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Homilía en el Te Deum por las Celebraciones Patrias del año 2022

15 de Septiembre de 2022. Catedral de San Bernardo. San Mateo 6, 43-49

Fecha: Jueves 15 de Septiembre de 2022
Pais: Chile
Ciudad: San Bernardo
Autor: Monseñor Juan Ignacio González Errázuriz

Sean todos bienvenidos a la Casa de Dios, bajo cuyos ojos somos hijos del Padre común y hermanos.

Doy mi saludo afectuoso a todas las autoridades que hoy asisten a este Solemne Oficio Religioso, para dar gracias al Señor por la Patria y nación que nos ha dado, la tierra en que vivimos y el cielo azulado que nos cubre.

Pongamos, hermanas y hermanos nuestra atención en las palabras del Evangelio que acabamos de escuchar y reflexionemos con pausa meditativa.

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El árbol bueno y sus frutos
Jesús decía a sus discípulos: “No hay árbol bueno que dé frutos malos, ni árbol malo que dé frutos buenos: cada árbol se reconoce por su fruto. No se recogen higos de los espinos ni se cosechan uvas de las zarzas”

El árbol es la Patria, “de a norte sur de gran longura” como escribió Ercilla, una tierra “fértil y señalada, en la región antártica y famosa”. Es la casa que Dios nos regaló a todos bajo el sol y la lluvia, que – como enseña Jesús – cae para todos por igual. Es la construcción bien trabada, cuyas vigas nos dan cobijo y cuya historia es su fundamento. Es la tierra de los primeros pueblos que en ella se asentaron, de nosotros que hoy la amamos y de los hijos de nuestros hijos, que la amarán sólo si nosotros se lo enseñamos con nuestro ejemplo vivo. Nadie la puede ultrajar, nadie puede nunca pasar a llevar su historia y sus emblemas, ni olvidar a sus muertos, ni despreciar a sus héroes, a los que, reverentes, bajaremos a celebrar en la cripta de esta Iglesia. Este es nuestro amado Chile, con sus aciertos y errores, con su historia antigua y nueva, con sus hombres y mujeres de ayer y de hoy.

Es la tierra que da buenos frutos, que son las virtudes de sus hijos e hijas, que la van construyendo y haciéndola un lugar de paz, armonía y desarrollo, donde hay un lugar para cada uno y cada uno tiene su lugar: los pueblos antiguos y originarios, los llegados en su medianía y los que hoy la habitamos, seamos nacidos bajo su cielo azulado o que hayamos encontrado en ella cobijo y abrigo, como ha sucedido en los últimos años. Todos formamos la nación, unida por fuertes vínculos, sellados con la sangre de mártires de una y otra época.

Hermanos y hermanas, ¿cómo hacer para que este regalo divino sea efectivamente un lugar de encuentro, de armonía y paz? ¿Cómo hacer para desterrar de nuestra vida toda violencia y atropello a la dignidad de sus habitantes? Lloramos y nos lamentamos de los frutos amargos de dolor y sangre que en estos años hemos vivido. Muchos heridos han quedado, muchos muertos hemos lamentado. Todos hemos fallado y todos debemos hacer un “mea culpa” por estos hechos. Pero, aquí, bajo el manto protector del Dios único, hemos de reavivar los propósitos de trabajar por el engrandecimiento de nuestra Patria, sin excluir a nadie y sin culparnos mutuamente. Estamos aquí autoridades de todo orden, espirituales, políticas, cívicas, de nuestros movimientos sociales y agrupaciones de bien.

Pido a todos que, en un momento de silencio, hagamos ante Dios, una afirmación de nuestro deseo de amar a Chile y a todos sus habitantes, desterrando de nuestra vida cualquier odiosidad, malquerencia, falta de amor al prójimo. (silencio). Pidamos al Señor aprender a no vivir para si mismos, sino para los demás, especialmente aquellos abandonados y que han quedado a la vera del camino, los más pobres y descartados, con los cuales todos tenemos especialmente deberes.

La bondad del corazón
Sigue la enseñanza de Jesús: “El hombre bueno saca el bien del tesoro de bondad que tiene en su corazón” La bondad del corazón es la fuente de donde salen los frutos saludables y sabrosos de una convivencia y amistad cívica, que nos hace caminar orgullosos por las sendas y alamedas de nuestra bendita tierra. Vuelven estas palabras a golpear el corazón y la conciencia de cada uno de nosotros.

Meditemos de nuevo en el silencio de nuestra conciencia. ¿soy el hombre y la mujer buena y bondadosa que da frutos de amor a los demás, que se entrega a las obras de bien, en la familia, en el trabajo, en la vida pública, y en todas las actividades que desarrollo?

