Pastoral colectiva del Episcopado Chileno. S.S. Juan XXIII y el Concilio Ecuménico Vaticano II
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Pastoral colectiva del Episcopado Chileno. S.S. Juan XXIII y el Concilio Ecuménico Vaticano II

Fecha: Miércoles 21 de Junio de 1961
Pais: Chile
Ciudad: Santiago
Autor: Obispos de la CECH

La promesa divina hecha a Pedro: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (1) da a nuestra fe en el Pontificado Romano y al amor que tenemos a la Sede Apostólica, una dimensión y estabilidad inigualables. Ella también nos hace mirar a Su Santidad el Papa actual, Juan XXIII, sucesor de Pedro, con la admiración y el cariño que inspiran las cosas de Dios.

Cuando fallecía S.S. Pío XII, nuestros corazones de cristianos se oprimieron por el dolor. Había sido un Pontífice extraordinario. ¿Quién le sucedería? ¡Cuán difícil seria ocupar el sitial que había dejado vacío! Pero ahora que podemos dar una mirada retrospectiva, y contemplamos a S.S. Juan XXIII, se llena nuestro espíritu de gozo y sentimos, una vez más, resonar el eco consolador y reconfortante de las palabras con que Cristo se despidió de sus Apóstoles, el día de su Ascensión: “Estad ciertos que yo estaré con vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos” (2).

Animados con esta santa alegría y el amor que tenemos al Santo Padre, os escribimos esta exhortación pastoral para pedir a todos los cristianos que, en este año, rindan un cordial y afectuoso homenaje al reinante Sumo Pontífice, que cumple, el 25 de noviembre próximo, el octogésimo aniversario de su natalicio. Además, queremos, en esta Pastoral, como especial adhesión a S.S. Juan XXIII, hablaros del próximo Concilio Ecuménico que El prepara y se llamará “Vaticano II”.

S. S. JUAN XXIII

“Cada pontificado adquiere la propia fisonomía de la figura que lo personifica y representa. Es cierto que todas las fisonomías de cuantos Papas se han sucedido en el curso de la historia deben reflejar y son un reflejo de Cristo, el Divino Maestro, que no recorrió los caminos del mundo sino para difundir la buena doctrina y la luz de un maravilloso ejemplo”.

“Ahora bien, la gran lección de Jesús y sus más altas enseñanzas están resumidas en estas palabras suyas: “Aprended de mi que soy manso y humilde de corazón” (3).
Y agregaba el actual Papa, en la hermosa homilía del día de su coronación: “Os suplicamos que oréis siempre al Señor por el Papa pidiendo para él la perfección en el ejercicio de la humildad y mansedumbre. Estamos seguros de que se han de seguir grandes bienes del ejercicio de tales virtudes; y, de que a la obra eminentemente espiritual del Padre de todos los fieles, ellas acarrearán un beneficio inmenso incluso para el orden social, temporal y terreno”.

Las palabras de Juan XXIII, que eran una norma e ideal para su vida, se vieron confirmadas por sus actos, gestos y actitudes. El mundo entero comprendió, a poco de asumir el pontificado el actual Papa, que su fisonomía particular era fruto de la práctica sincera y profunda de estas dos bellas virtudes indispensables para el cristiano. La bondad del Papa, llena de sencillez y alegría interior, se refleja en forma particular en su mirada, en sus gestos, en sus palabras y en sus actos. Todos hemos sentido, aun los no católicos, que la característica y fisonomía propia del pontificado de Juan XXIII, es la paternidad ejercida por él en forma sincera y, particularmente sencilla y afectuosa.

Pero el actual Papa es, también, hombre poderoso en obras. Decidido y realizador, con la audacia de los santos, ha celebrado ya, en los dos años de su Pontificado, el Primer Sínodo diocesano de Roma y, con increíble tenacidad y decisión, prepara la celebración del Concilio Ecuménico Vaticano II. Estos dos hechos, por si solos, constituyen un símbolo de la influencia y acción decidida y grande que ha realizado Juan XXIII, en el breve tiempo transcurrido de su pontificado.

