Pastoral con motivo de la Encíclica "Mater et Magistra"
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Pastoral con motivo de la Encíclica "Mater et Magistra"

Fecha: Domingo 30 de Julio de 1961
Pais: Chile
Ciudad: Santiago
Autor: Obispos de la CECH

Los Obispos de Chile entregan a sus fieles la Encíclica “Mater et Magistra” de Su Santidad Juan XXIII.

Documento capital en la historia del mundo actual, la Encíclica nos precisa una posición, nos forma una conciencia y nos llama a la acción.

En primer lugar, precisa nuestra posición ante los problemas sociales y el momento histórico que vivimos.

La Iglesia no puede ser extraña a ningún problema que afecte a la vida humana. Si su misión fundamental es santificar las almas, “Ella se preocupa con solicitud de las exigencias de la vida diaria de los hombres”, porque es a través de la vida terrena como los hombres alcanzan la eterna.

Nuestra posición debe ser definida y precisa, sin claudicaciones ni cobardías. Es en la doctrina social de la Iglesia, plenamente conocida, íntegramente aceptada, hondamente vivida y ardientemente amada, donde los católicos podrán dar al mundo de hoy la respuesta que la angustia de los tiempos exige.


Posiciones ambiguas

No caben posiciones ambiguas ni reticentes. Su Santidad Juan XXIII nos ha dicho que “hay que amar la verdad, decir la verdad, defender la verdad y hacer la verdad”. Y la verdad en estos problemas nos la da íntegra la doctrina social de la Iglesia.

Pío XII nos precavió diciéndonos que “los errores de los dos sistemas económicos (capitalismo y comunismo) y las dañosas consecuencias que de ellos se derivan, han de convencer a todos a que se mantengan fieles a la doctrina social de la Iglesia y difundan su conocimiento y aplicación práctica”.

Y hoy Su Santidad Juan XXIII nos dice, en la Encíclica que os presentamos: “Volvemos a afirmar, ante todo, que la doctrina social cristiana es una parte íntegra de la concepción cristiana de la vida”.

La Iglesia ha hablado, una vez más, para hacernos sentir nuestra posición ante estos tiempos. Sus Encíclicas sociales, de las cuales la presente “Mater et Magistra” es un magnífico coronamiento, son algo más que el estudio de algunos problemas económicos. Ellas, y en especial la actual, son la expresión de un orden total que es necesario instaurar plenamente.

Las grandes verdades de nuestra fe deben tener su realización en nuestra vida individual y social.


Existencia ambigua

No podemos levantar los ojos para hablar al Padre de los Cielos, mientras hermanos nuestros arrastran una existencia indigna de su calidad de hombres y de hijos de Dios. No podemos pedir con sinceridad de corazón el “venga a nos tu reino” si nos mostramos indiferentes, cuando no complacientes, con el egoísmo, la injusticia y la opresión.

No podemos mirar el mundo con los ojos de Cristo, si no adoptamos en forma decidida la posición que nuestra fe, urgida por la voz eterna de la Iglesia nos señala.

La Encíclica “Mater et Magistra” fija a todos, sin excepción, la posición que han de tener en sus relaciones humanas y en su visión de lo económico y social.

Cesen las discusiones inútiles y aplíquense todos a cumplir leal e íntegramente la posición que la Iglesia, en forma clara, nos señala en este documento.

Esta Encíclica debe formamos una conciencia.

Como acaba de escribir un eminente prelado español: “Doloroso es comprobar que en la conciencia de las fuerzas vivas, creyentes y piadosas en su inmensa mayoría, había quedado sin labrar la faceta de los deberes de justicia social”.

“Una doctrina social no se enuncia solamente, sino que se lleva también en la práctica en términos concretos. Esto se aplica mucho más a la doctrina social cristiana, cuya luz es la Verdad, cuyo objetivo es la Justicia, cuya fuerza impulsiva es el amor”.

“Llamamos, por tanto, la atención sobre la necesidad de que Nuestros hijos, además de ser instruidos en la doctrina social, sean también educados socialmente”.

