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Homilía Te deum Fiestas Patrias

Fecha: Miércoles 18 de Septiembre de 2019
Pais: Chile
Ciudad: Talca
Autor: Mons. Galo Fernández Villaseca

Saludo con gratitud la presencia de cada uno de ustedes en este acto litúrgico de acción de gracias por nuestra patria. Alabanza a Dios que es fuente y origen de todo bien, pero también gratitud a tantos que hacen Patria desde los más diversos rincones, contribuyendo al progreso y a la conquista de una convivencia cada día más justa, humana y fraterna de todos sus habitantes.

Chile es mucho más que un maravilloso territorio. Es una historia compartida, es la lucha por hacer realidad un sueño de bienestar, de paz y de felicidad para todos y todas. Hoy honramos a los Padres de la Patria, los que lucharon por la Independencia, precisamente porque desde ella asumimos la tarea compartida de aportar al bien, a la justicia y al respeto de la dignidad inalienable de todos los hijos e hijas de esta hermosa patria. Por lo mismo, también corresponde honrar lo que cada ciudadano aporta con el esmerado desempeño de las responsabilidades que le competen. Gracias a los funcionarios y a las autoridades de las más diversas instituciones del Estado. Gracias a los que contribuyen desde las organizaciones de la sociedad civil. Gracias a los trabajadores y emprendedores. Gracias a los educadores y a los Padres de Familia. Gracias a todos aquellos que se empeñan por cumplir bien su oficio procurando con ello contribuir al bien de toda la comunidad.

La gratitud por lo que hemos alcanzado no es ingenua. No pretende ignorar lo que nos falta para hacer realidad la Patria que soñamos. Por eso, en este encuentro de oración tenemos la obligación de tener presente las heridas y carencias por las que no llegamos a ser esa gran nación de hermanos que proclamamos. Ante todo debemos estar atentos a quienes lejos de gozar de paz y prosperidad experimentan violencia y exclusión. Que la vida de los más pobres y marginados nos inquieten, para que no nos dejemos instalar en los logros alcanzados sino que urgidos por la caridad continuemos trabajando por integrar a todos y a todas en esta gran mesa compartida que es la Patria.

Pero teniendo viva la esperanza de un futuro más pleno para todos, la acción de gracias nos permite reconocer lo que hemos alcanzado y lo que hemos aprendido. Todo aquello que es fruto del trabajo y la creatividad de muchos de ayer y de hoy. Todo aquello que hace grande y hermosa esta Patria de la cual nos sentimos legítimamente orgullosos. Es esta misma gratitud la que nos compromete a ofrecer lo mejor de nosotros mismos en esta tarea en la que nadie sobra ni ninguno puede sentirse ajeno porque la Patria es obra de todos y para todos.

Superar las barreras de la enemistad
Vivimos, como sabemos, un tiempo de grandes cambios culturales y sociales que hacen de la nuestra una sociedad compleja, donde conviven sectores con visiones diferentes, con intereses divergentes y con no pocas aspiraciones no compartidas. Esto conlleva una fractura en el sueño compartido que con facilidad no solo lleva a imponer de cualquier modo las propias convicciones, sino más, a considerar al contendiente como un enemigo. Nos toca transitar en un tiempo donde resurgen con inusitada virulencia la polarización y la exclusión como única forma de enfrentar los conflictos.

En el Chile de hoy observamos una exasperación de los ánimos, no sólo en la política, sino también en diferentes espacios de convivencia, como en los hogares, calles, comercios, establecimientos educacionales, servicios de salud, espacios deportivos, lugares de trabajo y, muy especialmente, en el uso agresivo de las redes sociales.

Las palabras del Profeta nos impulsan a considerar posible este sueño de paz y fraternidad que es la Patria: es posible y es urgente transformar las espadas en arados y las lanzas en podaderas. No estamos llamados a adiestrarnos para la guerra sino para la paz. Como señaló con tanta fuerza el Cardenal Raúl Silva Henríquez en una hora crítica de nuestra historia: “Chile no tiene vocación de enfrentamiento sino de entendimiento”.