Ni podemos pasar en silencio su particular preocupación por la América Latina. A sólo quince días de ser elegido Pontífice pronunció (15-XI-1958) un discurso a los Obispos Latinoamericanos congregados en Roma para la tercera reunión del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), y en él expresó: “el lugar que América latina y sus problemas tienen en la Iglesia no puede no ocuparlo también en el corazón de aquel que, por divino mandato, tiene la temible, si bien dulce responsabilidad de la Iglesia y de sus destinos”. El conocimiento y preocupación que, en esa oportunidad, demostró por nuestros problemas, como las constantes ayudas que nos otorga, de diversa índole, a través de la Pontificia Comisión para la América Latina, (CAL), siempre orientadas a las fundamentales necesidades, dan a nuestro espíritu una filial confianza en el actual Papa.

¿Qué decir, ahora, de su actitud al tener conocimiento de las desgracias sufridas en mayo de 1960, por nuestra querida patria? Juan XXIII fue el primero en enviar sus condolencias y auxilios. Y por su digno representante en Chile, el Excmo. Sr. Nuncio Apostólico, Mons. Opilio Rossi, quiso visitar las regiones damnificadas y llevar la palabra y la ayuda paternal del Padre común de los cristianos. Y ésta fue la primera visita de todas las regiones damnificadas, que hacia un representante extranjero. Ni su preocupación fue sólo enviar una ayuda, en el primer momento, sino que, en repetidas ocasiones, ha seguido manifestando su paternal interés con nuevos auxilios en remesas de dinero, vestuario y alimentos.

Queridos fieles, resumamos en una palabra: Juan XXIII se nos presenta y es un verdadero padre y un gran Pontífice. Nos guía con sencilla y afectuosa preocupación y nos gobierna con sabiduría y decisión.

Os pedimos, por tanto, con cordial insistencia que durante este año, y particularmente durante el mes de noviembre próximo, elevéis fervientes preces a Dios por nuestro Padre y Pontífice. El día de su natalicio es el 25 de noviembre; pero lo celebraremos, en todo el mundo, el 4 de noviembre, aniversario de su coronación como Sumo Pontífice, que sea ese, un día de filial regocijo para todos vosotros.

A fin de hacer más efectiva esta petición, daremos, en cada Jurisdicción Eclesiástica, normas para que los sacerdotes promuevan rogativas por el actual Papa.

Los Obispos y fieles de todo el mundo van a reunir los medios económicos para construir, en Roma, una Iglesia parroquial y un pensionado de estudiantes, que serán ofrecidas al Santo Padre, en el día del aniversario de su coronación. Nos ha parecido, a los Obispos de Chile, que las grandes necesidades creadas por los tremendos sismos de mayo de 1960, no permiten extender esta colecta a los fieles de nuestra patria tan necesitada. Estamos seguros que vosotros contribuiréis, por lo mismo, más generosamente a aliviar a las regiones destruidas del sur de Chile. Sabemos que el paterno sentir del Papa actual, verá como un homenaje hecho a él, cuánto vosotros hagáis por ayudar con liberalidad, a sus hijos de nuestra región austral damnificada.

II PARTE

EL CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II


Pero además, para que nuestro sentir esté más estrechamente unido con S. S. Juan XXIII, y sea solidario con una de las principales preocupaciones de su pontificado, la cual tiene extraordinaria importancia para la Iglesia entera, queremos llamar vuestra atención acerca del próximo Concilio Ecuménico Vaticano II, su importancia y la cooperación que a todos los cristianos corresponde dar a su realización.

