solemne dejo en sus manos una petición de incontables familias y jóvenes: no supriman de nuestra legislación la opción de aquellos esposos que quieren renunciar definitivamente a la acción de divorcio, porque se aman de tal manera que quieren unirse y comprometerse sin vuelta atrás, para siempre.

17. Me siento ante el deber de dirigir una palabra de aliento a nuestros comunicadores sociales. Recorriendo en estas semanas las páginas de los últimos decenios, muchos medios de comunicación evidenciaron su capacidad de investigar con toda seriedad, y de comprometerse con la verdad, con la honra y la dignidad de las personas y con el bien de la comunidad. Les agradecemos todos los esfuerzos que han hecho y harán con este espíritu, ya que influyen poderosamente en las conductas y en el ánimo de quienes les regalan su confianza. Procuren alejar de la comunicación las confrontaciones inútiles, las tentaciones del relativismo moral, y la degradación que tantos chilenos deploran. Sean verdaderos promotores, como proponía San Pablo a los cristianos de Filipos, de “cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, de virtuoso y digno de elogio” (Fil. 4, 8, 1ª lectura del Tedeum). Sean también ustedes hombres y mujeres de concordia y esperanza.

18. Al término de nuestras reflexiones no puede faltar una palabra de reconocimiento dirigida a los educadores. Nuestro afán de abrir el espíritu para emprender grandes tareas nacionales terminaría en dolorosa frustración, si no fuera por el trabajo colmado de generosidad, de abnegación y de sabiduría de quienes – ya sea en la familia, en la escuela o en la enseñanza técnica y superior – apoyan a nuestra juventud en su formación. Un corazón joven rechaza la idea de gastar la vida en cosas intrascendentes. Quiere ser feliz y hacer feliz. Quiere regalar su tiempo, su amor, su creatividad y su ánimo generoso para luchar contra la injusticia y la pobreza, y dilatar las dimensiones humanas y religiosas de esta gran comunidad de hermanos que llamamos Chile. Quiere dar lo mejor de sí, para preparar la formación de un hogar que sea un santuario de la vida, la confianza y la fidelidad.

19. Uniendo voluntades hay que corresponder a sus expectativas, y dar cabida en la educación a numerosos objetivos transversales, para perfeccionar el arte de alentar sus proyectos y su desarrollo. El aliento, el reconocimiento y la comprensión que reciben de sus educadores, les hace descubrir cuán valiosas son sus vidas y cuánto sentido tienen. Hay que ofrecerles oportunidades para que no se pierdan en los laberintos del individualismo, y puedan desplegar sus iniciativas, su capacidad de cultivar la amistad con Dios, de cumplir con la palabra empeñada, de apreciar el estudio y el trabajo, de integrarse a la sociedad del conocimiento, y de dar confianza y asociar a otros en la realización de proyectos comunes. Con el cumplimiento de esta tarea prioritaria de nuestra sociedad, damos el aporte más decisivo para el futuro del país; también para superar la drogadicción y la delincuencia.

Quisiera concluir estas palabras, deseando a Vuestra Excelencia, como Presidente de la República, y a todo Chile en este nuevo aniversario de su Independencia, en unión con los obispos, pastores y ministros que participan en este Tedeum, que las palabras de Jesucristo encuentren un profundo eco en nosotros, de manera que caminemo+I20s por los caminos del Evangelio, y abramos nuestro espíritu a todo lo que haga más plena nuestra convivencia. Que este espíritu nos inspire y nos prepare a la celebración del Bicentenario de nuestra República. Y que el Señor nos bendiga para seguir construyendo, como ciudadanos de este mundo y familiares de Dios, con confianza y ánimo esforzado, esta Patria que quiere ser un espacio favorable al encuentro con Jesús y los hermanos, una tierra propicia a la vida, a la familia, al trabajo, al progreso, a la creatividad y a la paz.

† Francisco Javier Errázuriz Ossa
Cardenal Arzobispo de Santiago


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