Para ello necesitamos ejercitarnos en esa pedagogía del encuentro que es el arte del diálogo: no es un camino sencillo y muchas veces suele estar lleno de dificultades. Implica respeto y valoración por la otra parte, traducida en la convicción que siempre tiene aportes que ofrecer, superando la tentación de sentirnos dueños absolutos de la verdad, la tentación de imponer nuestra visión a los demás.

Para dialogar es condición indispensable tender lazos para construir confianzas, donde quien piensa distinto va dejando de ser un adversario, para ir convirtiéndose en alguien que puede aportar, y que también puede ayudarme a crecer, a descubrir otras miradas, nuevos caminos.

Por ello, el diálogo para ser auténtico debe tener en cuenta el bien común, evitando que prevalezcan sólo los intereses de las partes directamente involucradas. Son esenciales la negociación y la búsqueda de acuerdos que, sin duda, puede significar procesos más lentos, pero ayuda a garantizar adhesiones mayoritarias que podrán facilitar, en la vida ordinaria, las transformaciones necesarias.

Aunque puede parecer difícil y complejo, es imprescindible avanzar hacia caminos de entendimiento, con proyectos comunes que expresen la nación que queremos construir entre todos. El diálogo es el único medio para alcanzar acuerdos estratégicos y eficientes. Nos asiste la convicción que su ausencia solo arriesga más exclusión, más pobreza y más violencia.

La crisis climática
La necesidad de alcanzar acuerdos que se traduzcan en compromisos que nos involucren a todos se hace urgente en la crisis climática que estamos experimentando. La gravísima sequía que experimenta buena parte del país, y muy especialmente nuestra región nos hace presente el destino que compartimos con la tierra que habitamos. Bien sabemos que no se trata de un simple capricho de la naturaleza sino de la consecuencia por la forma con que hemos abusado de sus recursos. Se trata, bien sabemos, de una crisis planetaria de la cual ningún pueblo ni nación se puede sentir ajeno de sus consecuencias, ni de excluirse de la tarea de revertir la dinámica autodestructiva en que estamos involucrados.

La comunidad científica afirma con claridad que el ritmo de consumo, desperdicio y alteración del medio ambiente ha superado las posibilidades del planeta, de tal manera que el estilo de vida actual, por ser insostenible, terminará en catástrofes todavía mayores a las que ya están ocurriendo en diversas regiones. Hay un peligro real de dejar a las generaciones futuras escombros, desiertos y basura.

No es, por lo tanto, solo una sequía que pudiera resolverse con alguna nueva técnica de regadío o de captación de agua. No se trata solo de un cambio climático como ha habido otros. Parecen lúcidas las afirmaciones de quienes conciben que se trata de un síntoma de una crisis más radical que pone en cuestión el modelo de desarrollo imperante que nos ha puesto en un callejón sin salida: “consumir para crecer y crecer para consumir”. Una interpelación al paradigma consumista y al estilo de vida que llevamos que no acepta carencia o límite alguno. Hoy nuestra tierra nos revela no solo sus límites sino los nuestros, y nos exige respetarlos al precio de sucumbir con ella de no hacerlo.

Cuando nos referimos a este fenómeno no solo como un “Cambio Climático” sino como una “Crisis Ecológica”, lo hacemos para señalar que se trata de una emergencia que implica graves riesgos pero también porque se trata de una oportunidad. La palabra crisis viene de la misma raíz que crecer. Se trata entonces de un tiempo para crecer en humanidad, para comprender mejor nuestra identidad y la grandeza de nuestro destino que paradojalmente nos exige aceptar nuestros límites, reconocer que no somos omnipotentes ni eternos. Que hemos recibido la tierra como un don a custodiar, porque somos parte de ella y sin ella no podríamos subsistir. Que en sus límites reconocemos no solo nuestros límites sino algo mucho más grande; que no somos dueños sino hijos. Descubrimos que el único omnipotente nos regaló la vida y nos ha encomendado el cuidado de su obra.