Naturaleza e importancia de un Concilio Ecuménico

No quisiéramos que establecierais una comparación de igualdad entre las muchas reuniones nacionales e internacionales, que tan a menudo se realizan actualmente entre personas peritas en una determinada actividad o ciencia, y la reunión del Papa con todo el Episcopado del mundo, para resolver los problemas de la Iglesia, reunión que se denomina Concilio Ecuménico.

En aquellas reuniones, dignas y valiosas, y muchas veces, de gran provecho, hay sólo una actividad humana inspirada por inquietudes y motivos, que, aunque muy nobles, son únicamente temporales y terrenas.

En un Concilio Ecuménico, en cambio, más allá de su aspecto externo y jurídico, hay, en primer lugar, la realización de un plan y disposición divinos bajo el soplo misterioso e invisible, pero real, animador y fecundo del Espíritu Santo.

En efecto, la Iglesia, fundada sobre la roca indestructible del Romano Pontífice, por lo que la llamamos justamente “Romana”, es también, “Apostólica”, es decir, episcopal. Cristo, además de establecer, en Pedro y sus sucesores legítimos, la suprema autoridad, para todo el mundo, del Pastor, Maestro y Padre, quiso que, en las diversas regiones, los Apóstoles y sus sucesores, los Obispos, lo representaran y gobernaran las iglesias particulares con delegación de su misma autoridad, aunque subordinada al Papa en el ejercicio. La Escritura Santa dice a este respecto a los Obispos: “Velad sobre vosotros y sobre vuestra grey, en la cual el Espíritu Santo os ha instituido Obispos, para apacentar la Iglesia de Dios que ha ganado El con su propia sangre” (4).

Al reunirse, por tanto, en Concilio Ecuménico, el Papa con el Episcopado de todo el mundo, se cumple el plan divino para orientar y dirigir la Iglesia, y Cristo está, como en el Cenáculo, velando por el sucesor de Pedro y los sucesores de sus apóstoles. Y las definiciones y normas, en materia de fe y costumbres, como también de disciplina y pastoral, que emanan de un Concilio Ecuménico, tienen una particular asistencia del Espíritu de Dios. Si ellas revisten el carácter de solemnes declaraciones autoritativamente impuestas, gozan, como las declaraciones “ex cátedra” del Romano Pontífice de infalible inerrancia, y han de ser aceptadas y acatadas por toda la cristiandad como verdades que Dios mismo desea comunicar a su pueblo y a todo el mundo.

A nosotros los Obispos nos atemoriza y humilla saber esta verdad y enseñarla, al considerar su dignidad y grandeza y ver, al mismo tiempo nuestra pequeñez y debilidad. Hemos sido escogidos, a pesar de ello para ser instrumentos de la acción de Cristo, a través del tiempo. Sólo nos conforta la plena seguridad de estar asistidos por el Espíritu Santo, y saber que nuestra debilidad permite que brille mejor la acción divina en la Iglesia.

El Señor Jesús quiso insistir con impresionante fuerza y claridad en la actitud y sujeción que se deben al Papa y a los Obispos que están en comunión con él (5).

La Iglesia, por lo mismo, dirigida, porque así lo quiere Cristo, por la Jerarquía, el Papa y los Obispos, va suave pero firmemente desarrollando la obra evangelizadora. Su actuar, en el ejercicio ordinario y cotidiano de su misión, es sencillo; pero hay momentos en que se presentan circunstancias y necesidades que exigen o recomiendan que la misión de la Jerarquía se ejercite por medios colectivos y solemnes. Es el momento de los Concilios Ecuménicos.

Un Concilio Ecuménico o General, sólo puede ser convocado y presidido por el Papa (6) porque sin él no tienen valor las decisiones ecuménicas. Al Concilio concurren, en cuanto es posible, todos los Obispos del mundo. Ellos llevan la representación de sus diócesis, es decir, de los cristianos que en ellas viven, cuyas necesidades y aspiraciones, los Prelados llevan en su corazón. Es la Iglesia entera que se congrega, representada por quienes “el Espíritu Santo puso para regir la Iglesia”. Sin duda, esta reunión es uno de los actos más importantes y propios de la vitalidad del Cuerpo Místico de Cristo.