“La educación cristiana debe ser integral, es decir, debe extenderse a toda clase de deberes. Por consiguiente, también debe mirar a que en los fieles brote y se robustezca la conciencia del deber que tienen de ejercer cristianamente las actividades de contenido económico y social”.


Recta formación de la conciencia

Urgimos a los sacerdotes, educadores, padres de familia y miembros de asociaciones apostólicas, a que den la importancia suma que tiene la recta formación de la conciencia social de los fieles.

No podría llamarse educación cristiana completa la que omitiera esta tarea. No habrían los padres formado rectamente el alma de sus hijos, si descuidaran darles el sentido de sus deberes sociales. Ni los sacerdotes podrían decir que habían cumplido íntegramente su sublime tarea de formar a Cristo en las almas, si no hubieran modelado con principios firmes, con normas claras y, sobre todo con un agudo sentido de la justicia y de la caridad, la conciencia social de sus fieles.

De un modo especial, recordamos a las asociaciones apostó1icas la sugerencia práctica que la Encíclica hace, elogiando y consagrando el método “que suele expresarse en tres términos: Ver, juzgar y actuar”.

Por último, esta Encíclica nos llama a la acción. “No olviden que la verdad y eficacia de la doctrina social católica se demuestra, sobre todo, ofreciendo una orientación segura para la solución de los problemas concretos”.

Que no suceda lo que con dolor, señalaba Pío XI al iniciar la Quadragésimo Anno: “Recibieron con recelo y hasta con escándalo la doctrina de León XIII, tan noble y tan profunda, y que a los oídos mundanos sonaba como totalmente nueva. Los aferrados en demasía a lo antiguo, se desdeñaron de aprender esta nueva filosofía social y los de espíritu apocado temieron subir hacia aquellas cumbres… Tampoco faltaron quienes admiraron aquella claridad, pero la juzgaron como un ensueño de perfección deseable más que realizable”.

Con Pío XII os repetimos con firmeza y con apremio: “Ha pasado el tiempo de las discusiones y ha llegado el de la acción”.

La tarea que la Encíclica nos propone es vasta, compleja y no exenta de sacrificios y dificultades. Al leer sus páginas y meditar sus conceptos, veréis en forma nítida que de ella brota una consigna: “La restauración del orden social”.


Reforma de las instituciones

Ello significa reforma de las instituciones y de aquellas estructuras que oprimen el pleno desenvolvimiento del hombre, promoción de la clase obrera para que pueda alcanzar la plena posesión de sus derechos, lucha contra el hambre y la miseria; que de una manera especial se manifiesta en el subdesarrollo económico, inspiración constante de la justicia social y caridad cristiana que dirija las actividades de la empresa.

“Obreros y empresarios, dice la Encíclica, deben regular sus relaciones inspirándose en el principio de la solidaridad humana y de la fraternidad cristiana; ya que tanto la concurrencia de tipo liberal, como la lucha de clases tipo marxista, van contra la naturaleza y son contrarias a la concepción cristiana de la vida”.


Mayor Eficiencia

Dos ideas finales, como norma de acción, nos señala S.S. Juan XXIII: Una mayor eficiencia en las actividades temporales y una visión constante y clara de nuestra vocación sobrenatural.

“Cuando en las actividades de las instituciones temporales, dice, se garantiza la apertura a los valores espirituales y a los fines sobrenaturales, se refuerza en ellos la eficiencia respecto a sus fines específicos e inmediatos (...). Cuando se presenta uno como “luz del Señor” y cuando se camina “como hijo de la luz”, se captan con más seguridad las exigencias de la justicia aún en las zonas más complejas y difíciles del orden temporal, en las que no raramente los egoísmos individuales, de grupo y de raza insinúan y difunden espesas tinieblas. Y cuando se está animado de la caridad de Cristo, entonces se siente uno unido a los otros y se sienten como propias las necesidades, los sufrimientos y las alegrías ajenas”.