Para superar la crisis necesitamos sacudirnos del paradigma consumista. Del “Consumir para crecer” tenemos que pasar al “Consumir menos y compartir más” y este es un cambio que nos involucra a todos. Por cierto que los gobiernos y las autoridades tienen una tarea inmensa en promover y facilitar esta “conversión ecológica”. Habrá que imponer normas que reduzcan considerablemente la huella de suciedad y desperdicio que generamos, especialmente aquella que afecta al calentamiento global. Pero todo ello resultará ineficaz sin un cambio profundo de todos y todas, de las personas, las empresas y todas las instituciones. Un cambio que implique aprender a convivir con nuestros límites, respetando a la naturaleza en su belleza y armonía sorprendente.

Consumir menos y compartir más. Porque como siempre los primeros en sufrir el impacto de esta crisis son los más pobres, los pequeños y vulnerables. Consumir menos para que así podamos compartir con las generaciones futuras, con los niños y niñas que ya están con nosotros, la belleza de esta creación don maravilloso de Dios para la vida de todos.

El desafío migratorio
La migración es también un rostro de nuestro mundo globalizado. Estamos interconectados, lo que sucede en una parte repercute en otras regiones. Las dificultades que experimentan los pueblos generan flujos de personas que buscan un espacio donde desplegar sus vidas. Paradojalmente los seres humanos no gozan de los mismos privilegios que los capitales y los bienes de consumo.

El desafío que enfrentamos no es desconocido. Chile se ha tejido con varias migraciones. Pero la magnitud del fenómeno tiene otras dimensiones. La pregunta que nos debemos plantear no es solo cuánto nos conviene la apertura y la acogida de estos extranjeros que golpean nuestra puerta. Sino qué dice de nosotros mismos aquello que respondamos.

La actitud de temor y rechazo que en momentos aparece constituye una señal de alarma que nos advierte de una decadencia moral, es una expresión de lo que el Papa Francisco llama “la cultura del descarte”. El mundo actual es cada día más elitista y cruel con los menos favorecidos y excluidos, fruto de la globalización de la indiferencia. La interculturalidad es posible porque se basa en que todos compartimos la misma e idéntica naturaleza y dignidad humana: todos somos personas y, por tanto, tenemos derechos y deberes que brotan de nuestra propia naturaleza. No se trata solo de migrantes, como si de algo extraño se tratara, sino de personas, de familias con hijos que buscan un espacio donde vivir. Acogerlos e integrarlos como quisiéramos que lo hicieran con nosotros mismos en sus circunstancias debe ser nuestra opción.

Chile necesita de una nueva institucionalidad para asumir este desafío. El punto es bajo qué paradigma vamos a establecer este nuevo cuerpo legal. Proponemos desde esta liturgia de acción de gracias la lógica de la fraternidad que supera la suspicacia, la lógica de la no discriminación que no olvida que las fronteras las dibujamos nosotros y no son obra del creador, la lógica del encuentro porque es el camino más fecundo.

Conclusión
Ofrecemos estas reflexiones con humildad, consciente de nuestras propias carencias y contradicciones. Nos anima el deseo de colaborar en la tarea de hacer de Chile una nación más hermosa. Me he extendido en estos tres aspectos de nuestra realidad; la necesidad de cultivar el diálogo, la crisis ecológica y el desafío migratorio dada la relevancia y urgencia que implican. Hay por cierto otros aspectos de nuestra convivencia sobre las cuales habría sido oportuno decir una palabra. No lo puedo hacer porque aquí también corresponde respetar los límites.

Ponemos en la presencia de Dios toda la vida de nuestro pueblo. Él nos conoce mejor que nosotros mismos y bien sabe lo mucho que le agradecemos sus dones. Nos confiamos a su amor y le imploramos nos acompañe en el caminar de ser pueblo, nos enseñe a superar las enemistades por la ruta del diálogo. Con fe le imploramos regale a nuestra tierra la lluvia que tanto necesitamos. El evangelio nos ha recordado que no importa el tamaño de nuestra fe, que por pequeña que sea tiene un poder inmenso, porque se dirige al Padre que todo lo puede.

A la Madre y Reina de Chile, Nuestra Sra. del Carmen, le imploramos que cubra con su manto a todos sus hijos: pequeños y grandes, los que habitaron esta tierra desde antaño, los que fueron llegando a lo largo de su historia y los que hoy buscan en ella un lugar donde tejer sus sueños.

Que Dios les bendiga.

+ Galo Fernández Villaseca
Administrador Apostólico de Talca