Los Concilios han tenido una extraordinaria importancia histórica y religiosa. Podemos decir que la mayor parte de las más importantes verdades de fe y normas de la disciplina eclesiástica o fueron declaradas en algún Concilio Ecuménico o recibieron en ellos su definitiva sanción o firmeza.

Esta magna y solemne reunión, como Juan XXIII decía: tiene la grandeza de manifestar la autenticidad de la verdadera Iglesia y la finalidad no tanto de explorar el pasado, cuanto de “señalar lo que, según las indicaciones de la experiencia, sugieren las circunstancias presentes como más ágil y más eficaz para dar realidad a los divinos quereres de Jesucristo” (7).

En el pasado, se han celebrado veinte Concilios Ecuménicos (8), ellos han respondido a varias e importantes necesidades de la doctrina, misión y vida de la Iglesia. Muchas veces, ellos fueron urgidos por los errores, herejías o indisciplinas que intentaban desorientar a los católicos.

El próximo Concilio Ecuménico

Os preguntaréis: ¿Cuáles son las circunstancias que motivan, ahora, el Concilio Ecuménico?

“En la época moderna”, nos responde Juan XXIII (9), “con un mundo de fisonomía profundamente cambiada y que se sostiene difícilmente en medio de los atractivos y los peligros de la búsqueda casi exclusiva de los bienes materiales ante el olvido o el debilitamiento de los principios de orden espiritual y sobrenatural que caracterizaban la implantación y expansión de la civilización cristiana a través de siglos... (El Concilio), más bien que de uno y otro punto de doctrina o de disciplina que convenga llevar hasta las puras fuentes de la Revelación o Tradición, tratará de renovar en su valor y esplendor la sustancia del pensar y del vivir humanos y cristianos, de que la Iglesia es depositaria y maestra por siglos”.

La Iglesia vive en esta época un momento histórico extraordinario.

Por una parte, el Espíritu de Dios ha producido un sensible despertar de todas las actividades de la Iglesia. La vida eclesiástica, particularmente en estos últimos cincuenta años, ha tenido un progreso y se notan una inquietud y una renovación maravillosas y benéficas. Tan sólo citemos la comprensión, por parte de los laicos católicos de todo el mundo, del papel y la responsabilidad apostólica que tienen dentro del Cuerpo Místico de Cristo. Su participación activa en la liturgia y la forma inteligente y preparada como muchos, en el mundo, están actuando y distinguiéndose en todos los campos de la actividad y ciencias humanas.

Por otra parte, en cambio, asistimos a una grave crisis de valores, especialmente morales.

Justamente se han despertado, en gran número, los problemas de diversa índole que se entrelazan en la vida humana, social e internacional, con gran hondura y universalidad. Muchos de ellos afectan a los principios más fundamentales del ser humano y aparecen con similares planteamientos en todas las naciones y pueblos.

En los campos filosófico, político, social y económico, se hacen necesarias precisiones y adaptaciones concretas de la doctrina cristiana, para responder a interrogantes que se suscitan o a doctrinas que se contraponen al Evangelio y, a veces, le contradicen, como sucede con el comunismo ateo.

Al mismo tiempo, el rápido progreso de la técnica ha cambiado profundamente la convivencia humana: el nivel medio de la vida y cultura se ha elevado o exigen una regulación; los medios de difusión de noticias e ideas son asombrosos por su rapidez y vasto alcance; la conciencia universal del valor de la persona humana ha logrado progresos notables, como también, la concepción de la solidaridad humana tanto regional como mundial.

Las circunstancias presentes de la humanidad, podemos decirlo sin temores de error, para no seguir esta enumeración, son nuevas en la Historia y sus consecuencias no pueden ser predichas por la generación presente.