Volver, volver a Dios y a sus enseñanzas
Porque “el hombre malo saca el mal de su maldad” dice Jesús. ¿Porqué hay mal en el mundo?, se han preguntado los filósofos y se lo pregunta cada hombre y mujer que habita la tierra. Ya la respuesta de los sabios antiguos es clara. El mal se asienta donde no está el bien. Y por ello, si no somos apasionados buscadores del bien, anidará en nosotros el mal. Pero el bien solo procede de la unión de la persona humana con el Sumo Bien, que es Dios. De El procede toda bondad, “pero esta "unión íntima y vital con Dios" (GS 19,1) puede ser olvidada, desconocida e incluso rechazada explícitamente por el hombre. Tales actitudes pueden tener orígenes muy diversos (cf. GS 19-21): la rebelión contra el mal en el mundo, la ignorancia o la indiferencia religiosas, los afanes del mundo y de las riquezas (cf. Mt 13,22), el mal ejemplo de los creyentes, las corrientes del pensamiento hostiles a la religión, y finalmente esa actitud del hombre pecador que, por miedo, se oculta de Dios (cf. Gn 3,8-10) y huye ante su llamada (cf. Jon 1,3). (CEC 29)

Chile necesita un baño de bien, sumergirse en la bondad, y ello solo es posible cuando como personas y como sociedad, nos volvemos humildes a Dios, reconocemos que somos criaturas y recordamos la enseñanza del gran San Agustín. “Nos hiciste Señor para ti y nuestro corazón permanece siempre inquieto, mientras no descansa en ti”. Los males que sufrimos, las continuas violencias que padecemos, la incapacidad de diálogo sincero que comprobamos en tantos ámbitos, en la familia, en la vida social y política, en los afanes incontenidos de placer y bienes, son, simplemente, la continua ausencia de Dios en nuestras relaciones. Todos los acontecimientos vividos nos gritan que hemos de volver a Dios y poner sus mandamientos en el centro de nuestras vidas.

Anidar la bondad, miradlo a Él
¿Cómo saber que hay en nuestro corazón y si abunda el bien? Volvamos a las palabras de Jesús. “Porque de la abundancia del corazón habla la boca”. Meditemos un momento. ¿Qué sale de mi boca? ¿Por qué esas palabras hirientes, duras, juzgadoras? ¿Por qué se anidan con tanta facilidad los insultos, las faltas de respeto y las palabras injuriosas?

Porque nuestro corazón se ha ido apartando de Dios y de sus leyes, nuestra nación ha dejado de lado los mas sagrados mandatos del Señor. Una vez más, si la Nación debe volver a Dios, ello no ocurrirá si primero cada uno de nosotros no hace el propósito firme de buscar al Señor. De Mirarlo a El, como con tanta fuerza nos dijo el Papa San Juan Pablo II en el Estadio Nacional, hace tantos años. “Miradlo a Él”.

Vuelve Jesús a nuestro encuentro y nos dice “¿Por qué ustedes me llaman: “Señor, Señor, ¿y no hacen lo que les digo?”. Somos nosotros, hoy y ahora, los que no hacemos lo que El nos dice. ¿Y qué nos dice? “Un mandamiento nuevo les doy, que se amen unos a los otros, como yo los he amado”.

Volver a los fundamentos
Este, queridos hermanos y hermanas, es el Camino y sus frutos muy conocidos y asegurados por el mismo Hijo de Dios: “Yo les diré a quién se parece todo aquel que viene a mí, escucha mis palabras y las practica. Se parece a un hombre que, queriendo construir una casa, cavó profundamente y puso los cimientos sobre la roca. Cuando vino la creciente, las aguas se precipitaron con fuerza contra esa casa, pero no pudieron derribarla, porque estaba bien construida”. Meditemos, hermanos y hermanas ¿estaremos construyendo este amado Chile sobre la roca firme de los principios y valores de la fe cristiana, que forman parte de la esencia de nuestra nación?

Porque cuando vemos que se cuartea la casa, sus muros se inclinan y los techos ceden y no dan cobijo, es porque los fundamentos han cedido y la ruina se hará cada vez más grande, llevando en sus arrebatos a muchos y sembrando la desolación en todos. Así nos lo advierte el Señor. “En cambio, el que escucha la Palabra y no la pone en práctica, se parece a un hombre que construyó su casa sobre tierra, sin cimientos. Cuando las aguas se precipitaron contra ella, en seguida se derrumbó, y el desastre que sobrevino a esa casa fue grande”.

En estos meses hemos hablado sin parar de la casa común y ahora se sigue hablando. ¿Pero quien ha hablado de los fundamentos de nuestra casa? Cuanta ideología y utopía irrealizable ha marcado nuestro caminar. Volvamos a Dios. Volvamos la mirada del corazón a los sentimientos religiosos del Padre de la Patria, que ordenó fundar nuestra villa y ciudad. ¿Cuánta devoción religiosa en sus palabras y actitudes, que hoy parecen olvidadas?

Volvamos nuestros ojos temerosos a la Madre de Dios, nuestra Señora del Carmen, siempre cercana y presente en los momentos difíciles.

Pidamos con humildad al Padre de los Cielos, que nos ayude a construir una nación libre, principal y poderosa, asentada en los fundamentos del amor a Dios y al prójimo.

Que así sea.