La dignidad de saberse miembros vivos del Cuerpo de Cristo, hace a los cristianos que den a sus actividades sociales todo el contenido sobrenatural que encierran. “En virtud de este hecho cuando se ejercen las actividades propias, aún las de carácter temporal, en unión con Jesús, Divino Redentor, cualquier trabajo viene a ser como una continuación del trabajo de Jesús, penetrado de virtud redentora”.

Si los católicos aceptamos, vivimos y cumplimos estas enseñanzas que sacan su raíz del Evangelio y de la milenaria tradición de la Iglesia, podemos estar ciertas que la difícil crisis que el mundo atraviesa será superada en la justicia y en el amor. “La paz es obra de la justicia”.


Responsabilidad de la fe

Necesitamos, eso sí, asumir totalmente las responsabilidades que nacen de nuestra fe, tener abiertos los oídos a la voz de Dios que una vez más nos habla, y contemplar sin temor el vasto horizonte de este nuevo poder que nace.

Nuestra fidelidad a las enseñanzas pontificias, no nos conducirá a un paraíso terrestre, como algunos imaginan, pero será un avanzar en la historia, un dignificar las grandes ideas del hombre y del trabajo, un cavar más hondo en el sentido social inherente al cristianismo, un acercarse más a aquel ideal ultraterreno a donde el mundo y la historia se encaminan, al advenimiento del reino de Dios.

Tenemos que realizarlo con perseverante energía.

Con aquella energía cristiana con que Pablo hablaba en el Areópago para anunciar al Dios desconocido, con aquella con que sobre la arena del circo captaba el mártir su fe, con la misma con que a través de las fluctuaciones de la historia el testimonio cristiano ha sido dado.

El Cristianismo no es religión de timidez. Es religión de amor, y el amor es fuerte como la muerte.


Alborada del mundo

En la alborada del mundo, los hombres se olvidaron de Dios y “toda carne corrompió su camino”. Y dijo Dios a Noé: “Haz para ti un arca, pon en ella todo lo que debe ser salvado, porque contigo estableceré mi alianza y voy a inundar la tierra con un diluvio”. Y se abrieron las cataratas del gran abismo. Y llovió sobre la tierra cuarenta días y cuarenta noches. Y el agua subió más arriba que las más altas montañas, y sobre la destrucción y la muerte, el arca que llevaba las semillas de la humanidad flotaba.

Y cesó el diluvio. Y bajaron las aguas. Y se secó la tierra. Y descendió Noé con los que estaban en el arca. Levantó un altar al Señor y ofreció en él un sacrificio.

Y de aquel holocausto percibió Dios olor de suavidad.

En el umbral de estos tiempos modernos, los hombres quisieron proclamar los derechos del hombre, sin recordar los derechos de Dios.

Dijeron que la religión era para el templo y que la vida económica, social y cívica era laica y profana. Y no pocos cristianos lo siguieron.

Y como la violación de los derechos de Dios se torna siempre contra el hombre, el mundo actual ha visto implantarse y proclamarse las fórmulas más inhumanas de su historia.

Y sobre el mundo materialista de hoy se han abierto las fuentes del gran abismo, amenazando en un diluvio universal sumergir la nación misma del hombre y de su eminente dignidad.

Pero sobre las aguas flota el arca llevando como germen imperecedero de vida, las doctrinas sociales de la Iglesia, de la cual es magnífica expresión la “Encíclica Mater et Magistra” que os entregamos.

Pasarán estas horas de la humanidad, como pasa todo lo terreno. Descenderán las aguas. Y los hombres refugiados en el arca saldrán hacia ese mundo para darle un rostro y un acento cristiano.

Junto al altar, como siempre, se levantará la ciudad del futuro.

Y ofrecerán a Dios el holocausto de esta doctrina social, fielmente cumplida, celosamente amada y apostólicamente difundida.

Y de aquel holocausto percibirá Dios olor de suavidad.

Con esta esperanza, os entregamos la Encíclica “Mater et Magistra”, ciertos de que vuestra acción eficaz y decidida será la respuesta fiel al llamado que el Santo Padre Juan XXIII y los Pastores de la Iglesia Chilena os hacen.


30 de julio de 1961

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