Quien comprenda el Cristianismo no podrá dejar de ver la inmediata y honda percusión que tienen en la Iglesia las nuevas realidades del vivir humano y la necesidad de una orientación o readaptación por parte de la Jerarquía.

Objetivos del próximo Concilio Ecuménico

Tres, podemos decir que serán los principales objetivos del próximo Concilio Universal:
El primero, la revisión de nuestro vivir cristiano, “campo peculiar” del Concilio, como decía Juan XXIII; “se ocupará (el Concilio) al principio exclusivamente de cuanto concierne a la Iglesia Católica, nuestra Madre, y su actual organización interna” (10) dentro de la cual se considerará la revisión del Derecho Canónico y la Liturgia Sagrada, y además, todos los aspectos de la vida de la Iglesia, como se puede ver por los temas de estudio de las diversas Comisiones preparatorias al Concilio que no dejan de lado ningún punto de la actividad eclesiástica.

El segundo objetivo del Concilio será cuanto concierne a los laicos, tanto en la Iglesia: su lugar, papel, responsabilidades y derechos; como también las obligaciones sociales, económicas, caritativas y políticas que surgen de la convivencia humana y vida de trabajo (11).

Finalmente, el tercer objetivo será la unidad cristiana, tan deseada e importante. Que vuelvan a unirse en torno al Cristo Místico, todos los cristianos separados por la herejía o el cisma, concorde a las dulces e insinuantes palabras de Cristo: “Tengo también otras ovejas, que no son de este aprisco, las cuales debo yo recoger. Oirán mi voz, y se hará un solo rebaño, y un solo pastor” (12). Lo que no quiere decir que se espere como fruto inmediato del Concilio esta hermosa y grande unidad, como algunos lo han malentendido, sino que el espectáculo de verdad y unidad que dará el Concilio y las normas que en él se tomen, servirán, en las manos de la divina Providencia, para atraer a los hermanos separados hacia la verdadera Iglesia.

Preparación del Concilio

Bien podéis comprender que la preparación de este magno acontecimiento y universal reunión, donde se congregarán más de 2.500 prelados de todo el mundo, demande un largo tiempo y un enorme trabajo. Os podéis informar a este respecto, leyendo la nota que agregamos a este documento (13). En cambio, queremos expresamente deciros el modo cómo el clero y fieles se deben preparar y pueden cooperar al Concilio Ecuménico. Tres son estas obligaciones:

a) La primera, estudiar, porque además de la natural curiosidad por conocer las variadas fases de la preparación y de los actos que se realicen durante el Concilio mismo, debéis ahondar “en los principios doctrinales, en la cultura religiosa, en conocimientos históricos, de los cuales la inteligencia honrada y bien equilibrada saca un criterio acertado y práctico y unas inestimables enseñanzas” (14). En particular os recomendamos leer con atención y afecto los discursos del Santo Padre a propósito del Concilio.

b) En segundo lugar, os pedimos especiales oraciones por el éxito feliz del Concilio, que es ante todo una realidad sobrenatural y debe ser obra del Espíritu Santo que ilumina a los Padres del Concilio para que puedan, en verdad, decir, como los Apóstoles, cuando se reunieron en Jerusalén: “… ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros...” (15). Y la Providencia divina quiere que la acción del Espíritu de Dios sea obtenida por la oración insistente. Jesús mismo ordena a sus Apóstoles que se preparen con la oración a la venida, en Pentecostés, del Espíritu prometido para ser “revestidos de la fortaleza de lo alto” (16). Movidos por este ejemplo, debemos preparar y cooperar al Concilio con la oración incesante. El Papa nos pide, repetidas veces, que lo hagamos y, a ese fin, ha compuesto una especial oración que rogamos recéis a menudo: “Rogad, amados hijos, dice el Papa, rogad cada día por el Concilio”, y agrega: “oración intensa, personal y colectiva, para que la gracia del Señor prevenga, ilumine y encienda a cuántos ya fueron, o podrán ser llamados, a dar su contribución directa de ciencia y de consejo a las deliberaciones conciliares” (17).

c) Finalmente, como preparación al Concilio os pedimos una mayor unión con vuestro propio Obispo. Porque es innegable que toda preparación a una realidad sobrenatural debe hacerse “por una vida más intensamente fervorosa” (18). Y como el Concilio es la reunión de todos los Obispos y, por lo mismo, una elocuente manifestación de la unidad de la Iglesia de Cristo, la preparación a él, exige de los católicos una renovación del espíritu, especialmente en lo que dice adhesión a los que “el Señor puso para gobernar su Iglesia” (19) y para representarlo. Reavivad, por tanto, la doctrina cristiana acerca del papel y misión que el Obispo tiene en la Iglesia y aumentad vuestra sobrenatural obediencia y respeto, en lo doctrinal y disciplinario, que a él se debe. Debéis sentir en común con vuestro Obispo y prestarle la mayor cooperación a sus iniciativas en la diócesis y un sincero y filial respeto en vuestras conversaciones y actos (20).

Terminamos recordando a María Santísima. Ella presidió la primera reunión de los Apóstoles en el Cenáculo y Ella presidirá espiritualmente nuestro próximo Concilio Ecuménico Vaticano II. Bajo su especial protección y patrocinio ponemos nuestra preparación y la que vosotros debéis hacer para el Concilio. S.S. Juan XXIII, ha proclamado oficialmente a la Santísima Virgen y a San José, patronos del Concilio (21), a ellos por tanto, invoquemos para que nos obtengan del Señor las gracias y ayudas que tanto necesitamos para este gran acontecimiento que traerá tanto bien a nuestra Santa Iglesia.

La presente Pastoral Colectiva será leída, en todas las iglesias de nuestras Jurisdicciones, dividida en sus dos partes, los domingos siguientes de su recepción.

Dada en Santiago, a 21 de junio de 1961

Alfredo Silva Santiago, Arz. de Concepción y Presidente de la Conferencia Episcopal de Chile. Alfredo Cifuentes Gómez, Arz. de La Serena. Emilio Tagle C., Arz. Tit. de Nicópolis y Administrador Apostólico de Santiago. Raúl Silva Henríquez, Vicario Capitular de Valparaíso y Arzobispo electo de Santiago. Manuel Larraín E., Obispo de Talca. Ramón Munita E., Obispo de San Felipe. Eduardo Larraín C., Obispo de Rancagua. Augusto Salinas F., Obispo de Linares. Pedro Aguilera N., Obispo de Iquique. Vladimiro Boric C., Obispo de Punta Arenas. Eladio Vicuña A., Obispo de Chillán. José Manuel Santos A., Obispo de Valdivia. Francisco de Borja Valenzuela R., Obispo de Antofagasta. Francisco Valdés S., Obispo de Osorno. Guillermo C. Hartl de L., Obispo Tit. de Estratonicea de Caria, Vicario Apostólico de Araucanía. Bernardino Piñera C., Obispo de Temuco. Alberto R. Rencoret D., Obispo de Puerto Montt. Juan Francisco Fresno L., Obispo de Copiapó. Alejandro Durán M., Obispo de Ancud. Manuel Sánchez B., Obispo de Los Ángeles. César Gerardo M. Vielmo G., Obispo Tit. de Ariaso, Vicario Apostólico de Aisén. Miguel Squella A., Administrador Apostólico de Arica. Polidoro van Vierberghe, Administrador Apostólico de Illapel. Francisco J. Gillmore S., Vicario General Castrense.

Por mandato de los Excmos. miembros de la Conferencia Episcopal de Chile.

Pbro. Fernando Jara Viancos
Secretario General del Episcopado de Chile

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